El aire olía a vino y a hojas secas de octubre. Nat se movía entre risas y charlas, su risa ligera flotando en el salón como una cuerda tensa, lista para vibrar con cualquier contacto. Rodeada de conocidos y desconocidos, celebraba su cumpleaños con la sensación de que algo en ella estaba a punto de cambiar, aunque aún no sabía qué. La música llenaba los espacios vacíos, y cada mirada que cruzaba parecía contener un secreto que aún no estaba destinada a descubrir.
La conocían como terapeuta, masajista y educadora. Sus manos curaban, sus palabras ordenaban el caos y su sola presencia iluminaba los lugares. Todos lo sabían… menos ella. Nat pasaba por la vida con la sensación de que todo ese poder estaba fuera de su alcance, como si alguien más lo manejara, escondido tras la rutina y un país que no sentía suyo. Esa noche, sin saberlo, algo comenzaba a deslizarse por debajo de su conciencia, un hilo que la uniría a lo inesperado.
Entonces apareció él. Llegó tarde, sin prisa, pero con un aura que parecía observar todo con atención silenciosa. Un amigo los presentó:
—Hola, tú eres Nat —dijo, extendiendo la mano con una calma que sorprendió a Nat.
—Sí, ¿y tú? —respondió ella, midiendo cada gesto.
—Fokru.
—Encantada, escuché hablar de ti.
En ese instante, el mundo no cambió de manera dramática, pero algo invisible se movió entre ellos. Para Nat, él era solo “el amigo de un amigo”; para él, ella era solo “la cumpleañera”. Sin embargo, cada palabra parecía tener un peso inesperado, y ambos se dieron cuenta, sin decirlo, de que ese encuentro no sería olvidado.
Semanas después, Nat supo que Fokru había intentado reservar una cita con ella, pero por confusión terminó con otra terapeuta. La situación provocó en ella una sonrisa curiosa y un pensamiento que se repetía: ¿qué busca realmente este hombre? Le pidió a su amigo que le pasara el contacto directo y, en silencio, aguardó la respuesta, sin saber que su rutina estaba a punto de inclinarse hacia un territorio desconocido.
La primera cita tuvo lugar en un espacio prestado por un amigo. Fokru pidió un masaje de noventa minutos. Desde el primer instante, Nat notó algo inusual: su cuerpo parecía deslizarse hacia la relajación sin resistencia, y su mente empezó a hacerse preguntas que no esperaba. ¿Quién era él? ¿Qué la hacía sentir que cada gesto suyo tenía un propósito que aún no comprendía? Las respuestas no estaban allí, pero la sensación de que algo distinto acababa de empezar la mantenía alerta.
Con el paso de las semanas, sus encuentros se hicieron regulares, primero en terapias, luego en reuniones del grupo. Las conversaciones se volvían ligeras y profundas a la vez, y Nat descubría detalles de Fokru que no encajaban con lo que creía conocer de él. Cada pequeño gesto, cada pausa en sus palabras, parecía contener algo que ella aún debía descubrir. La distancia profesional que siempre mantenía frente a los clientes empezaba a desdibujarse, pero Nat no entendía por qué.
Una tarde, en un café con su amigo, Fokru apareció de manera inesperada. El amigo recibió una llamada urgente y se tuvo que marchar, dejándolos a solas. El silencio que siguió no estaba vacío; estaba cargado de algo que Nat no podía nombrar, pero que sentía presionar ligeramente cada palabra que pronunciaba. Ella pensó en irse, en recordar la “relación profesional”, pero una fuerza sutil la mantuvo allí, atenta y curiosa.
El café terminó, y con ello llegó la despedida. Sin planearlo, Nat se encontró en sus brazos en un abrazo inesperado. No había deseo ni pasión, solo un contacto humano que llevaba consigo una certeza silenciosa: algo nuevo y desconocido acababa de empezar entre ellos. Ese abrazo, inesperado y breve, dejó en Nat una sensación profunda de descubrimiento: que incluso en la rutina más cotidiana, podían surgir momentos que alteraban la percepción de todo lo demás. Y en ese instante, comprendió que su historia con Fokru no sería previsible, sino un hilo de encuentros, giros y revelaciones que apenas comenzaba a tejerse.
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