En
los inicios de 1943, la 250 Infanterie-Division der Wehrmacht
(Einheit von spanischen
Freiwilligen),
compuesta por españoles con el uniforme estándar Feldgrau
y alistados para luchar contra los soviéticos, fue una de las tropas
del Eje que combatieron más eficazmente en todo el frente ruso.
Conocida por el sobrenombre con el que ha pasado a la historia, la
División Azul
lo demostró de sobra en la pequeña localidad de Krasny-Bor
(Kpachbin Bop),
sita a veinte kilómetros de Leningrado, la antigua capital zarista
de San Petersburgo que los alemanes sometieron al mayor y más cruel
cerco de todo el conflicto mundial. El ejército hitleriano alcanzó
la ciudad imperial el 15 de septiembre de 1941 y no fue derrotado
hasta enero de 1944. Un total de 900 días de asedio durante los
cuales fallecieron más de un millón de civiles, víctimas del
hambre, el frío, las epidemias y los bombardeos continuos.
La
aristocrática San Petersburgo fue rodeada, siguiendo las órdenes
del Führer, por la Wehrmacht y las tropas finlandesas con el fin de
hacerla capitular por el hambre y la falta de recursos, pero como la
resistencia de sus habitantes no cediera y su cerco presentara
fisuras, la Blaue
Division
española, formada por cerca de cincuenta mil efectivos, fue enviada
como refuerzo al sector de Krasny-Bor en el otoño de 1942. Durante
el mes de enero del año siguiente, mientras el 6º Ejército alemán
caía derrotado a las puertas de Stalingrado, los soviéticos
lograron por fin establecer un pequeño corredor de suministros a
través del lago Ladoga, todavía helado, para socorrer con tropas,
víveres y combustibles a la sitiada Leningrado.
La
Operación Iskra
(Estrella Polar)
iniciada el 12 de enero,
debía consolidar y
ampliar ese cordón umbilical, para lo que resultaba imprescindible
conquistar la carretera y la vía férrea que pasaban por Krasny-Bor,
defendida por los españoles y de paso, envolver al 18º Ejército
alemán, comandado por el viejo generaloberst
Georg Heinrich Lindemann (1884-1963). Este militar prusiano, cruz
de hierro en la Gran
Guerra y laureado nuevamente con la Cruz
de Caballero de la Cruz de Hierro con Hojas de Roble,
la máxima distinción militar germana, consideraba a los rusos como
Untermenschen
(subhumanos),
por lo que tenían que dejar paso a sus nuevos amos alemanes. Y
debido a sus prejuicios raciales, tampoco tenía en gran estima a los
combatientes «latinos», ya fueran italianos, rumanos o españoles,
pero la Blaue Division,
que siempre se portó con nobleza respecto a sus enemigos, pronto le
demostraría lo equivocado que estaba, impidiendo a los rusos el
logro de sus ambiciosos planes, pese al escueto apoyo que recibieron
de los germanos.
No
recuerdo al autor de la sentencia que afirma «no existe tierra en el
mundo que no albergue la tumba de un soldado español». Y en efecto,
tiempo después de la desaparición del Imperio español, por el que
los nuestros lucharon y murieron peleando durante siglos en todos los
mares y continentes, la guerra germano-soviética de 1941-1945
propició el que los españoles volvieran a guerrear sobre el suelo
ruso. Ya lo hicieron antes formando parte del Regimiento
Real que el monarca José
Bonaparte envió contra el Zar Alejandro I en las guerras
napoleónicas. Lástima que la campaña de la División
Azul también sea un
episodio de nuestra historia denostado y poco conocido, que además
ha oscilado desde la exaltación franquista hasta el rechazo más
absoluto. ¡Como si el pasado pudiera desaparecer o modificarse a
nuestro antojo! No obstante, con independencia de que aquellos
españoles lucharan a favor del bando alemán, movidos tanto por sus
ideales anticomunistas como por la pura necesidad de sobrevivir ellos
y sus familias, a la durísima posguerra, lo cierto es que
escribieron una de las páginas más excepcionales de nuestra
reciente historia militar, que de ningún modo merece ser olvidada ni
minusvalorada.
