Los soldados añaden una cuenta más a la cadena de hombres que atraviesa Sierra Morena
hacia el mar. Don Quijote, sin entender cómo, se encuentra al final de la ristra de presos
arrastrado por ellos en su cadencioso caminar.
La situación reafirma en su mente la injusticia del paseo y la vileza de sus captores, pues que
un hombre que recorre los caminos luchando con altruismo por liberar a los oprimidos con los
que se encuentra, se vea obligado a formar parte de esa procesión, no puede ser por otra
razón más que la obvia, que la cadena haya sido formada por hombres indignos que oprimen,
esclavizan y explotan a los habitantes de las tierras que atraviesan.
— ¡Soltadme! El rey sabrá de vuestros actos y seréis castigados por ellos — gritaba Don
Quijote cada pocos pasos.
Sancho seguía la comitiva a distancia, esperando que llegase la noche y todos durmiesen para
liberar a su señor, pues no quería ni enfrentarse a los soldados ni provocar su irá más allá de lo
necesario. Se había dado cuenta de que Don Quijote era el último preso de la fila, pero además
estaba atado solo con bastas cuerdas, seguramente a falta de cadenas en el equipaje de los
soldados y ante el aspecto tan poco amenazante que presentaba el escuálido caballero
andante.
Bien entrada la noche Sancho, que había estado aguardando entre largas cabezadas y súbitos
despertares, se acercó al campamento y se aseguró de que todos dormían. Sin dificultad y en
silencio cortó con su cuchillo las cuerdas que retenían a Don Quijote. Hasta ese momento
nadie se había percatado de su presencia, ni siquiera el caballero al que había liberado, que
seguía durmiendo en el suelo al lado de los presos a los que había estado unido aunque, a
juzgar por su despatarrada postura, mucho más en paz con el mundo que cualquiera de ellos.
Sancho lo agitó intentando despertarlo en silencio, hasta que consiguió, a costa de aumentar
considerablemente las sacudidas, que Don Quijote abriera los parpados, solo un poco, y
buscase enfocar la mirada. Cuando descubrió a Sancho se extrañó de encontrar la cara de su
escudero tan cerca de la suya, por lo que le cuestionó en tono no demasiado bajo:
— Sancho, amigo, ¿porque me molestas en mi sueño?
Sancho, apurado, trató con aspavientos de hacerle callar al mismo tiempo que, también con
poco éxito, tiró de él para que se levantase y huir del campamento. Pero al no encontrar
respuesta más allá de la mirada aun adormilada de su Señor, tuvo que pararse a explicarle en
susurros la situación en que se encontraban.
Cuando Don Quijote recobró el conocimiento que el sueño le había trastocado y recordó a los
hombres a los que el destino le había atado, recobró también su justa sed de justicia. Se
levantó todo lo bruscamente que sus articulaciones le permitieron y aun sin disponer de arma
alguna, por no encontrar a la vista su lanza ni su espada, exclamo a viva voz, ya que no era
hombre de artes traicioneras:
— ¡Despertad hombres viles! Me dispongo a liberar en este momento a todos estos buenos
paisanos a los que mantenéis encadenados
Grito con el que efectivamente despertó a soldados y presos. Los segundos le miraron con aire
resignado. Los primeros se levantaron con desgana, se acercaron al caballero que se mantenía
de pie en actitud desafiante, le sujetaron entre cuatro esquivando sus manotazos y patadas
desordenadas y volvieron a amarrarle a la cadena que conducían a galeras. Aunque ahora
como penúltima cuenta pues era Sancho quien cerraba la fila de presos que, una vez superado
el jaleo nocturno, volvió a conciliar el sueño.
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