LA NUCLO

1

Una incipiente actividad fue llenando
las dependencias portuarias con las primeras luces del día. En la Nuclo se estibaron las provisiones necesarias para el viaje. La carroza blindada ya estaba a bordo, sujeta y fijada a la cubierta por unas cadenas y unos calzos clavados en el suelo y sobre el carruaje, una lona empapada en cebo pringoso, la cubría para protegerla de la mar. Los caballos y los perros se habían confinado en la bodega, acomodados lo mejor posible sobre un lecho de paja seca que cubría el fondo arenoso del navío.

Los cófrades en la proa, asomados por la borda o apoyados en la baranda, observaban como los remos a ambos costados de la Nuclo se movían al unísono, imprimiendo velocidad al movimiento que los hacía desplazarse, alejándose del muelle. Los cabos sueltos colgaban desde estribor sumergidos en las aguas oscuras y revueltas del Siret.

Los amarradores habían soltado las maromas que estaban atadas en los noray, y los prácticos portuarios, desde una frágil y pequeña barca cabinada, hacían señales con unas banderas triangulares, orientando al capitán en su maniobra de partida.

Girando sobre sí misma, la Nuclo fue creando remolinos y placas de aguas movidas, conforme iba orientándose a la salida de la ensenada del puerto. Una nube de gaviotas revoloteaban alrededor de las embarcaciones, vociferando y peleando entre ellas, ansiosas por la posible aparición de comida que probablemente arrastran las algas entre la masa de agua removida.

Aesius en pie sobre los tablones de la cubierta de popa, en el castillo de mando, daba voces a sus hombres dirigiendo la operación con la precisión de un cirujano. Su primero de abordo estaba al timón y el segundo en la pasarela central, entre los bancos de remeros, coordinando la operación.

La Nuclo ahora bien encarada, se alejó de los límites de la escollera y la corriente del rio la empujo con fuerza. Los mástiles tenían las velas recogidas y las cuadernas al igual que la quilla se estremecieron con el empuje de la corriente.

Corrían los primeros días del invierno y a pesar de estar el cielo completamente despejado y el paraje bañado por el sol, el aire frío rasgaba la garganta. Fuera de los guantes los dedos se entumecían rápidamente.

La nave al entrar en la corriente del río gano velocidad muy pronto, en ese punto se alzaron los remos y los recogieron.

Disminuyendo progresivamente de tamaño, la ciudad de Putyla quedaba como un pequeño punto grisáceo envuelto por un manto azulado y verdoso moldeado por las montañas y los bosques del paraje. Atrás quedaban las menguadas figuras humanas en las proximidades de los muelles cercanos a las grúas y las embarcaciones atracadas.

Una muchedumbre se había formado en torno a las víctimas del desgraciado accidente que turbó la actividad normal de la ciudad. La angustia y la tribulación quebranto el ánimo de muchos habitantes de Putyla, consternados por la mala ventura que habían corrido el comodoro Dordan y el joven protegido, su ayudante Nicas. Al parecer el infortunio se produjo debido a una polea que estaba en mal estado, y al no ser percibido por nadie, se quebró en mitad de la noche. La polea formaba parte de un mecanismo, que tensaba las guías de cable de acero trenzado, de una de las grúas del muelle. Un gran cajón lleno de eslabones de gruesas cadenas, que por olvido había quedado suspendido de la pluma de la grúa de carga, se precipito al vacío. Resultando una calamidad causal que ambas personalidades pasearan a altas horas de la noche bajo aquel cargamento, que colgaba a la intemperie.

Aesius supervisaba las labores de estiba en la Nuclo cuando le llego la noticia del infausto accidente, tras lo cual no pudo reprimir dedicar una mirada de turbio recelo a los hombres del Casto.

La Nuclo surcaba las aguas fijando un rumbo fijo, manteniéndose sobre el centro del Siret. Descendiendo suavemente recorría los meandros, trazando las curvas con un acompasamiento perfecto, dejando tras de sí una estela leve y alisada que reflejaba en miles de destellos los rayos del sol.

De la cubierta de popa del navío, colgaba un candil que se encendía al llegar la noche. Un farol especial, que tenía la forma de tema jaula en la que dentro había encarcelada una sirena, portando un velón, que alumbraba las insondables profundidades de la noche. De esta forma quedaban avisadas las subcriaturas de los fondos de los océanos de qué clase de destino fatal les sobrevendría si se atrevían a hacer zozobrar a aquellos lobos de mar.

La travesía por el río Siret duró varios días. En los márgenes de la rivera vieron entre los juncos y cañadas, restos de embarcaciones en ruinas que arrastradas por la deriva se descomponían lentamente sepultándose en el lodo. Los lodazales de de las orillas daban paso a rocas y piedras redondeadas, brillantes y cubiertas de musgo y verdín, entre las que se hundían las raíces de arces blancos, carpes y sauces. De troncos y alturas imponentes, cerrando densas sombras entre sí, daban comienzo a unos profundos bosques milenarios.