Hace
más de ochenta años que esos miles de voluntarios: militares,
falangistas, jóvenes universitarios, obreros en paro, presos y
excombatientes republicanos, libraron una contienda que hoy figura
entre las más encarnizadas de las guerras del siglo XX. El episodio
es conocido como la Batalla
de Krasny-Bor, por el
nombre de la pequeña población periférica de Leningrado que
defendieron los españoles durante lo más duro del crudo invierno
ruso, y tan próxima al Golfo de Finlandia que sufrían los vientos
más gélidos. Pero a diferencia de los paisajes esteparios de una
buena parte de ese inmenso país, la región del delta del río Neva
no tiene nada de estepario. Al contrario, es una zona muy boscosa,
donde los escasos espacios que no están cubiertos por impenetrables
masas arbóreas son zonas pantanosas no menos intransitables, que
discurren por las márgenes del lago Ladoga y los ríos Ishora y
Sslavianka, afluentes del Neva.
Ante
la fuerte ofensiva del Ejército Rojo desde mediados de enero, todas
las unidades del sector se movilizaron y la División
Azul desplegó
al Batallón
11º/269,
que en los duros combates en que se vio empeñado quedó reducido de
quinientos a sólo treinta hombres. La retirada de otras fuerzas
alemanas para acudir al sector amenazado obligó a los divisionarios
españoles a extender su frente hacia el Este, hasta alcanzar la
línea férrea de Leningrado a Moscú. En
consecuencia, las batallas que se libran en torno a Leningrado
obedecen al control de las pocas carreteras y vías férreas que
cruzan esta vasta extensión de la región de Carelia y el Óblast de
San Petersburgo, construidas a costa de mucho esfuerzo y que no se
podían improvisar. Los contendientes tienen que actuar a lo largo de
esos ejes de comunicaciones ya existentes sin alternativa posible, y
en febrero de 1943 la División
Azul es la unidad que
custodia esa estratégica línea del ferrocarril y la única
carretera existente que conectan entre sí Leningrado y Moscú. Por
tanto, los españoles estaban desplegados alrededor de Krasny-Bor,
el enclave que más
atraía la atención del Stavka
(Mando Supremo Soviético), al mando del famoso mariscal del Ejército
Rojo Gueorgi Konstantínovich Zhúkov (1896-1974), el futuro héroe
de la Unión Soviética, vencedor de los alemanes y japoneses y de
los pocos críticos con Stalin que sobrevivieron al dictador.
En
concreto, la localidad de Krasny-Bor se asentaba sobre una pequeña
meseta elevada sobre los parajes vecinos más bajos y pantanosos del
norte, mientras que por el sur la rodeaban las márgenes heladas del
río Ishora, pespunteadas por las hileras de abedules y tupidos
bosques, todo ello bajo las nieblas y los cielos blanquecinos con
grises plomizos. Sin duda, era una población peculiar y distinta a
los poblados formados por isbas
(casas de madera) a lo largo de un camino polvoriento en verano y
embarrado en invierno, rodeadas de graneros, cobertizos vacíos de
ganado y almiares. Antes de quedar arrasada ─tuvo que ser
reconstruida─ Krasny-Bor ofrecía una imagen de apacible ciudad
jardín, con viviendas unifamiliares construidas de ladrillo y
provistas de pequeños huertos o jardines con cabañas de madera que
se distribuían sobre un mosaico de cuadrículas callejeras.
La
defensa del enclave quedó a cargo del coronel Manuel Sagrado
Marchena (1888-1948), un militar africanista de los sublevados con
Franco, quién había relevado en el mando al coronel Pedro Pimentel
Zayas (1893-1963), otro africanista que se había distinguido durante
la Guerra Civil en la liberación del Alcázar de Toledo y en la
batalla del Jarama, condecorado a su vez con la Cruz
de Hierro por la
Wehrmacht. Este sector del frente era el más oriental y extenso de
los tres que cubría la División
Azul, además del más
expuesto a una amenaza. Pero a diferencia de Pimentel, Sagrado
Marchena abandonó su posición durante el primer día de la batalla
(10 de febrero), siendo el único comandante español relevado del
mando con deshonor. A destacar que desde la población vecina del
gran suburbio industrial de Kolpino, todo el área de Krasny-Bor
quedaba bajo la atenta vigilancia de los observadores de la
artillería rusa, bien situados en las numerosas chimeneas de las
fábricas para aumentar su campo de visión, y el fragor artillero
fue una pesadilla constante con la que se enfrentaron las tropas
españolas, junto con las incursiones sorpresivas de los esquiadores
rusos camuflados con sus uniformes blancos, que atravesando de noche
los hielos del Ladoga ya habían aniquilado casi por completo al
mencionado batallón del 269.
