Anoche me senté frente al portátil con la intención de vaciar el silencio. Me convencí a mí misma de que ya no te recordaba, de que las semanas habían cumplido su promesa de borrarte. Me mentí con éxito, hasta que el cuerpo decidió reclamar su verdad.
En un instante, la habitación se llenó de una electricidad antigua. No era un recuerdo suave; era el impacto erótico de nuestra historia entre cuatro paredes. Volví a sentir la textura de tu piel bajo mis dedos, la resistencia de tu cuello cuando mis manos buscaban el límite de tu respiración y esa mirada tuya, del revés, que me desarmaba por completo.
El deseo me invadió como un incendio repentino. Busqué refugio en ficciones ajenas, en imágenes vacías, pero solo logré sentir el peso de tu ausencia. Me sentí náufraga al entender que no estás aquí.
Me teletransporté al pasado, recuperando la sensación de aquel cuerpo mío sobre el tuyo; el impulso de tirar de tu pelo, de marcar el ritmo con golpes de placer, de fundirnos en esa química violenta y perfecta que no he vuelto a encontrar en nadie más. Lo más amargo de esta lucidez es aceptar que, aunque mi voz diga que te ha soltado, mi piel te sigue extrañando en el más absoluto y ruidoso de los silencios.
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