También contemplaron como algunos núcleos diminutos de casas de pescadores se apiñaban amontonados sobre pantalanes y palafitos en las riveras.

En el cruce de aguas, donde el Siret pasaba a fundirse con el gran Danubio, les sorprendió un leviatán monstruoso. Una torre flotante, de madera cubierta de brea y betún, fijada al lecho del río por cadenas de dimensiones desmesuradas, hacía las funciones de vigía acechante. La torre negra, anclada a unas brutales piedras de molino que yacían en el fondo del río, era el hogar de una división de soldados del ducado. Desde allí, ejercían un control de vigilancia náutico sobre los dominios de Braslov.

La torre descuidada estaba cubierta de verdín y moho gris. En algunas zonas de su estructura, la madera estaba vencida e hinchada por la acción de las mareas y la penetrante humedad. En la cúspide del intimidatorio centinela silencioso, ardía una llama viva durante toda la noche, para señalizar a los marinos la ruta de ascenso hacia Putyla.

Al igual que anteriormente en el puente sobre el río, los soldados del duque, en sus confines del feudo, estaban desaliñados y mostraban un aspecto indisciplinado. Visibles en las troneras y ventanucos, no dieron muestra de interés alguno en la galera que salía de sus aguas territoriales.

En aquel punto la cofradía dejaba de estar bajo la ley de ningún señor y volvían a viajar por tierra de nadie, surcando las aguas del inmenso Danubio.

En el alcázar de popa se alojaban los oficiales, Viriatus, Tebnar el lugarteniente de la cofradía y el anciano Gorgias. Sobre el dintel de la puerta del salón había una frase escrita: «En nombre de Júpiter padre de los dioses. Yo te conjuro. ¡Te vigos cosilim! «. Y bajo esta frase, una enorme herradura de siete clavos estaba encastrada en la madera con las puntas hacia arriba. Y en su intersticio rezaba en bloque SATOR, AREPO,TENET, OPERA,ROTAS.

El Casto sabía que aquel conjuro protector de gran potencia mantendría a la Nuclo a salvo de toda clase de catástrofes. Sin lugar a dudas en aquel pedazo de madera flotante había alguien embarcado, alguien a quien las ciencias
ocultas no le eran desconocidas.

Los cofrades y la tripulación de la Nuclo aprovechaban las horas libres para fanfarronear y jugar a las cartas y dados. El segundo de a bordo, Buxon, resultó ser un
excelente lanzador de cuchillos. Con absoluta precisión y entereza cortaba en dos un limón sobre el hombro de una persona haciendo un lanzamiento a treinta pasos de distancia.

Mientras los hombres iban acrecentando la camaradería, entre Tebnar y Aesius se fue gestando un distanciamiento silencioso. Brillos fugaces en sus miradas hacían pensar que se conocieran de antes. Una familiaridad, algo que debía permanecer oculto y bajo silencio.

2

A la semana de haber zarpado, el cielo encapotado se fue cerrando con nubes negras que no tardaron en dejar caer una llovizna ininterrumpida, que progresivamente y sin tregua fue acrecentando su intensidad. Días y días de lluvias fueron empapando la tierra hasta que esta no pudo absorber más. Las nubes invernales trajeron las lluvias torrenciales sobre las ciénagas y los lagos de la cuenca del Danubio. El agua marrón revuelta, viva y descontrolada desbordó el cauce. Un olor intenso y agudo, como a metal herrumbroso, ascendía desde el cieno suspendido en la corriente, asfixiaba la atmosfera.

Bajo una espesa cortina de lluvia interminable, la Nuclo gobernada bajo la férrea voluntad de Aesius, lograba mantener el rumbo entre los escollos, bajíos y rápidos que iban surgiendo a su paso. Toda la tripulación estaba tensa y dispuesta en sus destinos ejecutando las órdenes que su capitán gritaba haciéndose escuchar por encima del bramido de la fuerte lluvia. Atenazados a los remos, los galeotes cubiertos por mantos de cuero engrasados, tenían el cuerpo completamente mojado y los pies fríos así como los miembros de sus extremidades entumecidos. Un hormigueo molesto y doloroso recorría sus brazos y piernas, semejante a un millar de alfileres clavándose en sus cuerpos.

La sentina desbordaba agua por todos los sumideros de la galera. Los bancos de los remeros estaban casi sepultados por el agua torrencial, los desagües no daban abasto.

En los puntos del río donde distintos afluentes sobrecargados convergían en el Danubio, el choque de las mareas provocaba remolinos amenazantes y aguas rizadas con olas cortadas a pico. En distintas ocasiones, el casco de la galera se estremeció debido a la colisión de la proa con enormes árboles y troncos semi sumergidos que viajaban sin rumbo a la deriva. En otras ocasiones, la Nuclo escoraba a babor y estribor al transitar entre escollos y bancos de arena fortuitos que levantaban las aguas fluviales generando un oleaje que en distintas ocasiones sepultó por completo a la nave.

