Segunda parte
El diagnóstico
I
Miguel yacía recostado en la camilla de la ambulancia, cuyo conductor aceleraba y maniobraba con destreza. Sus ojos apuntaban al techo. A su lado, el profesor Raúl observaba a su alumno en silencio. El bombero que estaba sentado al otro lado de la camilla alternaba su mirada entre sus instrumentos, el rostro del niño que estaba postrado y el profesor, que parecía no respirar, con los ojos inmóviles, evidentemente perdido entre ideas y quizás miedos.
—Ya estamos por llegar —el profesor levantó la mirada al oír al bombero y asintió con una ligera sonrisa. El bombero respondió con una sonrisa tímida, que enseguida se esfumó al cerciorarse de que los ojos oscuros del niño, desde la camilla, estaban puestos sobre él.
II
El doctor Gerardo llevaba cerca de doce horas de turno. El cansancio físico y mental se lograba observar en su rostro, pero se movía con agilidad y destreza.
—¡Doctor! —un enfermero se aproximaba con prisa— tenemos a un paciente de 32 años, víctima de un accidente automovilístico. Presenta trauma craneoencefálico y torácico. Se encuentra consciente.
“Deberían prohibir las fiestas de estas fechas para evitar más accidentes”, el pensamiento se le esfumó tan rápido como había llegado.
—Llévenlo a la sala de operaciones.
El enfermero dio media vuelta y caminó a toda prisa. El Doctor comenzó a caminar directamente a la sala de preparación. Llevaba años recorriendo aquellos pasillos y sus pies sabían exactamente a dónde debía dirigirse. Su mirada estaba fija al frente. Veía los rostros de las personas sentadas a los costados. Algunos contenían la respiración al verlo. Quizás esperaban alguna noticia, y lo tomaban a él por heraldo. Un hombre se levantó al verle. Su mirada preocupada hizo contacto. El médico sonrió instintivamente, al mismo tiempo que levantaba ligeramente la mano, haciendo un ademán imperceptible de saludo. Aquellos rostros parecían vivir en los pasillos. Todos los días veían las mismas miradas. Escuchaba suspiros. Personas con vestimentas descuidadas, cabello enmarañado, con el rostro lleno de brillo por el sudor. La mirada del Doctor pasaba velozmente sobre todo aquel escenario. De pronto, en una intersección de dos pasillos, sus ojos se detuvieron al encuentro de otros ojos. A unos diez metros de distancia, un enfermero se hallaba al lado de una camilla, haciendo unas anotaciones. Frente a él, un niño estaba sentado. Su rostro era inexpresivo. Su piel pálida evidenciaba la temperatura del muchacho. Tenía la expresión de un niño que se hallaba en shock. Su postura parecía la de un niño sentado en una acera, a la espera de su madre. Nada se veía fuera de lo usual, excepto por las cuencas oscuras de sus ojos que contrastaban con la luz del pasillo. No había pupilas, pero sabía que era a él a quien observaba.
La chispa de curiosidad, con un ligero tono de horror, se encendió en su corazón, pero no detuvo su andar. Sus pies siguieron con paso firme, en respuesta al llamado de emergencia que había recibido.
III
—Lo que me estás describiendo no tiene sentido —dijo la voz de la persona que estaba al otro lado del teléfono.
—Lo sé. Ya están realizando un encefalograma y pediré también una resonancia magnética —el doctor Esteban se acomodó al fondo del sillón y puso la mirada en el techo. La luz era incómoda. Cerró levemente los párpados y se tocó la frente.
—Voy a llegar mañana temprano. Como veo que no hay peligro, creo que podemos tomar nuestro tiempo para resolver este caso —al escuchar esas palabras, el doctor suspiró y se acomodó de nuevo en el sillón.
—Muy bien. Gracias por atender mi llamada.
—No hay problema. Gracias por llamarme. Hablamos mañana —la llamada finalizó y el doctor volvió a prestar atención al ruido del pasillo.
La puerta de la sala se abrió y el doctor Gerardo entró con sigilo.
—¿Ya con sueño doc? —preguntó mientras se servía un café.
El doctor Esteban le respondió con una sonrisa, para luego dirigir la vista al cuadro que estaba colgado en la pared. El cuadro mostraba a una joven, con los ojos vendados, aferrada a una lira con una sola cuerda.
—¿Recuerda cuando traje esa pintura? —el doctor Esteban señaló hacia la pared asintiendo con la cabeza.
—¡Cómo olvidarlo! Todavía puedo sentir la tristeza y el asombro cada vez que la veo. ¿Cómo dijo que se llamaba?
—La esperanza.
—Cierto —el doctor Gerardo se dio la vuelta y observó la pintura. Se acercó la taza de café a los labios y sopló— la esperanza es el peor de los males, porque empeora el dolor de los hombres —la frase fue seguida por otro sorbo de café.
—Prolonga el tormento del hombre —el doctor Esteban respondió sin quitar la vista de la pintura.
—Exacto —el doctor Gerardo dio otro sorbo, pero más prolongado esta vez— nunca lo había visto tan preocupado doc. ¿Al fin le llegó un reto?
—Más o menos —el doctor Esteban se puso de pie, posó sus manos sobre su cintura y suspiró— en todos estos años ejerciendo he visto muchos casos. Algunos me han impactado, otros me han causado gran dolor, pero hoy he visto algo que me ha perturbado.
El doctor Gerardo giró hacia la mesa y dejó la taza de cabeza.
—No me diga. Ya despertó mi curiosidad —una sonrisa se pintó sobre el rostro del doctor Gerardo. La sonrisa que solo sus amigos y seres queridos habían visto— cuénteme, ¿cuál es el caso?
