Mínimo pero Decisivo.

La transformación no ocurre de golpe; no es un relámpago sino una lenta sedimentación de gestos, silencios y pequeñas renuncias. Un hombre se levanta una mañana y descubre que ya no es quien era, pero no sabe precisar el instante exacto en que comenzó la mudanza. Tal vez fue cuando aprendió a obedecer sin preguntar. Tal vez cuando decidió callar para no incomodar. Tal vez cuando comprendió que el autoritarismo no siempre viene de afuera: a veces germina en la íntima voluntad de dominar lo que teme.

El autoritarismo es, en su forma más pura, el miedo disfrazado de orden. Se impone con la promesa de claridad, de límites firmes, de jerarquías tranquilizadoras. Pero bajo esa arquitectura rígida late una fragilidad: el terror a la ambigüedad, a la libertad del otro, a la imprevisibilidad del afecto. Quien domina busca, en el fondo, no ser cuestionado; quien obedece, no cargar con la responsabilidad de elegir. Así, ambos participan de una misma farsa.

La incomunicación es su consecuencia natural. Las palabras dejan de ser puentes y se convierten en murallas. Se habla mucho, pero nada se dice. El lenguaje se llena de fórmulas vacías, de órdenes, de excusas. La conversación —esa tentativa frágil de encuentro— se degrada en monólogo. Y en el silencio que sigue a cada frase se instala la sospecha: ¿me escuchan?, ¿me entienden?, ¿existo para el otro o soy apenas una función?

El egoísmo, entonces, no es una anomalía sino un refugio. Ante la imposibilidad de comprender y ser comprendido, el individuo se repliega. Construye una fortaleza mínima, hecha de justificaciones y pequeñas certezas. Se convence de que su dolor es único, de que su historia es incomparable, de que su culpa es más pesada que la de los demás. Y en ese repliegue cree proteger su esencia, cuando en realidad la reduce.

Pero ¿qué es la esencia del ser humano? Tal vez no sea una sustancia fija, sino una tensión constante entre el deseo de pertenecer y la necesidad de afirmarse. Somos, a la vez, vínculo y frontera. Cuando uno de esos polos se impone, sobreviene la crisis de identidad. El sujeto ya no sabe si actúa por convicción o por mandato; si ama por elección o por costumbre; si vive o apenas cumple un guion heredado.

La crisis no se manifiesta siempre en gestos dramáticos. A veces es un leve extrañamiento frente al espejo. O una sensación de impostura en medio de la rutina. El rostro familiar parece una máscara. El nombre propio suena ajeno. Y en esa fisura mínima se insinúa la pregunta más temida: ¿quién soy cuando nadie me mira?

La soledad no es simplemente la ausencia de compañía; es la sospecha de que nadie podría comprender del todo esa pregunta. Se puede estar rodeado de voces y, sin embargo, sentirse exiliado. La soledad verdadera no es física, es ontológica: nace cuando el yo se vuelve inaccesible incluso para sí mismo.

Y entonces aparece el sentimiento de culpa. No siempre por un acto concreto, sino por una intuición más difusa: la de haber traicionado algo esencial. Quizá la propia autenticidad. Quizá una promesa silenciosa hecha en la juventud. La culpa es la memoria de lo que pudimos ser y no fuimos. Nos recuerda que cada elección clausura infinitas posibilidades.

Sin embargo, en esa misma culpa se insinúa la posibilidad de otra transformación. Porque reconocer la fractura es el primer gesto de libertad. Tal vez el autoritarismo pueda ser desarmado si se lo nombra. Tal vez la incomunicación ceda ante una palabra honesta. Tal vez el egoísmo se disuelva en el reconocimiento de la vulnerabilidad compartida.

El ser humano no es una esencia clausurada, sino una tarea inacabada. Entre la culpa y la esperanza, entre la soledad y el encuentro, se juega su destino. Y aunque la transformación sea inevitable, aún nos queda la elección —mínima pero decisiva— de hacia dónde orientarla.

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