El
yunque español
Pero
en los inicios de 1943, la División
Azul ya no era el mismo
contingente de fervientes voluntarios falangistas y anticomunistas
que partió hacia Rusia en el verano de 1941, y acusaba la falta de
los dieciocho mil hombres que ya habían muerto o sido repatriados
por causa de sus heridas. Para cubrir estas bajas, se habían
movilizado desde España nuevos reclutas que no eran los consabidos
guripas
(veteranos), sino jóvenes soldados que cumplían su servicio militar
y voluntarios que huían de la miseria o las cárceles y batallones
de castigo de Franco por su pasado republicano, lo que fue inclinando
el pulso soterrado que existía entre falangistas y militares a favor
de estos últimos. Cierto que la 250
Infanterie-Division der Wehrmacht
seguía contando con una elevada proporción de afiliados a la
Falange, pero también de esos miles de excombatientes republicanos
indómitos que habían peleado contra los alemanes de la Legión
Cóndor en suelo español
y ahora vestían, a su pesar, el uniforme Feldgrau
de
los doiches, tal
y como ellos los denominaban con desprecio.
También
había cambiado el comandante jefe de la unidad, y el famoso general
Agustín Muñoz Grandes (1896-1970), venerado por los soldados,
respetado por sus oficiales y condecorado en persona por Hitler con
la Cruz de Caballero de
la Cruz de Hierro con Hojas de Roble, antes
de su regreso a España a finales de 1942, Franco lo había
reemplazado por el general Emilio Esteban-Infantes y Martín
(1892-1962), debido a su cautela respecto al madrileño. No era para
menos, ya que el Führer, decepcionado al comprobar que el
Generalísimo no se decidía a entrar en la guerra junto a las
potencias del Eje y perder la confianza en el ministro de Exteriores
Serrano Suñer, había promocionado militar y políticamente a Muñoz
Grandes, con la intención de que pudiera hacer sombra al Caudillo y
conseguir así que España se implicara en el conflicto. De ahí que
ante las sospechas respecto a su lealtad, Muñoz Grandes fuera
reclamado en Madrid y promocionado a jefe de la Casa Militar de
Franco. Este aparente ascenso lo apartaba del mando directo sobre las
tropas y con ello Franco se cubría las espaldas. Y respecto a
Esteban-Infantes, se trataba de un militar concienzudo, de sólida
formación y dilatada experiencia en nuestra Guerra Civil, que
contaba con la confianza del Palacio del Pardo aunque nunca consiguió
despertar en sus hombres, ni en los alemanes, una devoción similar a
la que todos profesaban a Muñoz Grandes.
Con
todo, la moral de la División
Azul en aquel tiempo
seguía siendo muy alta, y pese a la reciente derrota alemana en
Stalingrado, el frente de Leningrado permanecía estable y los rusos
habían fracasado en todos sus intentos de levantar el cerco a la
ciudad. Soportando temperaturas de -20º hasta casi los -40º grados
bajo cero en esas largas noches septentrionales, cubiertos
permanentemente por la nieve y el hielo, padeciendo un frío tan
húmedo y cortante como intenso, los soldados españoles cubrían un
frente de más de treinta kilómetros, en forma de una «U» muy
aplanada, ocultos en profundas trincheras salpicadas de entrantes y
salientes, setos de alambradas, caballos de frisa, campos minados,
bunkers y abrigos de cemento en donde poder guarecerse del frío y
los bombardeos. Debido a la proximidad del Ishora, helado a su
retaguardia, el margen de maniobra era escaso, y como camino de
Kolpino el curso del río iba en paralelo a la carretera y la línea
del ferrocarril Leningrado-Moscú, las márgenes de estas aguas
pronto iban a teñirse con mucha sangre española.