El doctor Esteban vio la sonrisa de su colega y se tranquilizó. La actitud jovial de aquel veterano le hacía recordar que la vida no era una película de horror, llena de monstruos o fantasmas, o de acción, con enemigos inimaginables. Sintió como la sonrisa del doctor Gerardo le daba confianza una vez más.
—Un niño llegó a emergencia. Todos sus signos vitales están normales. No presenta señales de dolor o algún daño físico —el doctor Esteban metió ambas manos en sus bolsillos, bajó la mirada y meneó la cabeza levemente— le pregunté a Yeison, el enfermero, ¿qué es lo que había de malo con el niño? Pero no me respondió. Fue ahí cuando vi el rostro del niño y…
El doctor Gerardo, al escuchar el relato de su colega, perdió la sonrisa en su rostro —sus ojos— dijo.
El doctor Esteban lo miró y se dio cuenta de que él ya lo había visto.
—Exacto, sus ojos.
Ambos quedaron por unos segundos viéndose el uno al otro. La pasividad de sus rostros evidenciaba la confusión de sus mentes. Uno esperaba una respuesta, mientras que el otro hacía correr la maquinaria de su mente a todo dar.
—En este momento estoy libre —el doctor Gerardo infló el pecho— ¿me permite acompañarle para revisar al paciente?
Una sonrisa, teñida de confusión, se dibujó en el rostro del doctor Esteban.
—Claro que sí. Su ayuda sería invaluable.
IV
A través de la ventana del asiento del copiloto se veía la gasolinera UNO. Las luces encendidas iluminaban los cuatro carriles de la carretera frente a ella. Al otro lado, la oscuridad de la noche lo era todo.
Difusas siluetas se lograban observar, perceptibles apenas como olas en un mar de tinieblas. Los árboles y laderas se escondían, huyendo del escrutinio, a salvo en las alas de la noche.
Yeison alejó el rostro de la ventana y vio al frente. Varios puntos luminosos se acercaban a toda velocidad. Las luces de los autos que viajaban en el carril contrario daban vida a la carretera. Uno de los vehículos activó sus luces altas.
—Pendejo —Yeison se cubrió los ojos con la mano derecha y se inclinó sobre su asiento.
—Ya pasó —Yeison giró la vista y con un ojo medio abierto observó a su hermana.
Era su hermana menor, pero él la admiraba enormemente, como lo hacía toda su familia. No podía imaginar cómo, después de un día tan cargado en el trabajo, alguien era capaz de volver a su casa, a decenas de kilómetros, para poder saludar a sus padres, para luego salir al día siguiente antes del alba.
—¿No te molestan las luces altas? —preguntó Yeison.
—Un poco, pero ya vamos a llegar. Eso me ayuda a no buscar problemas —Mónica no apartó la vista del camino— ¿Qué tal el turno de hoy?
Yeison volvió a recostarse sobre la ventana.
—Cansado.
—¿Algo que contar?
Yeison sintió el frío del vidrio con la frente. Estaban llegando a la entrada de Zaragoza, se veían las luces de la gasolinera PUMA. Elevó la mirada y vio el cielo oscuro. Se lograba distinguir un leve tono violáceo. El negro de la noche le hizo recordar la mirada del niño al que había atendido. Recordó cómo le veía. No parpadeaba. Recordó que se le había acercado para tomar los signos vitales y el niño, como un juguete, no mostraba ninguna resistencia. Recordó lo que le dijo.
—¿Cómo te llamas? —Yeison le había preguntado al niño.
—Mi nombre no puede ser pronunciado por esta lengua —fue la respuesta del niño.
No sabía lo que aquello significaba, pero no creía que fuera bueno. Había visto comportamientos similares en personas con daño cerebral, pero el niño parecía sano en su totalidad.
—Nada nuevo que contar entonces —Mónica le hizo salir del recuerdo que estaba teniendo.
—No, nada.
V
El Yaris rojo avanzaba a toda velocidad por la carretera. La pendiente que dirigía a la entrada de Chimaltenango estaba diseñada para acelerar. Los buses pasaban a su lado a toda prisa, cruzando con frenesí entre carriles. En el otro carril, de sentido opuesto, había tráfico. Una camioneta tipo pickup se había estrellado con un cabezal. La cola de vehículos se extendía hasta alcanzar el libramiento y perderse tras la curva que se veía metros abajo. El cruzo del libramiento era caótico. La licenciada Karen se sentía afortunada por tener un vehículo automático. Gracias a la astucia de un piloto de bus, pudo cruzar e ingresar al camino que la llevaría a Chimaltenango. La primera comunidad que se encontraba tras el cruce era la aldea Hierba Buena, lugar en el que se encontraba el Hospital Nacional La Concordia. En su mente pasaba la imagen del piloto del cabezal que había sufrido el choque. Situaciones con esas son capaces de provocar una descompensación, pensaba mientras conducía hacia su lugar en el parqueo. En la universidad le habían hablado sobre aquel estado. Sin lugar a dudas, las personas que llegaban al punto de quiebre sufrían en gran medida; aquello era de lamentarse. Sin embargo, se sentía afortunada, lo cual le hacía sentir levemente culpable, por poder presenciar no uno, sino dos casos de tal naturaleza.
VI
—¿Asustados dices?
—No es miedo, es más como confusión.
—Si me llamaron, entonces creo que tiene sentido que estén confusos.
—Quizás, pero hay algo más. Los dos están muy sumergidos en el caso. Si fuera totalmente psicológico, quizás no seguirían investigando tanto.