Las pésimas condiciones de navegación se prolongaron durante días, sin dar tregua ni reposo a la tripulación. El esfuerzo exigía de un sacrificio costoso. Cofrades y marinos alternaron en los remos y allí donde fue necesario. La fatiga y el agotamiento no dejaron exento a nadie. Y tras cuatro días de lluvias extraordinarias sin interrupción, llego una calma repentina. El cielo plomizo cargado de nubes hinchadas dejo de decantar agua dando una tregua agradecida a los hombres de la Nuclo.

Los cófrades se prestaron a hacer servicio de marinería, permitiendo que algunos de los tripulantes y marineros pudieran descansar y beneficiarse de su merecido descanso. El ensordecedor sonido de la lluvia dio libertad a los sonidos del bosque que habían permanecido en silencio hasta ahora. Cantos de distintas aves volvían a dar vida al mundo, el croar de unas ranas sacadas bruscamente de su letargo daban la bienvenida a la calma momentánea.

La configuración del río había desaparecido, dando la sensación de que navegaban bajo las copas y entre los troncos de un bosque infinito y anegado. Unos fresnos centenarios constituían isletas formando nudos intrincados con sus potentes raíces sarmentosas, desafiando la fuerza del río.

Aquella calma llegó en un momento providencial, ya que en aquel sector resultaba difícil la elección adecuada del canal de salida de aquel laberinto de pantanos espesos. La corriente pronto comenzó a apaciguarse refrenándose con el troncal espeso y resistente de aquel bosque inundado.

Buxon, el segundo de abordo, dio la orden de encender los faroles, derramando luz por todos los costados de la Nuclo. La navegación nocturna en aquella marisma sembrada de oscuros y poderosos arboles, requería de una visibilidad extraordinaria. No pocos navíos habían perdido el rumbo más allá de las puertas de hierro y adentrándose entre los pantanos de aguas crecidas, quedaron encallados entre las raíces de los manglares ocultos bajo la marea. Una pinaza de transporte se hallo a varios kilómetros tierra adentro tras perderse a través de las tierras anegadas por una marea viva en una noche de luna negra sin estrellas.

En la proa un marinero lanzaba y sumergía una plomada atada a una cuerda anudada para medir la profundidad y las brazas que quedaban por debajo del casco. Los remeros, entre los que se contaban algunos cofrades, se esforzaban manteniendo la Nuclo suspendida sobre un mismo punto, remando contra corriente. Conforme Buxon corroboraba la profundidad y la dirección, avanzaban metro a metro sobre seguro. Sondear las aguas y su exploración estaba dando su fruto.

Ahora la calma predominaba y la velocidad del crucero había mermado.

3

Viriatus, acompañado por Gorgias, abandonaron los departamentos de estancia y salieron a cubierta. Sobre el entarimado de madera húmeda del alcázar de popa, en la cubierta superior. El Casto escrutó la oscuridad que traía la noche junto con una niebla espesa, nacida en los bajíos cubiertos de juncos y cañaverales, más allá de los márgenes de las ciénagas.

El resplandor de los faros sobre la superficie marrón del río, se reflejaba en el rostro apergaminado de Gorgias confiriéndole un aspecto mortecino, como el de un cadáver despertado de su cripta. El Casto sintió un escalofrío.

-Hay algo en la niebla.-afirmo el anciano congestionando su rostro enmarcado de arrugas profundas.

Las vivencias que estaba experimentando desde que partió de su lejana aldea Grahunull, lo habían envejecido aún más, pero seguía manteniendo el porte y la autoridad propia de un venerable patriarca.

-¿A qué te refieres?- pregunto Viriatus.

-Las ancianas de mi aldea y los centenarios supervivientes de generaciones olvidadas, ocasionalmente hablaron en voz baja, pero no lo suficientemente bajo como para que yo no me enterara. Hablaron de los seres que habitan estos pantanos, de cómo su poder e influencia han mantenido a raya, toda población humana que ha tratado de establecerse y asentarse en el delta de este río. – la voz de Gorgias se convirtió en un hilo entrecortado y débil.

-Habla más alto.-le importunó el Casto, ávido de saber.

-Dijeron que su poder mantendría puro y en perfecto estado de conservación este lugar eternamente. Esta naturaleza salvaje e indomita. Este enclave donde muere el río y toda su energía vital desparece para siempre.-continuó el anciano continuo señalando la bruma.

-Según tengo entendido los susurros y el fuego del demonio se pueden contemplar y percibir en los lugares malditos,- añadió el Casto- y aquí, yo no percibo nada.-

-Los lugares no son malditos, algo los hace malditos. Como los seres que habitan aquí, alimentándose de
todo lo muerto que arrastra el río.-

La fría brisa húmeda de la noche hizo sacudir sus ropajes y las llamas de los faroles oscilaron. El viento trajo consigo un hedor a cieno podrido y el de la profunda descomposición de una fosa repleta de cadáveres en estado larvario. Viriatus se llevó un pañuelo a la cara para protegerse de aquel profundo y repentino hedor que atravesaba la niebla y que se iba arremolinado en torno a la Nuclo.

