Esa mañana Paco era muy consciente de que su vida se precipitaba no sabía si a mejor o a peor. De lo que no dudaba es de que, fuese en la dirección que fuese, la cosa avanzaba rápidamente.
Se había dado una ducha tranquila. No le gusta que le vean mientras se asea y hoy pudo disfrutar de la soledad sin compañía. Desayunó lo mismo de siempre, un mitá
y una tostada catalana con jamón de la serranía de Ronda pero con aceite de La Rioja, el aceite era una transigencia familiar que no deja que se conozca. Había leído la prensa con disfrute, cosa rara, porque siempre acababa alterado con alguna noticia, o distraído con la turra inevitable de alguien que se sentaba a la mesa de su cocina empeñándose en conversar sobre lo que no le interesa en absoluto. La turra inevitable últimamente ya la sufre casi todas las mañanas. Ahora estaba delante del espejo del armario de su dormitorio, inundando de laca su no muy abundante cabello, tenía que durarle toda la mañana ese aspecto descuidadamente formal pero cuidado. «Así es como ella dice que tengo que mostrarme en público», pensó Paco para si mismo.
— En ese caso pog favog quítate esa cogbata tan funebré — le espetó Cocó Chanel desde la descalzadora en la que estaba sentada, tan perfecta como siempre. Señaló con el índice ensortijado de su mano izquierda, sin mirarla, una corbata de seda con estampado cachemira en tonos naranjas y azules, mientras se concentraba en alisar con la derecha las inexistentes arrugas de su falda tweed.
— Pues, hala, ya empezamos. Venís un poco tarde esta mañana — le contestó Paco con desgana — No es en absoluto por quejarme— puntualizó.
— Quegiamos dejagte disfrutag de la mañaná.
Paco, por supuesto, corrió a cambiarse la corbata. «Al final se me va a hacer tarde, espero que no venga otro a retrasarme más», pensó para si mismo sin poder evitar el pensamiento.
— Pues a mí me gustaba más la corbata verde lisa — oyó que decía Cantinflas, tumbado en su cama de matrimonio- Porque las corbatas lisas son más serias y las verdes son más andaluzas. Paco no quiere que todas las señoras, señores y demás personas humanas presentes en la inauguración de esta mañana, porque si hay algún ausente, pues ese no cuenta, crean que es un sin sustancia que está todo el día mirándose al espejo. Cuando las cosas son serias, pues hay que tomarlas con seriedad… pero no tanto, porque luego uno se estresa, ¿me entienden?
La perorata se desparrama por debajo de los trocitos del bi-bigote de Cantinflas y Paco entendió que o hacía algo o llegaría tarde.
— Que luego le dicen que la política no sirve. Pos no es que no sirva, lo que pasa es que a veces sirve pa’ unos más que pa’ otros…
«Porque no soy de gritar que si no te hacía callar de un alarido», quiso pensar Paco para si mismo, está vez buscando el pensamiento.
— ¡¡¡Aaaah-ah-ah-ah-aaaah!!! — grito Weissmuller descolgándose de la lámpara victoriana.
Como siempre y como Paco sabía que pasaría, Cantinflas dio un respingo y enmudeció al instante. Tanto tiempo compartido con sus fantasmas tenía sus ventajas, conocía ciertos trucos para manejarlos. Aunque en general eran terriblemente inmanejables.
Paco era muy consciente de que algunos, de su partido y de otros, comentaban a sus espaldas que cada vez tenía más despistes. Que antes podía nombrar a todos los premiados en cualquier acto al que le invitasen sin necesidad de anotar sus nombres, incluso si era del Colegio de Abogados, pero ahora muchas veces se desviaba en circunloquios innecesarios que la gente no comprendía. ¿Pero cómo no se iba a despistar cuando empezaba a verse rodeado de personajes de la más distinta condición? Unos abrigados como esquimales y otros con floreados vestidos de tul, unos en harapos hechos con trozos de pieles de animales mal curtidas y otros con capas purpuradas, unos portando antiguos lejanos y otros un árbol de levas… Todos muertitos y coleando a su alrededor.
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