Una sorpresa para mamá.

Una sorpresa para mamá.

Josefa Prado

31/01/2026

Cuando su madre abrió la puerta, Siro fue a dejar la mochila en su habitación, pero esta vez

caminó por el pasillo con la mayor calma que sus pocos años le dejaban impostar. No quería

que mamá adivinase que hoy tenía una sorpresa para ella. Sólo cuando quedaban pocos pasos

para llegar, echó a correr sin poder ya evitarlo. Colgó la mochila en el gancho de la mesa,

según le habían enseñado que tenía que hacer, y cuando estaba ya abriendo con impaciencia

la cremallera le llego la voz de su madre por el pasillo:

— Siro, me voy. Te quedas con tu hermana. Pórtate bien. Mañana estaré para darte un

beso cuando te despierte mi amor —  E inmediatamente el sonido de la puerta al

cerrarse.

Pero el día era hoy, el Antarós, o algo así, les había dicho la «seño», el día de la madre en

Etiopía. Durante el camino desde el colegio, Siro y su amigo Josito no habían dejado de

cuchichear bajito para que sus madres no los oyesen, imaginando la cara que pondrían ellas

cuando les diesen el precioso corazón en el que llevaban tres días trabajando en secreto. Lo

habían dibujado, recortado y recubierto de maravillosas lentejuelas rojas que lanzaban

espectaculares destellos al moverlo bajo la luz. Siro estaba orgulloso, todos los niños de la

clase habían aplaudido lo bien que brillaba el suyo.

Al oír lo que para él fue un atronador portazo, Siro salió disparado hacia la puerta de la

casa. Tenía que decirle a su madre que no podía irse todavía. Cuando llego al final del pasillo,

abrió la puerta sin apenas pararse y salió a la calle, sin tiempo para recordar que no debía

hacerlo.

Sonia le había dicho más de un millón de veces a su hijo que no podía salir solo a la calle,

que eso era muy peligroso para un niño tan pequeño. Esa era una de sus frases de madre, «te

lo he dicho más de un millón de veces». Últimamente había descubierto en ella muchas frases

de madre, que le recordaban con carillo las que ella odiaba de su querido padre ¡qué tópico!.

Su pequeño Siro era un niño inquieto y despistado, como tenía que ser un niño de siete años.

Aunque su niña nunca había sido así. Marga había sido una niña tranquila que sabía caminar,

no como Siro que solo sabía correr. A ella no había hecho falta decirle más de un millón de

veces que no podía salir sola a la calle. La idea de que quizás estaba exigiendo demasiado a

Marga se asomaba a veces a la cabeza de Sonia, aunque ella conseguía esquivarla. Marga tenía

solo doce años, pero había crecido mucho y muy rápido, y que pudiese cuidar sola de Siro le

estaba permitiendo a Sonia tener un poco más de vida, para trabajar y para disfrutar. Que las

dos cosas son importantes. Cierto que no era capaz de dejar solos a sus niños para ir a

disfrutar, a pesar de que todos sus amigos insistían en que eso no la haría peor madre, pero si

para ir a trabajar. Al fin y al cabo, que ella progresase en el trabajo era bueno también para

ellos.

Siro salió tan rápido y con tanta impaciencia de la casa que no se le ocurrió mirar que

había fuera antes de seguir corriendo por la acera. ¿Por qué fue hacia la izquierda? Ni Sonia ni

Marga podrían saberlo. Quizás porque al colegio se iba por la izquierda.

Por la derecha venías dos chavales, charlando y riendo mientras dejaban que fuesen

sus patinetes los que corriesen por la acera, a máxima potencia claro, otra cosa no tendría

sentido para unos chicos en esa edad en la que nada puede pasarte. Si Siro hubiese girado

hacia la derecha podría haberlos visto y quizás esquivarlos. Si los chicos no hubiesen sido tan

buenos amigos podrían haber ido mirando hacia delante, en lugar de ir comparando quien

tenía los pies más grandes, y quizás entonces hubiesen visto a Siro salir del portal. Pero Siro

corrió hacia la izquierda y los chicos iban mirando uno a los pies del otro, así que el impacto

fue inevitable. Los escasos 20 kilos de Siro volaron sobre la acera, mientras un patinete seguía

su camino y el otro se encabritaba por el brusco frenazo. El patinete que freno casi cayó sobre

su conductor, que logró poner un pie en el suelo y recuperar el equilibrio antes de que el

cuerpecito de Siro impactase contra la acera. El otro patinete frenó después del impacto y

cuando su dueño miró hacia atrás, un poco asustado pero todavía sonriente, vio a un niño

pequeño tumbado sin moverse sobre la acera.

Siro estaba tumbado boca arriba en una postura un tanto desgarbada. Sabía que algo

iba mal aunque no sabía el que. Notaba que no era capaz de moverse. Lo que más le

preocupaba era que había salido de casa solo y por eso ahora estaba solo tumbado en la acera

sin poder levantarse. Eso le asusto bastante. Además de pronto recordó que lo que había

hecho estaba más que prohibido y pensó que lo más importante era pedirles perdón a mamá y

a Marga. Quiso abrir la boca para llamarlas, pero no sabía cómo hacerlo, era como si hubiese

olvidado como decirle a su cuerpo, a su boca o a su garganta que tenían que moverse. «iQué

cosa más rara!» pensó. Tendría que encontrar otra forma de avisarlas, quizás alguna de esas

caras que le rodeaban podría ayudarle.


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