El Casto advirtió que nadie más captaba el olor que arrastraba el viento. La imagen de seres antropófagos de una antigüedad pre humana, reptando entre el lodo, asaltó su mente.

Enseguida Viriato controló sus miedos irracionales y buscó una explicación lógica a aquel aroma de muerte. Probablemente, cerca de ellos y oculto bajo la neblina nocturna, el cadáver de una cabeza de ganado arrastrada por las crecidas, se descomponía enredada entre los juncos.

Embozado por una capucha y una capa color rojo sangre, Aesius sorprendió a los dos hombres, que
absortos en su conversación, no le oyeron llegar.

-Tomad.- dijo ofreciéndoles un generoso ritón.

Las copas de latón de una sola asa y la base tallada en forma de gacela, estaban a rebosar de vino humeante.

-Vino tinto caliente.-anuncio el capitán.

Entregándoles el vino, Aesius dio media vuelta y se marcho bajando las escaleras del puente, atravesando la pasarela de los remeros para dirigirse a la proa.

Gorgias prosiguió hablando cuando quedaron a solas.

-Los mitos afirman que los esqueletos descarnados de las ninfas y faunos, se levantaron de sus tumbas después de haber sido devorados y asesinados por los primeros hombres primitivos que habitaron este mundo en sus principios. Y desde entonces, este es un reino vetado para los seres humanos.-

El Casto bebió un trago de la copa, aquel vino le supo exquisito. Escéptico y esquivo, a Viriatus no le resultaron muy trascendentales las leyendas de las ancianas de los Grahunull. Sin embargo, su sexto sentido le ponía sobre aviso, más allá de aquella niebla, en aquellas riveras deshabitadas e ignoradas. Alguna clase de peligro acechaba. -Quizás no haya sido prudente iniciar este viaje precipitado con este invierno tan crudo.- comento el anciano.

-No hay tiempo que perder.-le interrumpió el Casto.- La vida es corta y no importa como acabe si tu determinación te ha puesto en el camino que elegiste.-

-Y nuestro destino es la isla santuario de las serpientes, donde habita Narzale, chaman de chamanes, el portador de la palabra y la verdad.- afirmo el anciano.

-Asi lo espero.-aseveró el jerarca.

Tulcea no quedaba ya lejos. La ciudad tan antigua como Roma, sería el último vestigio de civilización que hallarían en su viaje. Levantada en las cercanías de la vega del delta del Danubio, hacia las funciones de un confidente clandestino, anunciando la cercana proximidad de la desembocadura del inmenso río.

Aquella noche, en su camarote privado, el jerarca fue víctima de profundas y sentidas pesadillas. Continuamente unas garras de largas extremidades, brotaban del fondo del río. Alargándose por costado del barco, entraban por el ojo de buey de su sollado y se deslizaban arrastrándose por el suelo, llegando hasta la cabecera de su cama. Donde amenazantes se precipitaban sobre él con intención de desgarrar y desmenuzar su cuerpo. Una y otra vez se despertó de la pesadilla presa de una sensación de terror angustiante.

La portilla de grueso cristal dejaba entrar una luz tenue desde el exterior. En la vacía y solitaria habitación del Casto, la noche se hizo larga e intermitente, hasta que llegaron las últimas horas de la madrugada, justo cuando la Nuclo, dejo atrás lo más profundo de las ciénagas pantanosas. Fue entonces cuando la sensación de peligro y las pesadillas cesaron.

Al despuntar el alba, la pequeña ciudad de Tulcea se erigía a un margen del rio. Con unos embarcaderos de reducidas dimensiones, formados por listones de madera irregulares y en mal estado. Una bandada de pelicanos se agitaban hambrientos, rebuscando entre las redes amontonadas que habían apilonadas junto a unas barcas botadas en tierra.

La cuidad, aunque amurallada y rematada por unas torres de construcción romana y vetusta, aquel lugar no era relevante, solo era una pequeña comunidad de pescadores que vivían al borde de la subsistencia.

Al pasar de largo, Viriatus comprobó desde la galera como la mayoría de las casas estaban desiertas o medio derruidas. El edificio más destacado era una iglesia de paredes quebradas completamente abandonada. Un halo tenebroso envolvía a aquella población, como si un castigo divino hubiera caído sobre ellos condenándolos a una vida de desgracias y miserable.

4

Pronto aquella población inquietante quedo muy atrás. Tras surcar uno de los ramales del delta, la ancha desembocadura del Danubio, salpicada de pequeñas islas salvajes, daba paso al mítico mar Negro. Las bandas de innumerables aves cubrían el cielo, procedentes de sus criaderos establecidos en las islas deshabitadas.

Y precedido por la sonora cacofonía, las profundidades abisales del mar abierto, les daban la bienvenida.