La licenciada Guerra y la recepcionista conversaban casualmente. Eran pocos los casos que la psicóloga del hospital debía atender, pero la premura de todos los que se encontraban dentro del recinto se contagiaba. A pesar de que debía empatizar y conocer a los pacientes con los que trabajaba, muchos de ellos se habían borrado de su memoria. Se sentía afortunada por ver el objeto de su profesión tan de cerca. Aunque tenía una clínica propia, el clima no se comparaba al que se vivía en el hospital. Situación de urgencia, intervenciones repentinas, confesiones fuertes de personas que habían sufrido accidentes y ataques. Todo aquello le había vuelto diestra para tratar con los pacientes. Con ver a los ojos podía prever el camino que el caso tomaría. La voz, la postura, la elección de palabras y silencios.
—Doctora, perdone —la licenciada sintió en su brazo una presión leve.
—Buenos días —dijo mientras se inclinaba ligeramente hacia su interlocutor, una mujer mayor, de vestimenta indígena, descolorida y gastada— ¿cómo puedo ayudarle?
—Fíjese que los bomberos trajeron a mi hijo ayer en la noche, y no sabemos nada de él.
La licenciada respiró y sonrió. Tomó la mano de la mujer para transmitir tranquilidad. Sintió cayos en la palma y los dedos. La piel estaba reseca.
—¿Cuál es el nombre de su hijo? —preguntó la licenciada.
—Miguel —respondió mientras bajó la mirada para buscar en la canasta que llevaba consigo. Extrajo un teléfono y deslizó tan rápido como podía— es este.
La licenciada vio la fotografía de un niño. A pesar de que la imagen no se veía con claridad, intentó quedarse con la imagen, para poder dar con él mientras recorría los pasillos rumbo a las habitaciones de los pacientes.
—Déjeme ver qué información puedo obtener de él y le haré saber su estado. Usted no se preocupe.
—Muchas gracias doctora —se veía que la mujer trataba de mantener la calma, pero en su rostro se mostraba un cúmulo de emociones pesadas.
—Tome asiento, intente respirar, vaya a comer algo. Su hijo estará bien.
La señora asintió y, cabizbaja, se dirigió hacia las sillas que estaban en la entrada del hospital.
—El hijo de esa señora es del que estamos hablando —susurró la recepcionista.
El gesto de la licenciada cambió de súbito. Su hijo estará bien, se preguntó si se retractaría de aquellas palabras.
—Karen —la licenciada giró y vio al doctor Esteban caminando hacia ella— ¿qué tal la fiesta de ayer? —la pregunta la robo una sonrisa. El doctor se acercó y le dio un beso en la mejilla.
—Bien, gracias por preguntar. ¿Cómo han estado ustedes por acá?
No hubo respuesta inmediata.
—Ya sabes, en carreras siempre.
—¿Cómo está el paciente del que me hablaste?
—Acompáñame a la sala, necesitamos que nos ayudes.
Emprendieron el camino hacia la sala de médicos. La luz del sol cedía su lugar a la luz artificial de los pasillos. Algunas ventanas dejaban entrar una porción de la luz diurna, lo cual refrescaba el ambiente. El pequeño jardín, contenido entre paredes de virio, que se veía en el centro del hospital alegraba el ambiente. Se oían pasos apresurados por doquier, pero no había muchas voces. Todos eran rostros estresados y ausentes. Algunos saludos se cruzaban entre el personal en forma de movimientos de cabeza o gestos con el rostro.
Sin darse cuenta, la licenciada había seguido al doctor sin mediar palabra. La sala de médicos se hallaba al frente, cerrada al público. Solo algunos entraban a aquel lugar, solo algunos conocían el clima que se respiraba en el interior.
—Pasa —el doctor se había adelantado para poder abrir la puerta.
—Gracias —la licenciada entró a la sala sin detener el paso. La luz de la habitación era fuerte, pero pesaba. La mesa con la cafetera estaba en la pared derecha. Había un microondas con marcas de desgaste. En la pantalla se mostraba la hora. En la pared del fondo colgaba un reloj de manecillas. No hacía ningún ruido, pero su movimiento se sentía, como un centinela dispuesto a observar sin pausa. Algunos casilleros en la pared izquierda, al lado de unas repisas con documentos y una mesa larga en la cual descansaban tres computadoras apagadas. En el centro de la habitación había dos sofás largos, un sillón de diferente color y una mesa de patas cortas. Sobre la mesa había documentos bien organizados y algunas carpetas abiertas.
—Toma asiento por favor.
La licenciada se sentó en uno de los sillones y el doctor lo hizo en el sillón del lado opuesto.
—Esto que ves aquí son los exámenes del paciente del que te hablé —movió los documentos, como queriendo mostrarlos— no pretendo abrumarte con la interpretación de los resultados, no estoy seguro de ellos de hecho, pero quisiera que entraras a la habitación para hablar con él.
El doctor no apartó la vista de los documentos. Movía los labios, como mordiendo algo.
—Está bien. ¿Cómo está el paciente? ¿Ya habrá despertado?
El doctor levantó la mirada y su garganta se movió al engullir un puñado de saliva.
—Puedes entrar a su cuarto sin problemas.
—¿Cómo pasó la noche?
El labio inferior del doctor descendió ligeramente. Levantó la mano derecha y se rascó la ceja.
—No durmió ni por un momento.
VII
La licenciada Karen salió de la sala de médicos, en dirección a la habitación de Miguel. Los casos que había atendido durante los últimos años le habían tocado el corazón. Madres que perdían hijos, hombres y mujeres que debían enfrentar amputaciones. Una infinidad de duelos y problemas no resueltos. En más de una vez había sentido quebrarse ante la mirada de un niño en agonía, o la voz temblorosa de un hombre al enterarse de que la vida de sus seres queridos pendía de un hilo. Todos aquellos casos hacían explorar los límites de su corazón. Por otro lado, muy pocos casos le habían exigido a un nivel intelectual. Mientras avanzaba por los pasillos recordó a Santiago. La licenciada Guerra había sido advertida sobre la mirada de Miguel, pero no creía que aquellos ojos superarán la imagen de aquel joven que, durante la recuperación de las quemaduras que había sufrido, imploraba por que le vigilen, para que el hombre que le perseguía no diera con él. Los ojos de la licenciada se paseaban por el pasillo, buscando el número de la habitación como una flecha oscilando en el aire, dirigiéndose directo a su destino.
