EL DESPERTAR DE LA MENTE

EL DESPERTAR DE LA MENTE

fran

03/02/2026

Era opinión extendida en los salones de Westmere, en el año de 1814, que ciertos oídos estaban más inclinados a la fantasía que otros; y que las señoritas propensas a escuchar murmullos donde solo había brisa acabarían, tarde o temprano, escribiendo versos inútiles o provocando chismes en las visitas de té. No obstante, nadie en la región sospechaba que los rumores que circulaban —los de sonidos imposibles flotando sobre la campiña— tendrían consecuencias mucho más profundas. La primera persona en advertirlo fue Elinor Harroway, una joven de porte sobrio y maneras que su madre describía como “excesivamente reflexivas”. Poseía un oído singular: no por delicadeza musical, sino por una extraña aptitud para distinguir matices en ruidos que otros apenas notaban. Desde niña identificaba el paso de su padre por el leve roce de su bastón con la madera.

Una mañana de niebla, mientras caminaba desde la biblioteca hacia el jardín, Elinor se detuvo súbitamente. “La tierra respira”, murmuró. No había ni bestia, ni artefacto cerca. Sin embargo, un pulso grave, apenas perceptible pero obstinadamente presente, parecía ascender desde el suelo. No era un temblor; era… una sílaba sin boca, un pensamiento sin dueño.

El sonido —si con tal palabra podía describirse— otorgaba la impresión de ser una voz que aún no había aprendido a hablar.

Elinor, lejos de asustarse, sintió una curiosa facilidad para escucharlo. Era como si el rumor la llamara por su propio nombre, aunque sin pronunciarlo. Era un llamado dirigido a su percepción más íntima, una invitación a interpretar aquello que se escondía en la frecuencia tenue que atravesaba la tierra. Durante los días siguientes, el pulso se volvió más nítido, transformándose en una nota sostenida que nadie más parecía notar. En ocasiones, cuando la joven se encontraba fatigada, esa vibración pasaba a convertirse en una suerte de frase incompleta, como el balbuceo de un recién nacido.

Su madre, naturalmente, atribuyó la distracción de Elinor a la lectura excesiva.

—“Mi querida niña” —dijo uno de esos días—, “no es propio de una dama refinada inclinarse hacia el suelo como si escuchara secretos de ratones”.

Elinor sonrió con amabilidad. Luego, un acontecimiento vino a complicar las cosas: la llegada del señor Alistair Wyncombe, joven científico de visita en la región, célebre en Londres por sus estudios sobre acústica natural. Su presencia causó expectativas inmediatas entre las madres casaderas y cierto escepticismo entre los caballeros locales. Alistair conoció a Elinor en una velada en casa de los Lockwood. No pasaron diez minutos antes de que la conversación derivara hacia la música del viento y la sonoridad de las piedras. Elinor, quizá por primera vez en su vida, se atrevió a mencionar aquel pulso subterráneo.

—“Debe ser una resonancia mineral” —respondió él, con la cortesía de quien no desea contradecir, pero tampoco conceder importancia excesiva—. “La tierra guarda ecos que tardamos siglos en comprender”.

Elinor sintió un leve desconsuelo. Pero aquella misma noche, cuando el salón quedó en silencio, el señor Wyncombe escuchó por primera vez lo que ella había descrito. Regresó apresuradamente.

—“Señorita Harroway” —dijo, casi sin aliento—, “ruego que me disculpe. Creo que he oído aquello que mencionó… No pertenecéis a ningún fenómeno ordinario”.

Desde entonces, los dos jóvenes comenzaron a investigar juntos. Caminaban por los campos con la excusa de observar pájaros, pero en realidad buscaban el origen de aquella vibración creciente. A medida que avanzaba el verano, el sonido se transformó: ya no era un simple pulso, sino un conjunto de tonos alternados, como si una mente enorme —y todavía en proceso de descubrirse— experimentara con la idea misma de comunicarse. Una tarde nublada, el sonido alcanzó un grado de claridad alarmante. Elinor no lo oyó: lo sintió dentro de sí.

—“Alistair…” —dijo ella, llevándose una mano al pecho—, creo que el sonido sabe que lo escuchamos.

Él la miró con sincera preocupación.

—“Elinor, esto está sobrepasando todo marco natural. Lo que oímos no procede del aire ni del agua. Es un pensamiento intentando tomar forma sonora”.

La joven, aún temblorosa, comprendió que la peculiaridad de su oído era solo la superficie. Había algo más profundo: una receptividad interior que ella jamás había imaginado. Los rumores no tardaron en extenderse entre los habitantes. Algunas personas afirmaban sentir susurros sin ningún origen. La situación alcanzó su punto decisivo una madrugada. El pulso subterráneo aumentó hasta convertirse en un coro tenue, casi humano. Una secuencia rítmica ascendió desde la tierra, organizada por primera vez como una frase discernible. Elinor, sobresaltada, despertó antes del amanecer. Creyó escuchar una voz murmurándole al oído.

No pronunció palabras. Fue un ordenamiento sonoro, pero cargado de sentido. Y aquello que transmitía era inquietantemente claro: “pertencéis a algo que recién despierta”.

Alistair llegó a la casa instantes después, empapado de rocío.

—“Elinor… el sonido se ha desdoblado. Es… pensamiento. Una mente buscando forma. No es exterior, sino una especie de herencia oculta”.

La joven comprendió de inmediato. Lo que nacía no era un fenómeno geológico: era una corporación de psíquicos, un conjunto de capacidades que algunos humanos contenían sin saberlo. Pero el despertar había elegido manifestarse en tonos, vibraciones y susurros.

La sonoridad era su lengua primera.

Durante semanas, Elinor experimentó una dualidad desconcertante: una vida cotidiana elegante, repleta de visitas, paseos y conversaciones triviales, y a la vez un crecimiento interior en el que los sonidos ya no eran vibraciones externas, sino accesos a pensamientos ajenos. A veces distinguía emociones escondidas en el tono de una frase; otras, captaba la intención de una persona antes de que hablara. No podía explicarlo. Tampoco podía ignorarlo. Finalmente, un amanecer silencioso trajo la aceptación. Elinor comprendió entonces el mensaje final que aquella mente naciente había proyectado en su interior. No una advertencia, sino una consigna que resumía el origen común de todos aquellos que, como ella, poseían ese don:

“La Corporación
es una madre”.

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