El hombre que preguntó por el camino no esperaba dos respuestas, ni una sola. Sabía que el norte y el sur no son antípodas, sino puntos que se tocan en el eje de la tierra; así también el sí y el no no son muros que se enfrentan, sino las dos caras de una moneda que el azar lanza y que el tiempo detiene en el aire.

No hay cosa más falsa que la certeza de los extremos. El griego que discutió con su sombra sabía que el ser y el no ser se entrelazan como las hebras de una trenza; el filósofo de la India, que veía en cada átomo el universo entero, entendía que un solo «sí» contiene mil «no» y viceversa. Yo mismo he visto en el laberinto de Babel no solo las puertas que se abren, sino también aquellas que parecen cerradas y guardan otro camino detrás de sus barrotes.

Un matemático me dijo una vez que el uno y el cero son los padres de todos los números, pero olvidó añadir que entre ellos yace la infinidad de los fractales, de los decimales que no terminan ni se repiten. El sí y el no son como esos dígitos: parecen definidos, pero su unión genera todo lo que existe y todo lo que podría ser.

El tiempo, ese gran engañador, nos hace creer que debemos elegir. Pero en el libro de los días que no han sido vividos, cada elección es ambas a la vez: el viajero que decide tomar el camino de la izquierda también toma el de la derecha, y en el final encuentra el mismo oasis, aunque su sed sea distinta.

Así, entre 1 sí y 1 no, no hay frontera. Hay solo un punto donde las palabras se desvanecen y la verdad se muestra tal como es: una cosa y su contrario, un solo gesto que dice todo y nada.

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