Cuando su madre abrió la puerta, Siro fue a dejar la mochila en su habitación, pero esta vez
caminó por el pasillo con la mayor calma que sus pocos años le dejaban impostar. No quería
que mamá adivinase que hoy tenía una sorpresa para ella. Sólo cuando quedaban pocos pasos
para llegar, echó a correr sin poder ya evitarlo. Colgó la mochila en el gancho de la mesa,
según le habían enseñado que tenía que hacer, y cuando estaba ya abriendo con impaciencia
la cremallera le llego la voz de su madre por el pasillo:
— Siro, me voy. Te quedas con tu hermana. Pórtate bien. Mañana estaré para darte un
beso cuando te despierte mi amor — E inmediatamente el sonido de la puerta al
cerrarse.
Pero el día era hoy, el Antarós, o algo así, les había dicho la «seño», el día de la madre en
Etiopía. Durante el camino desde el colegio, Siro y su amigo Josito no habían dejado de
cuchichear bajito para que sus madres no los oyesen, imaginando la cara que pondrían ellas
cuando les diesen el precioso corazón en el que llevaban tres días trabajando en secreto. Lo
habían dibujado, recortado y recubierto de maravillosas lentejuelas rojas que lanzaban
espectaculares destellos al moverlo bajo la luz. Siro estaba orgulloso, todos los niños de la
clase habían aplaudido lo bien que brillaba el suyo.
Al oír lo que para él fue un atronador portazo, Siro salió disparado hacia la puerta de la
casa. Tenía que decirle a su madre que no podía irse todavía. Cuando llego al final del pasillo,
abrió la puerta sin apenas pararse y salió a la calle, sin tiempo para recordar que no debía
hacerlo.
Sonia le había dicho más de un millón de veces a su hijo que no podía salir solo a la calle,
que eso era muy peligroso para un niño tan pequeño. Esa era una de sus frases de madre, «te
lo he dicho más de un millón de veces». Últimamente había descubierto en ella muchas frases
de madre, que le recordaban con carillo las que ella odiaba de su querido padre ¡qué tópico!.
Su pequeño Siro era un niño inquieto y despistado, como tenía que ser un niño de siete años.
Aunque su niña nunca había sido así. Marga había sido una niña tranquila que sabía caminar,
no como Siro que solo sabía correr. A ella no había hecho falta decirle más de un millón de
veces que no podía salir sola a la calle. La idea de que quizás estaba exigiendo demasiado a
Marga se asomaba a veces a la cabeza de Sonia, aunque ella conseguía esquivarla. Marga tenía
solo doce años, pero había crecido mucho y muy rápido, y que pudiese cuidar sola de Siro le
estaba permitiendo a Sonia tener un poco más de vida, para trabajar y para disfrutar. Que las
dos cosas son importantes. Cierto que no era capaz de dejar solos a sus niños para ir a
disfrutar, a pesar de que todos sus amigos insistían en que eso no la haría peor madre, pero si
para ir a trabajar. Al fin y al cabo, que ella progresase en el trabajo era bueno también para
ellos.
Siro salió tan rápido y con tanta impaciencia de la casa que no se le ocurrió mirar que
había fuera antes de seguir corriendo por la acera. ¿Por qué fue hacia la izquierda? Ni Sonia ni
Marga podrían saberlo. Quizás porque al colegio se iba por la izquierda.
Por la derecha venías dos chavales, charlando y riendo mientras dejaban que fuesen
sus patinetes los que corriesen por la acera, a máxima potencia claro, otra cosa no tendría
sentido para unos chicos en esa edad en la que nada puede pasarte. Si Siro hubiese girado
hacia la derecha podría haberlos visto y quizás esquivarlos. Si los chicos no hubiesen sido tan
buenos amigos podrían haber ido mirando hacia delante, en lugar de ir comparando quien
tenía los pies más grandes, y quizás entonces hubiesen visto a Siro salir del portal. Pero Siro
corrió hacia la izquierda y los chicos iban mirando uno a los pies del otro, así que el impacto
fue inevitable. Los escasos 20 kilos de Siro volaron sobre la acera, mientras un patinete seguía
su camino y el otro se encabritaba por el brusco frenazo. El patinete que freno casi cayó sobre
su conductor, que logró poner un pie en el suelo y recuperar el equilibrio antes de que el
cuerpecito de Siro impactase contra la acera. El otro patinete frenó después del impacto y
cuando su dueño miró hacia atrás, un poco asustado pero todavía sonriente, vio a un niño
pequeño tumbado sin moverse sobre la acera.
Siro estaba tumbado boca arriba en una postura un tanto desgarbada. Sabía que algo
iba mal aunque no sabía el que. Notaba que no era capaz de moverse. Lo que más le
preocupaba era que había salido de casa solo y por eso ahora estaba solo tumbado en la acera
sin poder levantarse. Eso le asusto bastante. Además de pronto recordó que lo que había
hecho estaba más que prohibido y pensó que lo más importante era pedirles perdón a mamá y
a Marga. Quiso abrir la boca para llamarlas, pero no sabía cómo hacerlo, era como si hubiese
olvidado como decirle a su cuerpo, a su boca o a su garganta que tenían que moverse. «iQué
cosa más rara!» pensó. Tendría que encontrar otra forma de avisarlas, quizás alguna de esas
caras que le rodeaban podría ayudarle.
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