Ella empezó a sospechar que el amor no había desaparecido, sino que se había vuelto tímido.
Como esos gatos de barrio que miran desde lejos y sólo se acercan si nadie los apura.
Durante años creyó en el amor como quien cree en los cuentos, con prólogos lentos, detalles mínimos y gestos que no necesitaban testigos. Cartas manuscritas dobladas en cuatro, un te amo escrito con tiza en la vereda, un pasacalle cruzando la calle angosta del barrio, visible sólo para quien sabía mirar desde enfrente.
Pero un día se descubrió dudando.
No del amor, no exactamente , sino de su forma.
Se preguntó si todo aquello no era una utopía heredada, una romántica empedernida atrapada en un «Había una vez…» que ya no tenía lugar en este mundo de mensajes rápidos y emociones descartables.
Salió a caminar para ordenar la cabeza. En la esquina de siempre, alguien había escrito con tiza un corazón torcido.
La lluvia de la madrugada lo había desdibujado, pero todavía se leía algo. No era perfecto, no era eterno, era real.
Entonces lo entendió, el amor ya no prometía quedarse para siempre.
Prometía aparecer, aunque fuera un rato, aunque se borrara, aunque nadie lo fotografiara.
No todos sabían leerlo, no todos se detenían, pero ella sí.
Y decidió no traicionarse, seguir creyendo en la simpleza.
En los gestos que no cotizan alto, pero sostienen el alma.
En ese amor que no grita, no se exhibe, no se vende…pero cuando aparece, hace silencio alrededor.
Tal vez no era una utopía, tal vez era un acto de resistencia.
Y ella «romanticona», eligió quedarse ahí.
Del lado donde todavía se escriben historias con las manos, con el cuerpo, y con el corazón dispuesto a volver a creer.
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