Situadas
al fondo de esa única carretera, sobre las ruinas de un poblado,
apenas a unos 60 metros de distancia de las primeras casas de
Krasny-Bor, estaban las posiciones más avanzadas de los ruskis
─así los llamaban los nuestros─, separadas de las propias por
una serie de «dientes de dragón» y nidos de ametralladoras y
morteros colocados por ambas partes para obstaculizar el avance de
los vehículos blindados. Y frente al despliegue enemigo, el mando
español había situado en primera línea y de izquierda a derecha, a
los hombres del batallón de Reserva
Móvil 250, mandado por
el capitán José Luis Gómez Díez-Miranda (1916-1943), muerto en la
batalla y uno de los héroes indiscutibles de Krasny-Bor; el batallón
de morteros del comandante Guillermo Reinlein Calzada (medalla
militar individual) y el de zapadores de asalto al mando de Alfredo
Bellod Gómez (Cruz de Hierro); además de otras unidades menores a
cargo de los capitanes: Campos, Iglesias, Palacios y Oroquieta,
cuatro oficiales que mostraron un comportamiento heroico, ocupando
con sus hombres el centro más avanzado del dispositivo.
Por
detrás de esta primera línea defensiva, el 263º
Regimiento del teniente
coronel Crescencio Pérez de Bolumburu se desplegaba en el extremo
occidental de la «U», muy próxima a la aldea de Puschkin, y a
continuación de ella el 269º
Regimiento del coronel
Carlos Rubio López-Guijarro, situado al norte del poblado de Ssluzk,
justo en el centro del arco hispano, que en su lado oriental contaba
con el primero y segundo batallones del Regimiento
262, a las órdenes de
los comandantes Rubio y Palleras, con su puesto de mando en
Krasny-Bor. Protegido por estas fuerzas, se encontraba el cuartel
general de la División
Azul denominado El
Bastión, en
Pokrosvskaia, que durante la época zarista había sido un pabellón
de caza que con el tiempo se reconvirtió en un palacete de dos
plantas, comunicadas entre sí por una amplia y lujosa escalera de
mármol. El Bastión
se hallaba situado en medio de una llanura delimitada por un espeso
bosque de abedules, pinos y abetos, rodeado a su vez de una extensa
trinchera cavaba en su entorno, con el general Esteban-Infantes al
mando, más los oficiales de enlaces con las tropas y los grupos de
artillería propios situados en la orilla opuesta del Ishora, junto
al poblado de Fedoroskoye, con el heroico teniente coronel José
Santos Ascarza (1901-1943) como máximo jefe. Este militar riojano moriría en
combate el 10 de febrero junto a casi todos sus oficiales, siendo el mando español
con la más alta graduación de cuantos cayeron en Rusia y cuyo
cadáver jamás fue recuperado.
La
principal misión de la División
Azul era por tanto la de
cerrar el paso al enemigo por aquellas dos importantes vías de
comunicación (carretera y ferrocarril), y convertirse en el yunque
hispano donde debían estrellarse todos los golpes del martillo
soviético. Un objetivo estratégico también compartido con las
unidades vecinas de la Wehrmacht, cuya mención no resulta gratuita,
puesto que la 4ª División SS-Policía se vio tan envuelta en la
batalla de Krasny-Bor como los nuestros, y en ella también tomaron
parte las tropas de la 2ª Brigada SS, junto con las dos Legiones
Noruega y Flamenca. Una
mención especial merecen los soldados estonios, que suplieron las
bajas del contingente español a partir de la noche del 10 de febrero
y lucharon con los divisionarios en torno al suburbio de Podolovo.
Los estonios llegaron al mando del capitán Alfons Rebane, cuyo
nombre dice muy poco al lector español, pese a que Rebane alcanzó
el mismo honor que Agustín Muñoz Grandes y el fascista belga Léon Degrelle, la
mencionada Cruz de
Caballero de la Cruz de Hierro con Hojas de Roble,
siendo los tres únicos extranjeros en lograr tan alta distinción
alemana.
