REESCRITURA DE DON QUIJOTE

REESCRITURA DE DON QUIJOTE

Josefa Prado

31/01/2026

Los soldados añaden una cuenta más a la cadena de hombres que atraviesa Sierra Morena

hacia el mar. Don Quijote, sin entender cómo, se encuentra al final de la ristra de presos

arrastrado por ellos en su cadencioso caminar.

La situación reafirma en su mente la injusticia del paseo y la vileza de sus captores, pues que

un hombre que recorre los caminos luchando con altruismo por liberar a los oprimidos con los

que se encuentra, se vea obligado a formar parte de esa procesión, no puede ser por otra

razón más que la obvia, que la cadena haya sido formada por hombres indignos que oprimen,

esclavizan y explotan a los habitantes de las tierras que atraviesan.

— ¡Soltadme! El rey sabrá de vuestros actos y seréis castigados por ellos — gritaba Don

Quijote cada pocos pasos.

Sancho seguía la comitiva a distancia, esperando que llegase la noche y todos durmiesen para

liberar a su señor, pues no quería ni enfrentarse a los soldados ni provocar su irá más allá de lo

necesario. Se había dado cuenta de que Don Quijote era el último preso de la fila, pero además

estaba atado solo con bastas cuerdas, seguramente a falta de cadenas en el equipaje de los

soldados y ante el aspecto tan poco amenazante que presentaba el escuálido caballero

andante.

Bien entrada la noche Sancho, que había estado aguardando entre largas cabezadas y súbitos

despertares, se acercó al campamento y se aseguró de que todos dormían. Sin dificultad y en

silencio cortó con su cuchillo las cuerdas que retenían a Don Quijote. Hasta ese momento

nadie se había percatado de su presencia, ni siquiera el caballero al que había liberado, que

seguía durmiendo en el suelo al lado de los presos a los que había estado unido aunque, a

juzgar por su despatarrada postura, mucho más en paz con el mundo que cualquiera de ellos.

Sancho lo agitó intentando despertarlo en silencio, hasta que consiguió, a costa de aumentar

considerablemente las sacudidas, que Don Quijote abriera los parpados, solo un poco, y

buscase enfocar la mirada. Cuando descubrió a Sancho se extrañó de encontrar la cara de su

escudero tan cerca de la suya, por lo que le cuestionó en tono no demasiado bajo:

— Sancho, amigo, ¿porque me molestas en mi sueño?

Sancho, apurado, trató con aspavientos de hacerle callar al mismo tiempo que, también con

poco éxito, tiró de él para que se levantase y huir del campamento. Pero al no encontrar

respuesta más allá de la mirada aun adormilada de su Señor, tuvo que pararse a explicarle en

susurros la situación en que se encontraban.

Cuando Don Quijote recobró el conocimiento que el sueño le había trastocado y recordó a los

hombres a los que el destino le había atado, recobró también su justa sed de justicia. Se

levantó todo lo bruscamente que sus articulaciones le permitieron y aun sin disponer de arma

alguna, por no encontrar a la vista su lanza ni su espada, exclamo a viva voz, ya que no era

hombre de artes traicioneras:

— ¡Despertad hombres viles! Me dispongo a liberar en este momento a todos estos buenos

paisanos a los que mantenéis encadenados

Grito con el que efectivamente despertó a soldados y presos. Los segundos le miraron con aire

resignado. Los primeros se levantaron con desgana, se acercaron al caballero que se mantenía

de pie en actitud desafiante, le sujetaron entre cuatro esquivando sus manotazos y patadas

desordenadas y volvieron a amarrarle a la cadena que conducían a galeras. Aunque ahora

como penúltima cuenta pues era Sancho quien cerraba la fila de presos que, una vez superado

el jaleo nocturno, volvió a conciliar el sueño.

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