Sin darse cuenta, sus pies se detuvieron ante una puerta. A la altura de los ojos se leía un número de color dorado, apenas con brillo. Veintitrés. La licenciada apretó la tabla que llevaba bajo el brazo, y con la mano que tenía libre hizo girar la perilla de la puerta. En el interior de la habitación se encontraba un enfermero. Giró tras escuchar a la puerta cerrarse, mostrando unos ojos abiertos, impregnados de una mezcla de asombro y miedo.
—Yeison, buenos días —comentó la licenciada en voz baja.
El enfermero sacudió ligeramente la cabeza, como queriendo espantar un bicho, y comenzó a caminar hacia la mesa, para recoger los platos del desayuno— buenos días Licenciada.
La licenciada siguió con curiosidad al enfermero, quien se movía con fluidez, pero con notable prisa. Entonces, sin quererlo, sus ojos se encontraron con los de Miguel.
Sentado sobre su camilla descansaba el niño. La licenciada, al ver al pequeño, sonrió, pero fue una reacción instintiva. En ese momento sintió fascinación. Lo que le habían dicho era verdad.
—Con su permiso Licenciada —dijo el enfermero, cargando la bandeja con un plato y un vaso vacíos.
—Claro, pasa —la licenciada se movió para darle el paso, ante lo cual el enfermero salió con paso veloz. El movimiento agitado de Yeison le hizo votar el vaso que llevaba. Se detuvo de golpe, flexionó las rodillas y dejó reposar la bandeja en una de sus piernas, mientras levantaba el vaso.
La licenciada veía el movimiento y su asombro creció. Aquel era un enfermero con experiencia. Todos tenemos limites, pensó. Giró de nuevo y vio al niño.
—¡Hola! —camino hacia la silla que estaba a los pies de la camilla. Mantenía el contacto visual, pues sabía lo importante que era, pero no por profesionalismo, sino para observar cada detalle de comportamiento.
—Hola —respondió Miguel después de unos segundos. Su voz era plana. No había miedo, ni tristeza o ira.
—¿Cómo estuvo el desayuno? —la psicóloga se acomodó en la silla y dejó descansar la tabla de anotaciones sobre su regazo.
—No me gustó —respondió.
—¿Que te gustaría comer?
—No tengo hambre, ya estoy satisfecho.
La psicóloga respondió con una sonrisa al comentario de Miguel. Su actitud tajante le causó malestar. Pobre niño, pensó.
—Comprendo —asintió y tomó el lapicero que descansaba en la parte superior de la tabla de anotaciones—déjame presentarme. Yo soy la psicóloga Karen Guerra —posó la palma de su mano derecha sobre su pecho—, puedes llamarme licenciada, Karen, o como tu desees.
No hubo respuesta alguna durante los segundos que dejó en silencio.
—Tu nombre es Miguel, ¿cierto?
Tomo el lapicero azul y lo preparó para escribir los datos del pequeño.
—No —la licenciada inclinó ligeramente la cabeza ante la respuesta.
—Bueno, ¿podrías decirme cómo te llamas?
—No puedo pronunciar mi nombre en esta lengua.
Delirios, pensó de inmediato. ¿Qué evento sería capaz de fragmentar la mente de un niño de tal forma que distorsionara su percepción de la realidad? Recordó que el doctor Esteban le había comentado que no habían encontrado ninguna señal de daño físico.
—¿Sabes hablar otros idiomas? —fue la primera pregunta que se le vino a la mente.
—No
—¿A qué te refieres con que no puedes pronunciar tu nombre en esta lengua?
—La forma de…—quedó en silencio unos segundos— …estas cuerdas vocales no me permiten… —inclinó la cabeza, mientras mantenía los labios ligeramente abiertos— …emitir los sonidos adecuados.
—Comprendo —la licenciada bajo la mirada, intentando disimular que escribía en su tabla. Después de escribir las ideas que rondaban su mente, debatió consigo misma la idea de seguir hablando del tema. No quería dar alas a aquel delirio.
—Cuéntame Mig… —detuvo la frase con una sonrisa discreta— cuéntame, ¿cómo estuvo la noche?
—A una de la mañana apagaron la luz de esta habitación, pero podía escuchar el movimiento que había en los pasillos. Una… —se detuvo por unos segundos— …enfermera vino doce veces. Después de ello vino el otro enfermero. El segundo enfermero fue el que me trajo… —de nuevo hizo una pausa durante su discurso— …el desayuno y conversó conmigo por un momento. Fue ello lo que me indicó que la noche había terminado.
La licenciada no notó ninguna variación en el rostro del niño mientras dio la descripción de la noche.
—¿Pudiste dormir?
—No recibí la orden.
La mano de la psicóloga se movió para realizar otra serie de anotaciones.
—Si te pidiera que durmieras en este momento, ¿lo harías?
—Así es.
—No tienes sueño.
—Noto la necesidad de descanso de este cuerpo, pero solo he de descansar si me lo solicitan.
La licenciada sintió fascinación por la forma de expresión de Miguel. ¿Será el abanderado de su salón?, no creía prudente indagar en ello.
—Sería bueno que durmieras, pero antes quiero hacerte otras preguntas, ¿te parece bien?
—Me parece bien.