También
conviene poner de manifiesto que el talón de Aquiles del despliegue
español era la falta de un armamento adecuado para enfrentarse a
todo lo que se les venía encima, y tras su equipamiento de material
en el campamento de Grafenwohr (Baviera), la División
Azul solo recibió unos
desfasados antitanques ligeros Pak
37, insuficientes para
enfrentarse al blindaje de los carros T-34
y KV-1
soviéticos, al tiempo que su artillería sólo estaba formada por
cuatro grupos ligeros (piezas del calibre 10.5) y uno pesado (cañones
de 150), pero jamás dispuso de carros de combate, vehículos
blindados, cañones de asalto y antiaéreos. Tampoco tuvo suficientes
unidades motorizadas y camiones para movilizarse con rapidez,
transportar las municiones necesarias, o evacuar con urgencia a sus
heridos, y los oficiales de enlace solían moverse a caballo o en
trineos. El general Esteban-Infantes, en su libro sobre La
División Azul. Donde Asia empieza,
expone estas penurias y se queja amargamente del casi nulo apoyo
aéreo alemán, que además utilizó la combativa Escuadrilla
Azul de pilotos de la
División
para otras misiones.
Pero
la realidad fue que la Luftwaffe ya estaba bajo mínimos en el
extenso escenario de operaciones ruso y aún más en el sector de
Leningrado, y no podía hacer más de lo poco que hizo. La defensa de
Alemania y las operaciones en el Mediterráneo habían sacado del
Frente del Este al grueso de su aviación, y la reciente derrota en
Stalingrado supuso una enorme sangría para su arma aérea en pilotos
y aparatos. Otra de las causas que explican la valoración negativa
de Esteban-Infantes respecto al apoyo recibido de los alemanes en
Krasny-Bor, está en sus pésimas relaciones con el coronel Wilhelm
Knüppel, su enlace con la cúpula militar del generaloberst
Lindemann. Nunca se entendieron y ambos se acusaron mutuamente de
cometer graves errores y omisiones en la dirección de la batalla.
No
obstante, la lección más importante que podemos sacar de Krasny-Bor
es que esta batalla demostró a rusos y alemanes lo correoso y duro
que podía resultar el soldado español, al que no resultaba fácil
doblegar. Por eso esta campaña no sólo tiene interés en relación
con la División Azul,
sino también en el contexto de las relaciones hispano-germanas
durante la SGM. Desde la ocupación de Marruecos por los
norteamericanos en noviembre de 1942, la península Ibérica se había
convertido en un flanco potencialmente peligroso para los alemanes.
El Alto Mando de la Wehrmacht respondió a la eventualidad preparando
en secreto la llamada Operación
Gisela, que contemplaba
la invasión parcial del norte de España por sus fuerzas, para
asegurarse que ni los puertos del Cantábrico ni los pasos pirenaicos
cayeran en manos de los Aliados. Pero visto lo visto en Krasny-Bor,
se canceló Gisela
dando paso al Programa
Bär, consistente en el
envío de nuevas armas para Franco ─a cambio de buenos suministros
de wolframio─, para tratar de solventar el problema estratégico
que para el III Reich podía suponer una eventual ofensiva a través
del suelo español.
El
martillo soviético
Al
mediodía del 9 de febrero, un desertor del Ejército soviético se
pasó a nuestras filas, afirmando que era ucraniano y enemigo de los
rusos, advirtiendo al mando español que estos preparaban una gran
ofensiva en todo el sector para la madrugada del día siguiente,
concentrando muchos medios materiales y abundantes tropas, con
numerosos carros de combate T-34
y KW-1
en el saliente de Kolpino. Esa misma noche se confirmó su
declaración, siendo perceptible en todo el frente el ruido sordo de
los motores de los blindados que siguieron en marcha durante toda la
noche para evitar los efectos de las heladas. Con los primeros
albores del miércoles día 10, a eso de 06:45 horas, la artillería
rusa y los órganos de
Stalin (lanza-cohetes
katiusha) comenzaron su
macabra sinfonía, y a las 07:15 horas, la aviación soviética
─apodada la Parrala,
porque nunca se sabía por donde venía─, también hizo su
aparición. Una treintena de bombarderos y una veintena de cazas con
las estrellas rojas de cinco puntas en sus fuselajes, atacaron los
objetivos que la artillería no había logrado anular todavía.
