El Tribunal del Tiempo abre sesión.
La sala se oscurece un poco más que de costumbre.
No por drama.
Sino por respeto.
Entra un niño…
aunque ya no parece niño.
Sus manos son pequeñas,
pero sus ojos cargan décadas.
Camina despacio, con la solemnidad que solo los que han vivido demasiado rápido conocen.
El Tiempo lo observa con la gravedad de quien mira una herida que nunca debió existir.
I. Recepción de Testigos
El primer testigo es un uniforme de trabajo infantil, arrugado, manchado.
—Él me usó cuando otros jugaban —dice—. Sus manos no debieron cargar cajas, sino sueños.
El segundo testigo es un juguete guardado, cubierto de polvo.
—Lo esperé —declara—. Él pasaba frente a mí y me veía como si me tuviera prohibido.
El tercer testigo es una escuela, pero no el edificio:
la escuela como concepto, rota.
—Lo perdí —confiesa con tristeza—. Tuvo que dejarme para sobrevivir. Cada vez que yo sonaba la campana, él estaba en un mercado o en una obra, no en un pupitre.
El cuarto testigo es su cama, que tiembla al hablar.
—Él llegaba cansado. Tan cansado que dormía sin soñar. Un niño sin sueños… eso duele más que cualquier castigo.
El último testigo es una lágrima seca, una que nunca cayó.
—Yo debía salir —dice— pero él se aguantó. Alguien le dijo que llorar era perder el tiempo. Así que me quedé aquí, atorada en su infancia.
El niño aprieta los puños.
No protesta.
Los niños adultos ya no saben protestar.
II. Examen de los Hechos
El Tiempo desenrolla la cinta.
Aparecen escenas que deberían ser imposibles:
• un niño cargando bultos más grandes que él
• un niño sirviendo mesas mientras otros celebran cumpleaños
• un niño cuidando a hermanos pequeños cuando él aún necesitaba cuidado
• un niño escuchando regaños de adultos que nunca entendieron su cansancio
• un niño sin recreo, sin dibujos, sin siestas, sin tardes de parque
El Tiempo suspira.
—Te robaron el calendario —dice—. Te hicieron vivir años en meses.
El niño intenta defenderse, pero su voz es bajita:
—Es que… necesitábamos dinero.
El Tiempo lo interrumpe:
—No juzgo tu familia. Juzgo al mundo que permitió que tu infancia fuera sacrificada.
La cinta muestra la parte más dolorosa:
El niño mirando por la ventana a otros jugar,
con una mezcla de envidia, tristeza y resignación.
Aparece también una escena de su futuro:
Él de adulto, sin saber descansar, sin saber divertirse, sin saber ser blando.
El Tiempo lo mira con infinita compasión.
—No fue tu culpa. Nunca lo fue.
III. Sentencia
La sala completa parece contener el aliento.
El Tiempo dicta:
—No te culpo por trabajar.
Te culpo por creer que tu valor dependía de hacerlo.
El niño levanta la mirada por primera vez.
—Nadie te enseñó a ser niño —continúa el juez—. Y aún así sobreviviste. Eso es algo que ningún adulto podría haber hecho en tu lugar.
El Tiempo se inclina hacia él y dicta la sentencia final:
—Tu condena será esta:
recuperar al niño que perdiste.
No corras.
No produzcas.
Juga.
Equivocate.
Reí fuerte.
Dormí sin miedo.
Llorá si algo duele.
—Aún hay una parte de tu vida que te pertenece —añade—. Y esa parte no te la quitará nadie.
El reloj marca 03:17.
La hora en que algunos niños, por fin, pueden respirar como niños.
OPINIONES Y COMENTARIOS