—Muy bien, me describiste muy bien lo que pasó durante la noche, pero quisiera preguntarte, si no sabes la respuesta no hay problema, pero, ¿qué pasó antes de que apagaran la luz?
—Los doctores me estuvieron realizando una serie de exámenes. ¿Quiere que le cuente lo sucedido antes de eso?
La licenciada se sintió satisfecha al ver que había encontrado una oportunidad.
—¿Recuerdas cómo llegaste hasta aquí?
—¿Se refiere al hospital o al cuarto?
—Al hospital.
—Me trajeron en una ambulancia.
Cada pregunta le llevaba un paso más en el pasado. Un paso más hacia el origen del caso.
—¿Sabes para qué usan las ambulancias?
—Para… —se detuvo e inclinó la cabeza— …transportar heridos.
Sin darse cuenta, la psicóloga se inclinó y descansó sus codos sobre sus muslos, haciendo crujir la tabla. Su lengua se movió dentro de su boca y sus párpados se cerraron ligeramente. Estaba a punto de hacer una pregunta que aclararía el panorama, o desencadenaría alguna reacción psicológica.
—¿Podrías decirme por qué crees que te trajeron en una ambulancia?
—No lo sé.
VIII
La puerta del garaje descendía con un sonido metálico. A medida que regresaba a su lugar, la persiana ahogaba la luz que ingresaba de la calle. Dentro de la camioneta CRV estaba el doctor Gerardo. ¿Estaré viviendo en un momento importante de la historia? Había inclinado su asiento. Sus ojos estaban posados en el techo de la camioneta. La luz se había ocultado y el garaje se encontraba en total silencio. La mañana se sentía cálida. La oscuridad había sido su amiga durante los últimos meses. La oscuridad en la que se había sumergido intensificó el peso del sueño del turno del que había regresado. Cerró los ojos y comenzó a ver destellos. Auroras de diferentes colores llenaron su campo visual. Sus músculos se relajaron e inhaló profundamente. Su mente comenzó a nublarse. A medida que su consciencia se escapaba, las auroras que pululaban ante él se intensificaron, pero las veía borrosas, distantes. Entonces los rojos y verdes, al igual que los amarillos desaparecieron ante un negro profundo. Una ola de color violeta comenzó a caer. Ya no sentía. No era él quien percibía estos colores. Su inconsciente, con todo su poder salió a enfrentar esta ola de color. Detrás de la ola violeta se dejó ver un resplandor azul, débil, pero creciente. Sin darse cuenta, había caído dormido. Se veía cayendo a través de un vacío oscuro. En el fondo veía aquellos dos colores moverse como olas de mar. Descendía lenta pero inexorablemente. A medida que se acercaba a los colores su corazón se aceleraba. Caería, era inevitable, pero le horrorizaba la idea. Entonces, cuando estaba por introducirse en los colores, se detuvo, como suspendido, con el rostro a pocos centímetros de los colores. Movió la cabeza y observó que el mar de violeta y azul se evaporizaba. A lo lejos veía una niebla de aquellos colores que se esfumaba y era consumida por el negro de alrededor. El oscuro horizonte parecía lejano, pero de pronto sintió una presión en su cuerpo. El negro lo comenzó a cubrir todo, precipitándose con ímpetu. La oscuridad le aplastaría. Cerró los ojos y apretó la mandíbula con fuerza. Nada pasó.
Abrió los ojos y estaba de pie, en la oscuridad total. El silencio y la oscuridad eran abrumadores. Entonces giró y detrás de él vio a una silueta. Aquellos colores se habían personificado. Sin poder moverse, vio que la entidad comenzó a acercase a él. Quiso correr, mas sus intentos eran inútiles. La caminata se convirtió en una carrera desenfrenada, con la ferocidad de un depredador. Se sintió como Eddie Dean, viendo al monstruoso guardián abalanzarse sobre él sin piedad.
IX
La puerta del garaje se abrió de súbito y las luces se encendieron. El doctor saltó en su asiento, confundido, viendo hacia todas partes. Su respiración estaba acelerada. Su pecho se movía hacia arriba y abajo con prisa. Entonces la puerta del piloto se abrió. Pudo respirar con tranquilidad al darse cuenta de que era Mónica, su esposa.
—¡Hola amor! Ven, te quiero mostrar algo —Mónica tomó la mano de su esposo y lo halo con fuerzas. Gerardo no se resistió. Aquel no era un hombre, sino un saco de carne y huesos. Un títere enorme. El doctor luchaba por mantener los ojos abiertos. Aún seguía confundido por el sueño que había tenido.
Mónica se dirigía hacia la sala de la casa. Cuando entró, el doctor disfrutó la oscuridad de la habitación. Las cortinas estaban cerradas, y cuando entraron a la habitación, la puerta se cerró también. A pesar de que todo parecía oscuro, había una luz que iluminaba la habitación, sin ahuyentar la oscuridad. La televisión estaba encendida, pero en la pantalla se veía un negro total.
—Mira esta escena. Es bellísima —Mónica presionó una tecla del control y el video comenzó a correr. Sobre una roca estaba de pie un hombre. El cabello largo y la capa se movían al compás del viento. Veía al horizonte. Frente a él se extendía un desierto extenso, con una serie de colinas rocosas que se veían a lo lejos. En medio del desierto se veía una construcción. El hombre dio la señal y unos misiles fueron expulsados hacia el desierto. La explosión hizo saltar una nube densa de arena que cubrió al ejército que rodeaba la construcción. Después de unos segundos con niebla, la nube fue arrastrado por el viento, dejando a los soldados libres, esperando el ataque. La arena del suelo se comenzó a mover y entonces, de la nube de arena que se alejaba se abrieron unas fauces enormes. Unos monstruos, montados por unos hombres, se dirigieron al ejército para destruirlo.