Cuando el bombardeo aéreo y artillero cesó, el sol ya lucía
pálidamente, iluminando un paisaje que había transformado el blanco
inmaculado de la nieve en una masa oscura de barro, conocida como la
célebre rasputitzsa
─que se forma con las lluvias del otoño o el deshielo en
primavera─, y en la que por fortuna, los vehículos de ruedas se
hundirían hasta los ejes, las cadenas de los carros patinarían, las
piezas de artillería no podrían moverse, y los esquiadores rusos
serían diezmados al no poder progresar a gran velocidad sobre sus
tablas.
Febrilmente,
la artillería alemana de grueso calibre desplegada con la
denominación de Arko
138, y la española
situada en las márgenes del Ishora, se prepararon para lo peor, una
vez comprobado que Krasny-Bor y no otro era el sector donde el
enemigo intentaría la ruptura del frente. A lo largo de esos días,
los artilleros sostendrían un fuego cruzado contra los soviéticos
causándoles muchas bajas, aunque la peor suerte se cebó con los
españoles, que literalmente resultaron laminados por la aviación y
la artillería enemigas. Y desatado todo ese infierno causado por los
millares de proyectiles procedentes de muy diversas armas, ese primer
día de combate convirtió a Krasny-Bor en una caldera hirviendo a
borbotones. La tierra temblaba por los efectos de las constantes
explosiones, que de día ensombrecían el sol con densas nubes
negras, y de noche iluminaban a los contendientes en sus asaltos a
las trincheras y los combates cuerpo a cuerpo, sumergidos los hombres
en una atmósfera de ceniza por los fuegos y la pólvora difícilmente
respirable. El infierno se prolongó hasta el sábado 13 de febrero,
tiempo en el que los divisionarios logran frenar la acometida
soviética, dando margen para provocar la reacción alemana. Se
inicia entonces un cliclo de combates que durará hasta el 19 de
marzo, día en el que se rechaza el último ataque enemigo en las
márgenes del Ishora.
Es
muy difícil describir estos combates cuerpo a cuerpo por las
callejas del pueblo y entre los jardines asollamados de Krasny-Bor.
Las defensas españolas cedieron y los nuestros tuvieron que
improvisar, utilizando los cráteres de las bombas como refugios y
puestos de tiro, de donde sólo salían para enfrentarse a los carros
de combate y la infantería rusa provistos de granadas de mano y
botellas incendiarias de gasolina. Aquí y allá los enemigos se
emboscaban, y desde los tejados y ventanas de las casas en llamas
españoles y ruskis
disparaban a sus adversarios por sorpresa. Restos de unidades,
escuadras y pelotones de ambos contendientes buscaban donde
guarecerse y órdenes respecto a qué hacer. Los soldados rusos que
habían quedado aislados de sus unidades ante la inesperada acometida
española, trataban de retroceder para enlazar con sus batallones,
ocasión que servía para ametrallarlos a conciencia en su retirada.
Las escaramuzas de unos y otros se sucedían con rapidez y la muerte
aparecía al doblar cualquier esquina. El suelo y las paredes de los
parapetos de cemento lucían, de trecho en trecho, con grandes
charcos de sangre y allí mismo, o junto a las casas semiderruidas,
iban amontonándose los cadáveres de los que caían luchando, con
tal de que estas edificaciones no estuvieran ardiendo al igual que
las isbas
de madera, y por todas partes vibraba la furia española enfrentada a
la disciplina rusa que, por oleadas, los generales Leonis Góvorov
(jefe del Frente), Karp Sviridov (comandante del 55º Ejército) y
Nikolái Simoniak (63º División), enviaban con miles de hombres y
prietas filas de columnas blindadas.