El litoral del continente empequeñeció, convirtiéndose en una linea delgada en el horizonte. Las velas desplegadas se congestionaron con la brisa marina. La proa adornada con un espolón de bronce, fue partiendo las olas mientras navegaban a una velocidad de crucero excelente.

No obstante el mar Negro, siempre fue difícil de navegar, además de sus costas pobladas de tribus hostiles, el temor que suscitaban sus oscura y profundas aguas, instaban a que solo los más avezados y expertos marinos surcaran aquellas latitudes.

Las leyendas hablaban de monstruos que se escondían bajo las olas, acechantes. Algunos navegantes habían asegurado ver los cuerpos de gigantescas ballenas muertas, flotando hinchadas, manifestando las heridas mortales que solo podían causar terroríficos leviatanes desconocidos, que aguardaban pacientes en las profundas oscuridades del reino de Poseidón.

El casco de la Nuclo crujía y retumbaba, golpeando y partiendo las olas a su paso. Ascendía y descendía haciendo picados con el ornamentado espolón de bronce, cincelado con estrellas afiladas de ocho puntas que envolvían su superficie. La espuma saltaba por encima del antepecho de proa.

Los tripulantes de la Nuclo a pesar de todos los contratiempos sufridos, estaban exultantes. Ahora sí. Ahora sentían la brisa marina, salada y revitalizante corriendo por sus venas, una nueva energía golpeaba en sus almas renovando los
ánimos.

Gabrigo, uno de los marineros de la Nuclo, extrajo de un arcón una cítara griega. Se acomodo en un banco y comenzó a componer una canción marinera, que todos sus compañeros entonaron a la vez, en un tono profundo lleno de orgullo y de libertad.

-» Mundo que olvidé sin mirar atrás, mundo que pude dejar, mundo por encima del que pase para nacer de nuevo y libre volvera ser. «-

Los cofrades contagiados por el entusiasmo y la fuerza de la letra, asentían aprobando la contundencia del canto. El Casto comprobó una vez mas como Tebnar evitaba cruzar la vista con Aesius, y sorprendido examino como su lugarteniente movía los labios al compás del ritmo y la letra, como si ya la conociera de antes.

Un claro se abrió entre las nubes, dejando pasar los rayos del sol que cruzaban la atmósfera para señalar con una marca dorada, una ancha banda reverberante en dirección Este. Hacia el mismo rumbo de la isla de las serpientes.

Gabrigo, de origen latino, llevaba argollas de oro en las orejas, casi saturándolas. Su chiva negra azulada le llegaba hasta la mitad del torso, y en su cuero cabelludo afeitado se distinguían unas palabras tatuadas en latín. «El dolor es pasajero, la gloria es eterna.» Y en el otro lado de su sien, un numero, XV. De su cuello colgaban varias cadenas de oro con medallas religiosas y cruces con cráneos en los brazos.

La tonada significativa de aquel hombre de ojos oscuros y visión vehemente, que enfocaba su concentración en el horizonte, hizo encender un fulgor contradictorio en la conciencia del casto. ¿Acaso había llevado sus impulsos demasiado lejos? Ya no había marcha atrás y el sol de su antiguo mundo se estaba hundiendo.

Era medio día. Al mando del timón estaba Buxon, el segundo de abordo. La travesía seguía con viento a favor y mar benigno, tiempo de ocio para los hombres de moral alta. Sobre la cubierta se había levantado un revuelo. Corbin, Mákina y Krokus jugaban a los dados contra Gabrigo, Cyrilus y Soren, tres de los mejores tripulantes de la Nuclo.

Las apuestas se habían disparado, el temerario Soren empujaba con su garfio un puñado de perlas sobre el entarimado de madera, haciendo más tentador el resultado de la jugada. Los seis jugadores recostados o acuclillados hacían un círculo en el centro de la cubierta. Alrededor de ellos los demás tripulantes y cofrades se apretaban y empujaban unos a otros para no perderse detalle alguno.

-Ahora es tu turno.- la ruda voz de Soren resonó desafiante a la vez que con la diestra, le entregaba un par de dados de seis caras a Krokus.

Mákina asintió dedicándole una mueca al curtido marino.

-Vamos Krokus, tu puedes hacerlo.- le animaba el obeso cofrade en un susurro.

-Gracias por tu confianza hermano, pero ahora tenemos que obtener el número de la dama, el seis doble.-

-Es difícil pero no imposible.

-No me pidas mas.- le contestaba Krokus en hilo de voz casi imperceptible a Makina.

-Su racha no puede durar eternamente-le apremiaba el cochero. Ante la repentina indecisión de Krokus, Soren sonrió mostrando sus colmillos de oro,

-Vamos chico, si crees que estas acabado retirate -importuno el curtido lobo de mar.

Lo que provocó las risas de sus compañeros. Corbin miro el montón de piedras semipreciosas, las piezas de oro y la plata sin pulir. Nadie se reprimió de dedicar una mirada de avaricia a aquellas alhajas. Krokus hizo ademan instintivo de echarse atrás. -Ni se te ocurra.-le reprobó Mákina con ruda arrogancia.

