No sé si la fertilidad es un misterio o un laberinto; tal vez los dos son lo mismo. Los hombres hemos hablado siempre de ella como si fuera un jardín cerrado, como si la clave estuviera en alguna esquina olvidada del tiempo, pero quizás la fertilidad no es más que la suma infinita de los instantes en que una mujer concibe no un hijo, sino el propio acto de concebir.

Recuerdo que mi abuela, la que tenía en su salón un espejo que reflejaba no lo que era sino lo que habría sido, decía que la fertilidad no reside en el cuerpo como el agua en un cántaro, sino que es un juego de espejos donde cada generación se mira a sí misma y ve lo que pudo haber sido. «Las mujeres», me dijo una tarde mientras untaba mantequilla en un pan francés, «son bibliotecas donde cada libro guarda el secreto de los que vendrán. Algunos volúmenes están cerrados para siempre, otros esperan solo el soplo de un nombre para abrirse».

He leído en manuscritos orientales que la fertilidad es un río que fluye hacia atrás; que cada madre lleva dentro a todas sus madres, y cada hija dentro a todas sus hijas. No es el presente lo que decide el futuro, sino el futuro lo que ilumina el presente. Un médico moderno me habló una vez de ovarios y de ciclos, de números y de probabilidades, pero yo pensé en los árboles: un árbol no sabe cuántas frutas dará, solo sabe que debe dar frutas, aunque algunas caigan al suelo antes de madurar y otras se conviertan en nuevos árboles que a su vez darán frutas.

En los tiempos de los mitos, las diosas de la fertilidad eran también diosas del destino; no distinguían entre el don de la vida y el don de la muerte. Tal vez tenían razón. La fertilidad no es solo la capacidad de crear, sino la capacidad de aceptar que la creación es siempre un acto de renuncia: renunciar a la unicidad del cuerpo, renunciar a la certeza del mañana, renunciar a la idea de que somos dueños de nuestra propia existencia.

He visto en Buenos Aires, en las calles que cambian de nombre como los hombres de rostro, a mujeres que llevan en sus ojos el misterio de lo posible. Algunas caminan con la ligereza de quienes saben que el tiempo está de su lado; otras con la seriedad de quienes han conversado con la espera. Todas ellas son laberintos: sus cuerpos son pasadizos que llevan a lugares desconocidos, sus pensamientos son bifurcaciones que se abren en infinitas direcciones.

No existe una única fertilidad, como no existe una única forma de ser mujer. Hay fertilidades que son como los desiertos, vastas y silenciosas, donde la vida espera el agua del azar; hay otras como los bosques tropicales, densas y generosas, donde la vida brota en cada rincón. Algunas fertilidades son poemas breves y precisos, otras son epopeyas que se extienden por generaciones.

Quizás la pregunta no es qué es la fertilidad, sino quiénes somos para preguntarle a la fertilidad qué somos. Cada mujer es un universo donde el big bang se repite una y otra vez, donde las galaxias de la vida se forman y se dispersan en el espacio de su ser. El laberinto no tiene salida porque la salida es el propio camino.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS