FILOSOFÍA CONSECUENTE

FILOSOFÍA CONSECUENTE

Josefa Prado

25/01/2026

Aunque todo el mundo en su multitudinaria y alegre fiesta de despedida le había dicho que no parecía tener la edad necesaria, Luisa y su bien cuidado pelo canoso casi blanco llevan dos años jubilados. A sus espaldas había dejado una larga carrera en la que despuntó como una de las filosofas más reputadas del país, con reconocimientos en el ámbito académico y también político, que la habían hecho sentirse orgullosa de su vida agitada y plena. Ser filósofa en estos tiempos es una profesión romántica en la que no es fácil destacar, de hecho, ni siquiera es una profesión de la que sea ni remotamente fácil vivir. Ella se había esforzado, había luchado desde el principio con su carácter enérgico contra todo y contra todos, y lo había logrado. Creía haber conseguido, no sin esfuerzo, dar un pequeño empujón al mundo desde su pensamiento razonado. Era un empujón seguramente modesto, pero un empujón. Y además un empujón en la dirección correcta, con el que consideraba que había mejorado el mundo. Había influido en la vida de mucha gente, en países grandes y prósperos, y también de minorías, en comunidades pobres y menos cultivadas que nunca sabrían que el absoluto principio del cambio que disfrutaban había sido una filósofa. Había sido ella. Luisa siempre dijo a quien quisiera oírla, que fueron muchos, que es de su humilde contribución a esa transformación positiva del mundo de lo que se siente más orgullosa. Aunque es cierto que no todos la han creído. Pero cuando una se convierte en un personaje público no escapa a las críticas de la envidia. Aprendió a vivir con eso, no le afectaron ni las rencillas insidiosas ni los comentarios maliciosos, que nunca consiguieron hacer mella ni en ella ni en su sólido prestigio. Eso lo dejó muy claro en la entrevista que le rogaron cuando se jubiló. Ese día se sintió pletórica, orgullosa de sí misma, y permitió que los demás se lo hiciesen sentir sin los falsos tapujos corteses.

Luisa cree que sus escritos y conferencias son referentes del pensamiento lógico. La lógica y la coherencia las esgrime como filosofía de vida frente a los colegas que han intentado criticarla. Nunca, jamás, nadie ha podido acusarla con éxito de haber recurrido a argumentaciones falaces o defectuosas. Esos razonamientos, más o menos chapuceros, que ella sí ha destrozado en el trabajo de otros colegas menos brillantes, a los que acusó sin piedad de presentar discusiones incorrectas o incompletas para esconder bajo paño de oro que no son capaces de desarrollar un discurso realmente sólido. Un discurso como el suyo. Nunca, jamás, nadie ha podido demostrar a Luisa incoherencia alguna en su trabajo y, ¿por qué no decirlo?, en su trayectoria vital. Cierto que los más atrevidos, pocos en su etapa final, lo intentaron. Con esos no tuvo piedad.

Ahora quiere disfrutar de como en su última entrevista deslizó veladamente la coherencia como una de sus características representativas, quizás lo hizo retorciendo algo una petición que con habilidad se podía intuir en el periodista. Naturalmente él después elogio, de forma clara, que más que característica la coherencia era una de sus muchas virtudes. Eso le gustó. “La coherencia entre la vida y el pensamiento de Luisa ha sido crucial para transmitir su legado sincero al mundo”, recuerda que escribió. Ella lo habría expresado mejor, pero la frase era suficiente para llegar al público menos formado. Lamenta tanto la poca repercusión que tuvo esa última entrevista. Algunos comentarios de sus colegas. Una nota en el periódico regional. Nada en la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Nada en los periódicos nacionales. Nada en televisión. Y desde entonces nada más, no ha vuelto a oír que se hable de ella.

Desde que se jubiló, poco a poco empezó a pasar los días sin objetivo. Al principio intentaba trabajar y publicar sus ensayos, pero ya no lo hace. ¿Para qué? Si nadie va a reconocer su trabajo. Sale poco. No tiene con quien y no tiene con qué. La pensión de jubilación es una mierda. Recibe cada vez menos llamadas, ya ninguna de gente importante, de la gente que a ella le gusta. Su pelo es ahora gris, ya no es canoso casi blanco. Incluso ha engordado bastante. Su apariencia no es la que era. Eso tampoco lo soporta. Aunque hoy ha conseguido disimularlo razonablemente bien. Esta elegante, más o menos.

Por todo eso y más tiene en la mano una copa balón completamente llena de Rémy Martin Louis XIII. Setenta y dos años en la barrica, los mismo que ha pasado ella en la Tierra, 4.000€ la botella. Es una bebida que embellecerá la historia en el epílogo de su trayectoria, y lo de los 72 años añade un hermoso simbolismo. Aunque no debería poder permitirse ese lujo obsceno, obviamente hoy si puede. Acaba de machacar dos cajas enteras de benzodiacepinas y las ha disuelto en el coñac. No ha podido averiguar cuanto tardará en morir, no es su campo, pero espera que no sea un tiempo muy largo y está segura de que dolerá muy poco o nada.

De pronto, Luisa piensa que debería dejar una dramática nota de despedida al mundo. Un último ensayo breve y apoteósico, donde todos, discípulos y detractores, no tengan más remedio que reconocer su nobleza de espíritu y su determinación implacable. Esa nota sí que la escucharan como ella sabe que merece los orgullosos académicos y los taimados políticos.

Había arreglado con esmero el apartamento. Estaba todo guardado en su lugar y escondido todo lo que no tiene un lugar. Por si se publican fotos de la escena que querrán ver sus admiradores y que no podrán evitar mirar sus adversarios. En una fea caja de cartón para mudanzas escondida en el estante alto de la alacena de la cocina están las ultimas hojas de algodón 100% reciclado que le quedan, ahí es donde va a escribir su último mensaje. Eso es coherente con el legado que deja.

Se levanta y va a la cocina. Se estira hacia la caja de cartón elevándose sobre los discretos pero sofisticados tacones que calza hoy. Al tocarla, la caja se vuelca y cae sobre ella. Luisa consigue no soltar la copa de balón, pero el amoniaco perfumado con rosa mosqueta, que también había escondido en la caja, se derrama sobre sus ojos. ¡No ve nada! Se acerca como puede al fregadero. Se frota los ojos. Primero con delicadeza, después con fruición a medida que es consciente de lo que le está sucediendo. ¡No ve nada!

Un solo pensamiento llena por completo su mente, tiene que conseguir ayuda. Entonces sí suelta la copa de coñac con benzodiacepina y tantea a dos manos buscando su móvil. ¡No puede vivir como una ciega!

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