Me acuesto con el cuerpo rendido por el fragor del día. En la oficina, las horas son un torbellino que apenas deja espacio para la reflexión; el tiempo se ha vuelto un enemigo persistente. Sin embargo, al salir, el ritmo cambia. Camino hacia el gimnasio y, de forma inevitable, mis pasos me llevan a cruzar frente a nuestra antigua facultad. Ella no está allí, pero su recuerdo es el ancla de una etapa importante: es la mujer por la que decidí cambiar mi rumbo, dejando atrás a aquella otra de conversaciones huecas y alma vacía.
Al ver ese edificio, reconozco que debí tomar mejores decisiones, pero no me arrepiento. Fue una experiencia hermosa porque me hizo sentir lo que nunca antes había experimentado; en aquel entonces, me creí que lo nuestro era un amor real y, de no ser por la perspectiva que tengo hoy, me lo seguiría creyendo. Entiendo que las cosas pasan por algo y que ese sentimiento, aunque hoy lo vea distinto, tuvo su lugar y su porqué.
Sigo avanzando. Atravieso el parque donde la memoria suele encender sus alarmas, pero mi objetivo es firme. Hoy, la rutina fue interrumpida. Mientras terminaba mi entrenamiento, mi audiolibro fue silenciado por una llamada. Un número desconocido. Al responder, escuché la voz de una persona de mi pasado que, con un tono que pretendía ser ético, decidió informarme que aquella mujer —la que no sabe estar sola— ya tiene una nueva relación.
Me dice que lleva dos meses enamorada. Al calcular, recuerdo que terminamos en octubre y hoy es seis de febrero; la aritmética sugiere que ese vacío ya se estaba llenando antes de mi partida. Pero lo verdaderamente revelador no fue la noticia, sino mi absoluta falta de dolor. Con total honestidad, me ha dolido más el rasguño que me hizo mi gata esta mañana o la quemadura del sartén mientras preparaba el desayuno, que saber de su nueva vida.
No es arrogancia, es lucidez. Me alegra que sea feliz; tal vez, muy en el fondo, comprendo que nunca la quise de la forma en que ella necesitaba. Siento una compasión silenciosa por alguien que necesita ruido constante para no enfrentarse a su propio silencio. Yo, en cambio, sigo aquí: entre el trabajo, el gimnasio y la universidad. Al final de la noche, regreso al refugio de mis letras.
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