La gran casa cuyas habitaciones antiguamente estaban llenas de mujeres, late hoy como un dinosaurio. Dos hermanas en el jardín, un libro y una taza de café vacía bajo el rosal, como sin dueño. Las fuertes raíces de la buganvilla de más de cincuenta años trepan por las columnas del porche, y el triángulo de hierro pende de la rama con su pequeña espiral. Parece que llevase ahí desde antes del nacimiento del mundo.
Las baldosas blancas y negras estaban preparadas entonces para la gran partida de ajedrez. Ya no hay rey ni reina, ni caballos, ni alfiles. Sólo el canto de las golondrinas en la ventana del piso de arriba.
Los besos y los abrazos. Los «qué tal estás» que se pronuncian con la facilidad que da la costumbre. Treinta años de «holas» y «adioses» a los que no asistí por grietas de origen milenario. Y sin embargo ¡qué fácil era cruzar una puerta!
Nos llega el aroma del heliotropo de la balconada que da a la iglesia mientras comemos copos de maíz envueltos en delicadas capas de chocolate, como vela derretida. Ahora sé que compartimos el mismo dolor que brota del corazón de nuestros ancestros.
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