—¿Qué te pareció? —preguntó Mónica, con el control en la mano, la mirada fija en el rostro de su esposo y una sonrisa que la luz de la televisión dejaba ver.
—Sublime —dijo el doctor mientras meneaba la cabeza.
—¿Verdad que sí? —Mónica saltó y aplaudió con alegría— ¿quieres terminar de ver la película conmigo?
—Me encantaría, pero quiero dormir un poco.
El gesto en el rostro de Mónica cambió. Con el rostro de un niño haciendo berrinche, cruzó los brazos y giró hacia la televisión.
—Está bien, ve a dormirte.
—Si quieres, cuando despierte podremos hacer algo.
Mónica se sentó e ignoró la sugerencia del doctor, que dio media vuelta, exhaló disgustado y salió de la habitación.
La luz del exterior le cegó por un segundo.
—Buenos días doctor —escuchó la voz de su ama de llaves.
—Buenos días Doña Michelle.
—¿Gusta que le prepare el desayuno?
—No te preocupes. Primero dormiré un poco —siguió caminando, pero se detuvo tras avanzar unos cuantos pasos— ¿la señora ya desayunó? —preguntó mientras veía a Doña Michelle con el rabillo del ojo.
—Me dijo que comerá cuando termine de ver la película.
El doctor asintió y reinició su andar.
—Te llamo en unas horas.
—Que descanse doctor.
El doctor Gerardo sentía la palpitación en su sien. Finalmente llegó a su habitación y entró arrastrando sus pasos. Se desvistió y se desplomó sobre su cama. Vio el cielo comenzó a relajar su respiración para quedar dormido.
Tras unos minutos de esfuerzo, el sueño comenzó a aparecer de nuevo, pero de inmediato abrió los ojos. ¿Y si el sueño se reanuda, y ahora ve cómo la silueta que le había acechado daba con él? La inquietud le dio la fuerza para luchar por no quedarse dormido, pero había llegado a su límite. Además, ya no era el doctor joven que soportaba días de acción con grandes dosis de cafeína.
El final, el cansancio ganó la batalla y el doctor perdió toda noción de la realidad, pero, contrario a lo que temía, durmió profundamente.
X
El doctor Esteban caminaba cuidadosamente desde el dispensador de agua de la sala de médicos hacia el sofá que estaba a la izquierda de la puerta. A pesar de estar hablando con la licenciada Guerra, inconscientemente se preocupaba por no derramar el agua del vaso que sostenía en la mano derecha. Años de práctica quirúrgica le había templado; le habían otorgado nervios de acero, pero aquella cita, durante la universidad, en la que cometió tantos errores, le había marcado. Las palabras que dijo, y las que no. Las veces que no permitió hablar. Los silencios. El café que derramó. No dejaría que ninguna gota se derramara otra vez. Conscientemente no le preocupaba derramar una sola gota, así como creía que ningún caso clínico le podría asombrar, pero al tener al niño de los ojos negros frente él, todo podía pasar.
—¿Me estás diciendo que te habló con normalidad? —el doctor entregó el vaso de agua a la psicóloga.
—Sí —pensó en las respuestas de Miguel y frunció el ceño—, bueno, no diría con normalidad, pero si respondió.
El doctor se sentó en el sillón de enfrente y respiró. Posó la mirada sobre los documentos que estaban sobre la mesa y guardó silencio.
—Esteban, ¿puedo decirte algo? —el doctor no levantó la mirada ante la pregunta—. ¿Puedes prometer que lo que te voy a decir no va a salir de aquí?
El doctor levantó la mirada y posó los brazos sobre sus muslos— Claro.
La licenciada puso el vaso medio lleno sobre la mesa y se frotó las manos— Este caso es fascinante —sacudió la cabeza ligeramente y se recostó sobre el sofá—. De no ser por los ojos, podría ser objeto de un ensayo clínico impactante. Recuerda todo con lucidez. Le puedo hacer preguntas sobre cualquier cosa y me responde con una precisión asombrosa. Su memoria es impecable. Indagué en su historia familiar y personal y me pudo contar todo a detalle. Sensaciones, emociones. No sé si las historias que me contó eran reales, pero por como las contó lo parecían —dirigió la vista hacia sus hojas de apuntes y se dio cuenta de que el apartado de motivo evento desencadenante vacío—. Me pudo contar, excepto lo que le pasó ayer por la tarde —volvió a acomodarse sobre el sillón. Esta vez su cabeza comenzó a trabajar en conjeturas, se sentía como el detective una obra de crímenes. Se sentía como el detective que encuentra una pista de gran valor—. Lo que desencadenó esta serie de eventos pasó ayer por la tarde, pero no nos enteraremos de ello por medio de… —recordó lo que le había respondido al preguntarle sobre su nombre— …Miguel.
La licenciada dirigió su mirada hacia el doctor, quien estaba en silencio. Su mirada era severa. Su gesto denotaba una profunda seriedad, que rozaba incluso la línea de la exasperación.
—¿Fascinante dices? —inclinó la cabeza ligeramente y aguzó su mirada. La licenciada no respondió. No se había puesto a pensar sobre la naturaleza de lo que sucedía. Para ella era un objeto de estudio, pero adentro de aquella habitación habia una persona, un niño inocente.
—Perdón, no pensé en lo inhumano que eso suena.
El doctor se levantó y camino hasta encontrarse frente a la pintura que colgaba en la pared. Posó las manos sobre su cintura e inclinó la cabeza hacia atrás.
—¿Ves los exámenes que están sobre la mesa?
La licenciada observó la mesa y pasó la mirada sobre todos los documentos que yacían en él. Sobre todas las hojas llenas de palabras impresas, estaba una lámina divida en cuatro secciones.
—¿Hablas de la lámina de resonancia magnética?
—Exacto —respondió el doctor sin apartar la vista del cuadro—, ¿qué ves?
Su área de experiencia no era la medicina, pero recordaba, de algunas clases de la universidad, cómo se veía un cerebro en una resonancia magnética. Una esfera hecha por una serie de círculos concéntricos irregulares, dentro de los cuales se veía unas manchas que mostraban los lóbulos. Levantó la lámina y la puso a contraluz. Frunció el ceño al ver la imagen.
—¿Ésta es la resonancia de Miguel?
El doctor se giró y vio a la licenciada a los ojos— Sí —En el rostro de la psicóloga se mostró una intensa confusión.
—No entiendo.
—Creo que sí lo entiendes —el doctor caminó de regreso hacia el sillón para tomar asiento—. Cuando recibí las láminas, el radiólogo me dijo que no podía comprender los resultados. No sabía de qué hablaba hasta que las vi —el doctor tomó la lámina de las manos de la licenciada y las puso frente a sí—. Sé que tengo que hacer más pruebas para corroborar lo que creo que esto significa, pero con estos resultados solo puedo concluir una cosa —dejó caer la lámina sobre la mesa y vio a la licenciada directo a los ojos—. Ahí no hay cerebro.
XI
—¿Han pensado en qué serán cuando sean grandes? —la profesora hablaba, acompañando sus palabras con gestos grandilocuentes. Nadie respondió a la pregunta. Algunos tenían los codos sobres sus escritorios y descansaban su cabeza sobre las palmas de sus manos—. Su futuro es muy importante. Pero para determinar a dónde irán primero deben saber en dónde están, de dónde vienen.
Nicole, susurraba a su amiga. La profesora quería preparar a aquellos jóvenes, ahora que estaba por enfrentar una nueva etapa de sus vidas.
—Si ustedes logran encontrar su esencia, entonces serán imparables. Pero, ¿dónde está su esencia? —la profesora comenzó a caminar entre las filas— Vamos a ver. Noé, si yo te preguntó, ¿quién eres?, ¿qué me responderías?
—Soy Noé.
Se escucharon unas risas.
—¿Y quién es Noé? —no hubo respuesta inmediata. La profesora levantó la mano, con la palma extendida y paseó la mirada por todo el salón —¿quiénes son ustedes?
Algunos bajaron la mirada. Uno de los jóvenes, que no era conocido por su nombre, sino por su apodo, vio su teléfono a escondidas.
—Piensen en lo siguiente. Un hombre sale de un puerto en un barco. Al principio del viaje, por un desperfecto, tuvo que cambiar una de las tablas del barco —la historia comenzaba a llamar la atención de los jóvenes—, después de otro tramo, tuvo que cambiar otra tabla. De una en una, antes de llegar al puerto destino, cambió todas las tablas del barco —una ráfaga de viento azotó las ventanas del salón—. El barco que llegó al puerto, ¿era el mismo que el que salió? —el silencio de los alumnos y los ojos abiertos fueron satisfactorios para la profesora.
—Seño —dijo un alumno—, ¿cómo cambió las tablas a medio camino? El barco se hubiera hundido.
La profesora sonrió, seguida por muchos de los estudiantes del salón.
XII
Sentada frente a Miguel, la psicóloga quedó en silencio por unos segundos. Pintó en su rostro una imagen de alegría serena. Esperaba, con ello, dar a entender que todo estaba bien; que estaban en un lugar seguro. Pero en esos breves segundos, el sinfín de neuronas de su cerebro trabajaban frenéticamente. La clave está en los ojos, pensó. Los ojos de aquel rostro inexpresivo que ahora le observaban directamente.
—Hola de nuevo —acompañó sus palabras con una sonrisa.
No hubo respuesta.
—¿Estás cómodo en la camilla?
—No realmente —dijo, moviendo nada más que los labios en el proceso.
—¿Te gustaría sentarte en esa silla? —la licenciada señaló la silla de ruedas que estaba a un costado. Miguel giró la cabeza y evaluó el objeto.
—Sí me gustaría.
—Bueno, siéntate en ella entonces.
Miguel quitó con una mano la cobija que le cubría y bajó de la camilla. Sin dudar ni un solo momento, se sentó en la silla y reposó sus manos sobre su regazo. Quedó una vez más viendo a la licenciada frente a él.
—¿Mejor?
—Sí
—Muy bien —la licenciada se acomodó sobre su asiento y vio a sus apuntes. Pasó a la siguiente hoja, que le esperaba en blanco, ansiosa—. ¿Podrías ayudarme a recordar el nombre del profesor que te acompañó, cuando venías hacia acá?
—Raúl.
La psicóloga llevaba años trabajando, y se había encontrado con incontables niños. Algunas de ellos habían sufrido profundamente, mientras que otros presentaban solo algunos malestares. Sin embargo, todos ellos interactuaban como niños. Asustados, preocupados, enojados, traviesos, pero niños al final. Miguel, por el contrario, no se acercaba ni un poco a ello. Ahora, ya no era fascinación lo que llenaba el corazón de la psicóloga, sino una incomodidad. Sus respuestas monosílabas eran como aguijones que se le hundían, no mortales, pero en extremo molestas. Hablar del pasado no le altera, pensó.
—Ayer me dijiste que no recordabas el motivo por el cual estás aquí. ¿Cierto?
—No.
La licenciada frunció el ceño, pero intentó sonreír.
—No comprendo. ¿A qué te refieres con “no”?
—No dije que no recordaba el motivo, sino que no lo conocía.
—¿Podrías decirme cuál es la diferencia? —la expresión neutral en el rostro de la psicóloga había vuelto.
