He leído que la justicia es una de las formas de la aritmética; otros, más propensos a la fe que al rigor, prefieren verla como un atributo de la divinidad. En el estrecho laberinto del matrimonio, la justicia no es ninguna de esas cosas: es, sospecho, una fatigosa busca de simetrías.
Nadie ignora que el matrimonio es la convivencia de dos identidades que aspiran, acaso inútilmente, a la unidad. Es una arquitectura de hábitos, una red de olvidos compartidos y de citas literarias que solo dos personas comprenden. En ese cosmos doméstico, la justicia suele confundirse con el Talión: el rencor por una palabra olvidada se paga con un silencio de años; una travesía de desdén es respondida con otra, idéntica y circular.
Sin embargo, el verdadero horror —o la verdadera gloria— del matrimonio no es esa justicia de balanza y espada. Es la justicia del espejo. El otro es el cristal que nos devuelve una imagen que no siempre aceptamos como propia. Ser justo en el matrimonio es aceptar esa imagen; es entender que el otro no es un objeto de nuestra propiedad, sino un universo ajeno que ha tenido la inexplicable cortesía de interceptar el nuestro.
Escribió alguna vez un místico que el amor es el olvido de sí mismo. Yo diría que la justicia matrimonial es el recuerdo del otro. Es el acto de no reducir a la persona amada a una mera función de nuestra propia soledad. No hay mayor injusticia que la de convertir al cónyuge en un hábito, en un mueble más de la casa o en un personaje de nuestra propia ficción.
Al final, como en todos los laberintos, la salida es ilusoria. La justicia en el matrimonio no es una sentencia dictada por un juez, sino una tregua infinita. Es el reconocimiento de que, aunque el tiempo nos borre a ambos, hubo un espacio —una habitación, una biblioteca, una mesa— donde dos destinos decidieron, con una justicia casi sagrada, ser uno solo sin dejar de ser dos.
«El matrimonio es un destino compartido, pero su justicia reside en permitir que el otro siga siendo su propio laberinto.»
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