Encuentros en la cocina

Encuentros en la cocina

Kiara Esmay

06/02/2026

El día fue lluvioso. La tormenta de santa rosa por fin se hacía presente en Buenos Aires. Me transmitía una calma inalterable, así que aproveché la ocasión y me limité a leer en el sillón del living.

―¡¡¡Chicos!!! ¡Ya está la comida, vengan a poner la mesa! ―siempre irrumpía el grito de mi vieja por toda la casa. De camino a la cocina, el olor de los ravioles con tuco casero se hacía más intenso. Preparaba ansioso al estómago para su recepción.

Una vez puesta la mesa mamá empezó a servir los platos respetando el orden de siempre: primero la abuela, después mi hermano, yo y por último ella. En la mesa reinaba el silencio, signo de que la comida estaba muy rica. No podía faltar el típico llamado de atención de mi mamá hacia mi hermano.

―¡¡Julián!! ¿Podés dejar un segundo el celular? Estamos cenando en familia, ¡tenés que poder conectarte con otra cosa que no sea ese maldito aparatito!

―Uhhh ma, ¡sos una exagerada! No estoy todo el día con el aparatito, solo quería contestar un mensaje ―le respondía siempre bufando y con tono de hartazgo.

Así comenzaban casi todas las cenas. La conversación se disparó sobre el ambiente escolar de Julián, su nueva novia, mis estudios universitarios e inevitablemente todo cayó en nuestra situación económica y el estado del país.

La abuela se encontraba algo callada; no era habitual en ella, por lo general siempre tiraba sus opiniones algo controversiales para la época y acostumbraba a quejarse de la nueva generación:

―¡Menos mal que vos estudiás nena! Los jóvenes de hoy no quieren hacer nada, viven boludeando, no les interesa ni les importa nada ―decía siempre; a lo que continuaba con un ―: ¡La gente de antes era más sana!

Por supuesto que nunca se lo discutía porque era para perder el tiempo. Aunque esta vez ni eso.

Cuando se fueron Julián y mamá nos quedamos a tomar una infusión. Siempre compartimos esa sobremesa entre nosotras, aprovechamos para ponernos al día y charlar sobre cualquier cosa. Sin embargo, una vez más, el silencio se llevaba el protagonismo.

―Abuela ,¿te pasa algo? En la cena te noté demasiado callada y ahora también.

―No te hagas problema nena. Hoy la lluvia me pegó con nostalgia, ¿sabés? Sólo eso ―hizo una pausa y agregó repentinamente ―: Alguien tiene que escribir sobre las historias que suceden en las cocinas… ―levantó su taza de té y se retiró sin decir nada más.

Me quedé sola en la cocina ¿Qué le habrá picado a la abuela? Ya está medio gagá pobre. Mientras viajaba a través de cualquier tipo de pensamiento la atmósfera de la cocina fue ganando una presencia cada vez más intensa. La observé por un largo rato.

Es bastante pequeña, siempre hace que uno se sienta estrecho. Las paredes están casi todas peladas a causa de la humedad, dejando al descubierto sus viejos ladrillos. Sin embargo da la impresión que en su momento supo ser una cocina de bien. Tiene unos cerámicos hermosos de color blanco, aunque desgastados e hinchados de la misma humedad. Mamá siempre suele decir:

―¡Apoyate con cuidado en la pared! ¿No ves que en cualquier momento se cae? ¡Nadie sabe cómo se sostiene todavía!

En composé con los cerámicos hay una mesada de mármol en tonos cafés y cremas. El resto es común, al lado de la mesada está el horno, no tiene chispero eléctrico, sin embargo es confiable. A menos de dos metros hay una mesa plegable que solo tiene lugar para cuatro personas. Ahí es en donde solemos comer durante todo el invierno debido a su ambiente acogedor.

El aire se había tornado muy espeso, me impedía continuar con la contemplación pero el espesor era cada vez más denso e insostenible. De golpe la atmósfera se cortó, por una gota de sudor frío que empezó a descender lentamente entre cada vértebra de mi columna. Mi corazón se agitaba, mi cuerpo temblaba. Vuelvo mi vista hacia donde estaba la abuela sentada, mi respiración queda suspendida por unos segundos o quizás minutos. La silla no se encontraba vacía y tampoco estaba la abuela, la ocupaba un hombre.

Recorrí una vez más toda la cocina, no quería ver la silla, pero fue imposible, él seguía allí. Al toparme con su mirada se levantó y caminó por toda la cocina, revisando el contenido de todos los muebles.

Era alto, de contextura maciza y medio calvo,se alcanzaba a vislumbrar los cerámicos a través de sus ropas. Estaba vestido de entre casa: llevaba puesta una remera común, lisa de color negro, con un joggin y unas pantuflas en los pies.

Por alguna extraña razón el miedo que me invadió en un principio se disipó completamente, no sabía por qué pero una vez que lo pude examinar bien, su presencia me resultó familiar. Me daba vértigo escarbar más, entonces me dejé estar: había una especie de fantasma con aspecto familiar que estaba examinando todos los muebles de la cocina de mi casa.

En un momento frenó su revisión y puso la pava para el mate. Me acerqué a la pava, efectivamente el agua se estaba calentando, podía sentir el calor del fuego. Cuando continuó inspeccionando comprendí que buscaba yerba. Se había terminado, ahí recordé que me quedaba un poco en el yerbero de mi mochila, así que fui buscarlo hasta mi pieza. Una vez de regreso el hombre estaba de nuevo en la silla, esta vez con el termo y el mate sobre la mesa. Al ver el yerbero se sonrió y en simultáneo hizo un ademán de gracias con la cabeza. Armó el mate con la clásica montañita, se tomó el primero y el segundo lo cebó para mí. La temperatura del agua era la justa: no estaba tibia, ni quemaba la yerba, en consecuencia, se podía disfrutar a pleno de su amargor.

