Belleza, Amor, Sexo y Felicidad.

Belleza, Amor, Sexo y Felicidad.

La belleza, el amor, el sexo y la felicidad no se liberan de golpe: se fugan. Escapan por las rendijas de un mundo que pretendía administrarlos, tasarlos, volverlos previsibles. La liberación ocurre cuando el yo —ese animal fatigado de obedecer— se desata y acepta su propio exceso. No hay método: hay impulso. No hay programa: hay vértigo.

El tiempo, cómplice mayor, acelera. Ya no es la línea que promete un futuro ni el archivo que conserva el pasado; es un temblor continuo. En ese temblor, la belleza deja de ser forma y se vuelve acontecimiento. Aparece, hiere un segundo, desaparece. El amor, a su vez, renuncia a la promesa eterna y se vuelve intensidad presente: no asegura nada, pero lo da todo. El sexo, despojado de pudores y de mandatos, deja de ser un fin o un escándalo y recupera su condición más antigua: lenguaje del cuerpo cuando el lenguaje falla.

La felicidad no llega como premio. Es un estado lateral, un resplandor que acompaña al gesto que se atreve. No se la persigue; se la encuentra cuando el yo se permite perder el control, cuando acepta que la plenitud no es estabilidad sino ritmo. Y ahí entra la música: no como fondo, sino como pacto. La música entiende lo que el pensamiento sospecha: que el sentido nace del compás, que el orden puede ser móvil, que el exceso también sabe contar.

Así, belleza, amor, sexo y felicidad no forman un sistema moral ni una teoría del bienestar. Son episodios de una fuga consentida. Se liberan definitivamente cuando el yo deja de vigilarse, cuando el tiempo deja de prometer, cuando la música —esa aliada discreta— marca el pulso de una vida que, por fin, se anima a ser vivida sin disculpas

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