-Es mi decisión-contesto el probado púgil

Corbin le hecho el brazo por encima con fuerza significativa impidiendo que se levantara, y le susurro al oído.

-Aún tenemos la prenda.-

-¿Todo o nada? ¿Es eso?-replicó Krokus.

-Hazlo o sudaras sangre.-le amenazo Makina en un murmullo.

Cyrilus, un irrespetuoso hombrecillo enjuto de mirada criminal, se atuso su fino bigote gris mostrando el torso de sus manos tatuadas con llamas y tiburones.

-No sabía que hubiera cobardes entre los hombres del gran Tebnar.-

Aquella insultante y provocadora
afirmación congelo la atmósfera. Una mirada acerada y asesina brotó de los ojos vidriosos de Krokus. Corbin y Mákina se alejaron repentinamente del ex boxeador,

Se hizo un silencio, un silencio mortal que llamo la atención de Buxon, poniéndose en estado de alerta. Una alarma silenciosa se había activado dentro de él. Un peligro inminente se estaba conjurando.

Tebnar estaba sentado en la cubierta de proa junto a Gorgias, sacándole brillo a las hebillas de sus botas y a los pulimentos de los arreos cuando percibió que la Nuclo, que había permanecido muda hasta ahora, cobraba viva voz. Las maromas y los cabos rechinaron al tensarse y rozar entre sí. El velamen restallaba al convulsionarse y el crujir de los tablones y las cuadernas parecía ensordecedor.

Krokus, aparentemente ido rechino los dientes mientras farfullaba. -Yo te enseñare.-

Con el puño derecho cerrado y sacudiendo los dados en su interior, el tiempo se ralentizo formándose una atmósfera electrizada, hasta que lanzo los dados contra el montón de prendas.

La pareja de hexaedros rodaron, saltando y girando sobre sí mismos. Tallados en hueso de camello, amarillentos y desgastados por el uso, voltearon y viraron como queriendo enfrentarse a las fuerzas de la gravedad para bailar perpetuamente. Una tensión cargada de adrenalina y furia iba cargando el espíritu de todos los hombres.

El primer dado en detenerse lo hizo mostrando el número seis.

Soren contuvo la respiración.

El otro dado marco un cinco. Nadie hablo.

Una estasia sanguínea y paralizadora envolvió la Nuclo. Krokus rompió el silencio como un tempano de hielo quebrándose por la mitad.

Abrió la mano izquierda y mostró una sortija descomunal incrustada de diamantes. La deposito sobre el montón de apuestas y sentenció.

-Con esta puja nueva compro el derecho a lanzar los dados una vez más.-

Los cofrades echaron mano a las empuñaduras de sus cuchillos, Tebnar alarmado se puso en pie de inmediato. Los tripulantes de la Nuclo tenían los ojos fuera de sus órbitas.

La sortija, el sello, aquella joya única y personal con el emblema del duque Braslov tallado en su centro, la habían visto antes. Todos ellos la conocían. Era el anillo honorifico del comodoro Dordan «el contrahecho»

Soren fuera de sí, asintió de forma automática y Krokus exultante, sentencio de manera irónica:

-Nada puede hacer cambiar las reglas.-

La voz de Buxon asalto el ánimo de todos y cada uno de los hombres de la cubierta. Un grito de orden y disciplina los reactivo devolviéndolos a la realidad.

-¡A las armas perros! ¡A los puestos de combate malnacidos!-

Una campana de bronce sonó repetidamente, despertando a los marineros del turno de noche que descansaban en sus camarotes. Súbitamente Aesius, colocándose el casco seguido de su primero de abordo manejando un hacha en cada mano, surgió de la compuerta del alcázar de popa.

-Maldito sea Erlik y toda su corrupta progenie.- escupió Soren alzando la vista por encima de la borda.

Tres naves, tres galeras de guerra, de tres mástiles cada una y dos hileras de remos por banda, se desplazaban a toda velocidad impulsados por la fuerza del velamen y el uso de sus remos simultáneamente. En lo alto de sus arboladuras, aquellas galeras enarbolaban pendones negros.

Aesius bramo. -¡Piratas!-

Buxon dejo como timonel a un marino mientras cargaba una ballesta.

-Hoy conocerán nuestra más acalorada hospitalidad.-

Gorgias y Viriato se apartaron de la borda y bajaron al camarote acompañados de Tebnar. Los cofrades sonrieron felices, otra apuesta desigual a la que estaban deseando enfrentarse. Esta vez el más allá los acogería si no les sonreía la fortuna.

Aesius hizo sonar un cuerno de guerra y levantando el caduceo de plomo, a voz en grito disponía a sus marineros sobre los remos, exonerando a que doblaran sus espaldas al límite de sus fuerzas. Tenían que adelantarse, alcanzando la mayor velocidad de la Nuclo. Las naves y sus tripulaciones se pondrían a prueba en una competición de rapidez y tenacidad. La Nuclo era el halcón de las olas pero aquellas tres galeras de guerra estaban decididas a abordarlos o hundirlos.