―¿Quién sos? ―me animé a preguntar. Me clavó la mirada un rato; no obtuve respuesta

Entre mate y mate apareció la abuela. Me paré exaltada, buscando en su mirada alguna complicidad o confirmación de que ella veía lo mismo que yo.

―¡¡Nena!! ¿Qué hacés despierta a estas horas y encima tomando mate? ―al ver mi cara de asombro y espasmo miró la silla en donde estaba sentado el hombre. Al parecer pudo leer en mis ojos la mezcla de preocupación y dudas. Entonces para mi tranquilidad, agregó —: ¡Ya veo lo que pasa! ¡Por fin conociste a Juan!

¿Cómo que por fin? ¡Se llama Juan! ¡Tan loca no estoy! o las dos estamos igual de mal. Mientras varias ideas se iban plasmando en mi cabeza la abuela se sentó en otra silla para continuar con la ronda de mates. La expresión de Juan había cambiado, se lo veía más contento y con algo de nostalgia desde que se sumó la abuela.

―¿Quién es Juan? ―por fin podía pronunciar palabras.

―¡Ay nena! ¿Tu mamá nunca te contó nada?

―No, si no, no te preguntaría.

―Ay esa mujer… Siempre se guarda todo, es media corta a veces.

―¿Y? ¿Quién es?

―¡Pero que impaciente que sos nena! ―exclamó con la misma impaciencia ―. Es tu bisabuelo.

―¡Ahhh! ¡Con razón me resultaba familiar!

―Vos quedate tranquila que no estamos locas nena; Juan siempre se aparece a estas horas a tomar mate.

―¿Por algo en particular? ―a esa altura ya me daba todo igual, las líneas entre lo anormal y normal se habían desdibujado por completo, pese a todo ya no me molestaba, ni preocupaba.

―Buena pregunta. Siempre fue muy matero, en los días de lluvia le encantaba tomar mate con tortas fritas y cuando no, las acompañaba con unas pepas de membrillo. Solía decir que sentía una pasión por las pepas con mate ―como me vió relajada, puso la pava para una segunda ronda.

―Mirá que no hay más yerba.

―Vos no te preocupes, que si hay algo que se le da bien a Juan es cebar mates, vas a ver que cuando cambiemos la bombilla al lugar de la montañita el sabor va a seguir intacto.

Así fue, estaba intacto.

―¿Viste nena? ¡Yo te dije! ―nos envolvió el silencio. No era incómodo, la abuela se había quedado mirando a un punto fijo indefinido.

―¿En qué pensás abue?

―Ay nena ¡cómo me conoces! Siempre fuiste muy observadora ―luego de crear un suspenso en la atmósfera me dijo ―: Tu pregunta me dejó pensando y se me vino a la mente el día que falleció Juan.

―¿Cómo fue? ¿Qué tiene que ver con mi pregunta?

―Escuchá y no seas ansiosa.

―¡Bueno che! ―tenía curiosidad y ella lo sabía. Siempre le gustó generar intriga alrededor de sus anécdotas, disfrutaba de que uno se sumergiera en su narrativa y estuviera pendiente de cómo se iba desenvolviendo la historia que tenía para contar.

―Sucedió un mediodía. Estábamos en la cocina con tu tía, Juan y tu abuelo. Tu mamá ni había nacido. Habíamos comido pastel de papa, flan casero de postre y al terminar todo, Juan puso a calentar la pava. En esa época estábamos mejor, todos teníamos buenos ingresos.

―¿Mate después del flan?

―Si a todos nos parecía raro, él lo justificaba diciendo que el mate era digestivo y que le hacía bien después de haber comido semejante cantidad. Como siempre, nos pusimos a hablar de nuestros respectivos trabajos, sobre los chimentos que rondaban en esa época, lo de siempre. Mi papá se veía animado, incluso hacía chistes, hasta que en un momento sentí que se apagó. Se quedó en silencio un largo rato mientras disfrutaba de sus mates. No me preocupé y seguí conversando con el resto hasta que escuchamos un ¡tac! ―la abuela recreó la escena para que yo entendiera mejor. El “tac” era el ruido del mate que se dejaba caer sobre la mesa ―. Los brazos de Juan habían caído con peso sobre la mesa. Tenía los ojos cerrados y la expresión de víctima de una modorra después de tanta comida. Tristemente no fue una simple siesta. Fue su siesta eterna.

―Te salió el poeta abuela.

―¿Viste? Se siente bien rememorar anécdotas. Ahora te podés dar cuenta de que en la cocina no se cuece solamente, es un lugar de historias, y sobre todo, un lugar de encuentros donde su memoria se va plegando en las paredes y fortalece los cimientos ―lanza un suspiro y agregó ―: ¡En fin, dejémonos de chanchullos! Yo voy a terminar la ronda de mates con Juan, vos andá a dormir que ya es tarde.

―Está bien abuela, descansá ―la saludé con un beso. Miré a Juan y se despidió con la mano. Al pasar por el comedor, ví que el reloj marcaba las tres de la mañana. Una vez en la cama, el sueño pesado invadió mis párpados hasta que cayeron en un sueño apacible, extensible.

Los días siguieron su curso de forma común y transparente. La abuela nos abandonó una semana después de aquella noche y nos sumió una angustia profunda. En la casa, sobre todo en la cocina, se sentían los tintes de tristeza y melancolía. Las comidas eran más silenciosas, más frías.

Poco a poco y con el paso del tiempo, el ruido fue recobrando su calor, las charlas tenían su ánimo habitual. En apariencia todo había vuelto a su normalidad, un detalle finito: en algunas madrugadas, seguía cebando mates para los fantasmas.

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