—Recordar significa traer al presente la información de… —inclinó la cabeza— …sucesos pasados. Por otro lado, conocer está relacionado a tener información que explique un evento. Por eso digo que no conozco el motivo por el cual me trajeron aquí.
—¿Pero si recuerdas lo que pasó?
—Recuerdo todo con claridad.
—Sin embargo, ¿no sabes por qué estás aquí?
—Exactamente.
El silencio inundó la habitación por unos segundos. La licenciada giró la cabeza y vio al otro lado de la camilla una mesa móvil. Su mente se perdió.
—Mira Miguel —dijo volviendo la vista hacia el pequeño—, yo estoy aquí para ayudarte. Sé que quieres volver con tu familia, pero necesitamos sabes qué fue lo que te pasó ayer. Tu profesor nos contó el estado en el que te encontró, y también nos dijo que tú no actúas así normalmente. Lo que queremos es que regreses a tu casa, con tus amigos, tu familia. Todo de vuelta a la normalidad. ¿Pero sabes cuál es el problema? No hay nada malo en ti —el recuerdo de su mano, sosteniendo la lámina de la resonancia magnética a contra luz vino a su mente. Sus últimas palabras le dieron la idea de regresar a Miguel con su madre, quien sin duda estaría afuera del hospital, esperando noticias de él. Pero los ojos. ¿Cómo reaccionaría la madre? —Aún hay algo que tenemos que explicar. Pero no lo lograremos sin tu ayuda. ¿Comprendes?
El murmullo del pasillo fue la respuesta a la pregunta.
—¿Me escuchaste?
—¿Hablaba conmigo? —el niño inclinó la cabeza.
La licenciada se mordió la lengua. Arañó su hoja de apuntes y forzó una sonrisa.
—Sí, hablaba contigo. ¿Escuchaste lo que dije?
—Sí.
—¿Por qué no respondiste? —cerró las pupilas levemente.
—Porque yo no soy Miguel.
La psicóloga resopló y el músculo superior del labio se le contrajo levemente.
—Cierto, tu nombre no se puede pronunciar en nuestra lengua. Lo había olvidado —bajó la mirada con cada palabra que pronunciaba. No quería tocar el tema. No quería dar alas al delirio, pero era parte de la historia. Quizás sería como Neil McCormick, y en su delirio se encontraría la respuesta— Cuéntame sobre esa lengua. ¿De dónde es esa lengua?
—Es la lengua de mis creadores.
¿Creadores? ¿se refiere a sus padres? —¿Puedes contarme más sobre tus creadores? ¿Cómo son ellos?
—No puedo dar información precisa de mis creadores.
—¿Por qué?
—Esas son mis instrucciones.
¿Qué es lo que no quieren que diga? —¿Quieres a tus creadores? —no pudo contener la pregunta.
—Mi diseño no me permite experimentar emociones.
“Mi diseño”, ¿se refería a su crianza? — ¿y qué hay de los otros que son como tú? ¿ellos tampoco pueden amar a sus creadores?
—Ninguno de nosotros está diseñado para sentir emoción alguna.
—¿Para qué están diseñados entonces?
—Para almacenar información y brindarla a quienes la soliciten.
Valor instrumental, la licenciada respiró. Se volvió a acomodar en su asiento y escribió en la hoja.
—¿Qué pasa si no cumples con tu propósito? —preguntó la psicóloga.
—Nunca lo sabrían.
—¿Por qué lo dices?
—Porque muchos aún no han sido activados. O solamente no encuentran quién o qué los active.
—¿A qué te refieres con muchos?
—Una cantidad grande de objetos.
—De seres como tú.
—No. Máquinas como yo.
—¿Máquinas?
—Exacto. Eso expresa con mayor exactitud lo que soy.
—¿Dónde están esos otros? —la licenciada preguntó con el rostro estático. Su respiración comenzó a agitarse, lenta, pero imparable.
—En distintos lugares. Muy lejos.
—¿Hay… —las palabras, a duras penas, abandonaron la garganta seca de la psicóloga— …otros como tú?
—Así es.
—¿En dónde?
—En distintos lugares. Muy lejos.
Hay más, ¿es esto una epidemia? Tenía que dar aviso al doctor. Si lo que le pasaba a Miguel era contagioso, debía ser prevenido.
—¿Conoces exactamente en dónde están?
—No.
—¿Por lo menos podrías decirme algo cercano? En qué país, o continente están.
—No están en este planeta.
El lapicero cayó de la mano de la psicóloga. Se había acostumbrado a ver esos ojos. ¿En qué momento olvidé esos ojos? Todo lo que tenía anotado encajaba en un episodio psicótico agudo, excepto esos ojos. ¿Y si…? Una idea se asomó a la conciencia de la licenciada. En una época llena de mentiras, todo era concebible. Demonios, espíritus, dioses, alienígenas, todo estaba saturado. Las redes sociales, la literatura, el cine. Sin lugar a dudas, un Orson Wells no tendría el mismo impacto en la actualidad que en sus días. Pero, ¿y si fuera cierto?
—¿Con quién estoy hablando? —preguntó la licenciada, horrorizada por tener que hacer tal pregunta.
—Conmigo —respondió el niño.
—Y tú no eres Miguel, ¿cierto?
—No.
—¿Sabes quién es Miguel?
Los ojos negros, con las líneas, tenues, como la marea del mar, seguían moviéndose dentro de las cuencas en las que, sin lugar a dudas, había unos ojos marrones, tiernos e inocentes.
—Sí.
—¿Dónde está Miguel?
—No está aquí.
—¿Dóndes está? —la licenciada posó las manos en el respaldo de la silla, y dispuso sus pies para levantarse.
—No está aquí.
(Tercera parte: 01 de abril, 2026)
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