Tebnar volvió a la cubierta organizando a sus hombres, repartiéndolos en distintos puestos dispuestos a enfrentarse al momento inevitable. Los marinos de la Nuclo se afanaban en luchar contra el mar imprimiendo a los remos toda la fuerza de sus hombros, nada podría detenerlos, tan solo la muerte o la libertad seria su fin. Los bramidos furiosos de Buxon instigaban a los marineros. Estos con las armaduras a medio cerrar sudaban y resoplaban mientras miraban de reojo por encima de la borda como los pendones de tela negra no se separaban de ellos.

El lugarteniente de la cofradía había desenvainado la espada y oteaba desde la popa como la distancia entre ellos y los otros navíos iban aminorando, al punto de ver con nitidez las siluetas de los comandantes de aquella escuadra pirata. A pesar del empeño de todos los hombres de la Nuclo, la realidad de un enfrentamiento era inevitable. Venderían caras sus vidas, el único que tenía una oportunidad era el Casto, siempre podría canjear su vida por el precio acordado de un rescate pagado de puño y mano de un señor feudal.

Pero aunque pagaran bien no sería suficiente, la decisión de los cofrades y los tripulantes de la Nuclo, era inevitable, venderian caras sus vidas, provocarían una matanza entre aquellos asaltantes pendencieros y harían todo lo posible por incendiar sus naves y hundirlas con ellos. Ríos de sangre estaban a punto de romper a correr. Una nube de fatalidad envolvía a los hombres, en los que brillaba un furor suicida y asesino en sus ojos.

De la nave de punta salto despedida una bola de fuego desde la cubierta de proa. Tenían catapultas incendiarias, la bola abrasadora se hundió en el mar a treinta pies de ellos., levantando una nube de chispas y vapor entre las olas burbujeantes.

El brillo de la locura se encendió a través de la rendija del visor del casco de Aesius y bramo a su timonel.

-¡Vira! ¡Vira en redondo! Cortad las brazas mayores y deshaceos de las velas, impulsad con todo lo que tengáis. Vamos a embestir de frente con el espolón-

Cyrilus cortó los cabos de amarre de las velas y los tensores que las sujetaban a golpe de cimitarra. El velamen salto de la Nuclo como un trapo viejo arrastrado por el viento. El piloto con el timón girado al máximo de la correa, todo a estribor, hizo que la galera se escorase dejando que la borda se inclinara a ras de mar dejando entrar un torrente de espuma sobre la cubierta envolviendo a los marineros.

Tebnar veía en ese momento, una vez más, la muerte a la cara, ya no había nada que perder, no tenía razón de ser, dejar que fantasmas del pasado le obligaran a seguir fingiendo, y sin dudar aulló por encima del clamor.

-¡Aesius, levanta el pabellón de Bucan una vez más!-

Al oír aquel nombre legendario los marinos aullaron como lobos, rugiendo.

La Nuclo se enderezo alienada de frente contra la escuadra de galeras de guerra.

-¡Una vez más!- vociferaron a coro los tripulantes, que dejaron de remar para desenvainar las espadas y golpearlas contra sus oxidadas armaduras. Provocando un ritmo trepidante de furia berserker.

El trance arrancó encendiendo pasiones animales y bestiales que ya no tenían por qué seguir encadenadas. Aesius levantando por encima de su cabeza el caduceo de plomo, enardeció a los hombres aun más, al impeler violentamente el cráneo alado contra sus atacantes, Dando por buena la fanática demanda.

-Sea. Arriba con él, que ondee sobre nuestras cabezas una vez más, aunque sea la última.-

No hubo terminado de acabar la frase cuando Gorbad, su primero de abordo volvía de un pañol en la bodega con una bandera plegada bajo el brazo, seguido de Kruguer y la jauría de mastines engalanados para la batalla.

Con un dinamismo casi sobrenatural, el confalón del más grande pirata que jamás navegó el mar «Medi Terraneum», se hizo, llenando de color deslumbrante todo aquel día gris.

La bandera ondeaba con el viento, aleteando incendiaria, como las llamas del infierno. Neptuno, sosteniendo sobre su cabeza dos guadañas cruzadas, iba bordado en hilo de color gualda sobre un fondo magenta.

Bucan el terror del mar Medi, había
hundido incontables buques y hecho desaparecer tripulaciones enteras en el fondo oscuro del océano, entregándolos como regalo al gran Poseidón. Se decía que Bucan era el protegido del dios de los mares pues aun cuando se enfrento a flotas enteras en condiciones de inferioridad, misteriosas tormentas salidas del abismo engullían a sus rivales. Siempre, una y otra vez.