Después
de esos cuatro días de enfrentamientos tan sangrientos como
seguidos, ambos bandos perdieron las fuerzas al quedar agotados los
hombres por el fragor de la lucha, y muchos soldados lloraban
moralmente hundidos por el macabro espectáculo que les ofrecía
aquella carnicería. Los cráteres de las bombas, las casas
destruidas, los vehículos reventados, los árboles ardiendo…,
decoraban un paisaje plagado de cadáveres insepultos, donde los
lloros, alaridos y el gemir de los heridos, que aún no habían sido
evacuados al hospital de sangre existente junto al viejo monasterio
ortodoxo de Mestelewo, se impuso en el ambiente nada más cesar el
crepitar de las armas automáticas y el estruendo de los impactos de
la artillería. Pero en todo ese confuso y dramático contexto,
nuestros compatriotas, con su numantina y desesperada resistencia,
negaron a los mandos soviéticos lo que tanto ansiaban: el control
total y efectivo sobre la posición de Krasny-Bor. Uno de los pocos
borrones habidos en la brillante hoja de servicios del mariscal
Zhúkov.
Y
con el frente estabilizado de nuevo, a finales de abril, por orden
expresa de Hitler, se instituyó una medalla conmemorativa de la
batalla de Krasny-Bor, que se concedió a todos los soldados de la
División Azul
y su escuadrilla de pilotos. El 24 de septiembre, debido a las
presiones de los Aliados, Franco decide retirar de Rusia a esta
fuerza expedicionaria y tras obtener el plácet alemán, el 7 de
octubre la unidad abandona las trincheras replegándose al sector de
Oranienbaum, desde donde será repatriada a España en ferrocarril.
El 20 de octubre comienza a organizarse la nueva unidad de los
voluntarios más recalcitrantes que la sucede: la Legión
Azul,
con nivel de Regimiento,
que se constituye oficialmente el 17 de noviembre al mando del
coronel Antonio García Navarro (1890-1985) hasta su disolución y
repatriación el 1 de abril de 1944. Siguiendo el ejemplo del Führer,
Franco también ordena crear una Medalla de la Campaña de Rusia, que
se concederá a todos los combatientes, al tiempo que a
Hitler se le atribuye este comentario sobre los divisionarios
españoles: «Extraordinariamente duros para las privaciones y
ferozmente indisciplinados».
La
batalla en cifras:
─
Combatientes:
Un total de 5.600 españoles de la División Azul frente a 44.000
rusos del 55 Ejército de la Unión Soviética, desplegados en el
Ostfront
alemán.
─
Mandos
aliados: general Emilio Esteban-Infantes y coronel Wilhelm Knüppel
de enlace, ambos a las órdenes del generaloberst
Georg Heinrich Lindemann, comandante del 18º Ejército de la
Wehrmacht.
─
Mandos
soviéticos: generales Leonis Góvorov (jefe del Frente), Karp
Sviridov (comandante del 55º Ejército) y Nikolái Simoniak (63ª
División de la Guardia), a las órdenes del mariscal Gueorgi Zhúkov,
jefe de la Stavka.
─
Armamento:
armas ligeras para la infantería española y baterías con piezas de
10.5 y cañones de 150 mm., frente a casi un centenar de carros de
combate T-34
y KV-1
soviéticos, con más de 800 piezas de artillería de gran calibre,
capaces de disparar un proyectil cada 10 segundos, y 200
lanza-cohetes (katiusha).
Casi al final intervino una decena de carros alemanes del modelo
Tiger.
─
Aviación:
Un centenar de aparatos del 13º Ejército Aéreo soviético, al
mando del general Rybalichenko, enfrentados a solo una docena de
Stukas
alemanes.
─
Bajas:
3.645 fallecidos por parte española, un millar de ellos sólo el
primer día, y alrededor de 350 prisioneros. De 11.000 a 14.000 bajas
de soldados soviéticos, con otra cifra similar de heridos y
desaparecidos.
Bibliografía:
─
La
División Azul. Donde Asia empieza, de
Emilio Esteban-Infantes. Editorial AHR. Barcelona, 1956.
─
Morir
en Rusia. La División Azul en la batalla de Krasny-Bor,
de Carlos Caballero Jurado. Revista Española de Historia Militar.
Jerez, 1960.
─
La
División Azul. Sangre española en Rusia 1941-1945,
de Xavier Moreno Julià. Barcelona, Crítica, 2006.
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