Llegó el momento en que su nombre era evitado por miedo a invocar el infortunio. Los almirantes de muchas naciones perecieron longevos en sus lechos de muerte, envueltos en el recuerdo de las pesadillas que Bucan les provoco en vida. Y en los estados de occidente, admirar sus hazañas o simplemente asegurar que aquel pirata era real y no un mito, era penado con la muerte. Hasta que un día, no se volvió a saber de él.

Aesius hizo sonar el cuerno de guerra tallado en marfil por última vez, antes de volver a cubrirse el rostro con su yelmo. El ultimo tono, la llamada de la muerte.

De súbito el viento cambio y las velas de la escuadra pirata flaquearon, agitándose vacías, perdiendo fuelle. Refrenando su carga lo justo para ver de cerca el legendario pabellón de Bucan.

¿Qué pirata no había oído hablar del sanguinario, del demonio blanco de los mares? ¿Qué curtido marino no conocía la silueta encarnada de la muerte personificada en Neptuno y sus guadañas.? ¿Quién contemplaba aquella bandera, los colores de Bucan y seguía vivo para contarlo?…..

La respuesta no tardo en hacerse factible. Un horror atroz corrompió el alma de cada uno de ellos. De aquellos que navegaban bajo la bandera negra. La inmediata desmoralización colectiva provoco un sonido, el de una corneta que exigía una retirada inminente.

Creyendo seguir el rastro de un pieza de caza menor, se sorprendieron encontrándose entre las fauces de un ç viejo león, un asesino nocturno, encarnizado y salvaje.

Levantando los remos y virando a babor, trazaron un circulo que levanto olas y espuma radiante. La escuadra dio la vuelta retomando el viento cambiado para volver raudos, al lugar de donde habían venido.

Un alborozo exultante estallo entre los hombres de la Nuclo. Entre juramentos y jactancia los bravucones se deshicieron en maldiciones y toda clase de insultos, dedicados a aquella banda de perros cobardes que huían con el rabo entre las patas. Por encima del estruendo se alzo la voz de Tebnar que afirmo. -¡Una vez más!- Y a coro fue respondido. -¡Una vez más!-mientras los bravos levantaban en alto sus armas brillantes y afiladas.

En los días siguientes, una entusiasmada admiración surgió de lo más profundo del afecto de todos los tripulantes de la Nuclo hacia el lugarteniente de la cofradía. Cofrades y marinos susurraban clandestinamente en conversaciones vedadas, como Aesius y Tebnar fueron grandes hermanos y camaradas bajo las órdenes del mítico Bucan, el azote del mediterráneo.

5

La isla de las serpientes surgió en el horizonte, emergiendo de las profundas y oscuras aguas como un leviatán que interceptaba la Nuclo a su paso. En las inmediaciones de la insula, el mar se hizo menos profundo y las aguas oscuras se franqueaban transparentes dejando ver un fondo de rocas y arrecifes cargados de algas verdes iridiscentes, Bancos de peces lustrosos se deslizaban suavemente entre los fondos de grava y fina arena amarilla.

Remontando desde aquel promontorio submarino, se elevaban las paredes de roca marrón oscura que formaban el acantilado de la isla. Una tupida vegetación, extraordinariamente abundante, prosperaba sobre la meseta cuadrangular que se elevaba por encima de los veinte metros sobre el nivel del mar, protegida por las pétreas paredes del escarpado.

Uno de los vértices de la isla, se prolongaba formaba un cabo que acababa en punta. Un rompiente lleno de escollos.

Aesius rodeado por Viriatus, Gorgias, Tebnar, Buxon y Gobard, señalo la carta de navegación que tenia extendida sobre la mesa del camarote de oficiales.

Aquí esta.- apuntaba con un dedo, una cara de la isla.- En el litoral de levante se halla la ensenada que
nos permitirá atracar.-

-¿Como salvaremos el acantilado?-se aventuro a preguntar Gorbad.

-El mapa revela en esta misma orilla, la existencia de una ladera inclinada, al parecer es un tramo del acantilado que se ha derruido o bien ha sido nivelado artificialmente para convertirlo en un talud.-

Tebnar volvió la mirada para observar a través de una portilla el perfil de la isla.

-La isla parece completamente deshabitada, no se aprecia indicio alguno de vida humana.-Aesius levanto la vista de la carta de navegación para dirigirse al Casto.-Nunca oí de un santuario, ni de un chaman en estas latitudes, pero sois vos quien dirige el destino de esta tripulación y hasta aquí os hemos traído.-

-Descuida.-afirmo el Casto con un gesto tranquilizador,-Gorgias es un hombre de palabra y ha confiado su vida a nuestra causa.-

El patriarca de los Grahunull asintió reverencialmente.

-Tenéis mi palabra- añadió con voz apacible el anciano de piel arrugada y ojos vivos.-Es tradición entre los nuestros la peregrinación al santuario de Narzalé, el vive aquí y nos acogerá con su inmensa hospitalidad.-

Los curtidos hombres de mar le observaron con una expresión neutra en el rostro, impasibles.

-Respondo de ello con mi vida.- sentencio el anciano.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS