La boda es, ante todo, un acto administrativo con pretensiones metafísicas. Dos personas, que hasta ayer dudaban frente a un menú, declaran de pronto una certeza eterna ante testigos que apenas recuerdan dónde dejaron el auto. El “sí” no inaugura nada: apenas ordena el pasado. Todo lo vivido antes —errores, entusiasmos, desencuentros— adquiere retroactivamente la forma de un destino.
La ceremonia insiste en el símbolo: anillos circulares, promesas sin fecha de vencimiento, palabras heredadas de otras bodas que también creyeron ser únicas. El sacerdote, el juez o el oficiante repite fórmulas antiguas como si el amor necesitara permiso. Los novios escuchan con atención distraída; saben, aunque no lo digan, que lo verdaderamente importante ya ocurrió en otra parte, en un gesto menor, en una tarde sin testigos.
Luego viene la fiesta, que es el verdadero ritual. Allí el matrimonio se disuelve en música, alcohol y coreografías improbables. Los invitados —esos personajes secundarios del relato— celebran menos a la pareja que a sí mismos: bailan para recordar que alguna vez también creyeron, brindan para olvidar que ya no creen del todo. La fiesta es una tregua: por unas horas nadie envejece, nadie fracasa, nadie se va temprano sin dar explicaciones.
Hay discursos. Algunos conmueven, otros advierten sin querer. Se habla del amor como de una conquista, de una batalla ganada, de una certeza inamovible. Nadie menciona el tedio, que es el verdadero antagonista de toda historia larga. Nadie nombra el lunes.
La luna de miel llega después, como un epílogo prometido. Es el viaje que pretende suspender el tiempo: hoteles donde nada falta, playas sin pasado, ciudades reducidas a postales. Los recién casados se miran con la ilusión de estar empezando cuando, en realidad, ya están continuando. El amor, lejos de intensificarse, se vuelve cotidiano: aparece en detalles mínimos, en silencios compartidos, en discusiones por el itinerario.
Tal vez la luna de miel no sea un comienzo sino un ensayo general de la vida que vendrá: aprender a aburrirse juntos sin desesperar, a perderse sin culparse, a regresar.
Así, la boda promete eternidad, la fiesta ofrece olvido y la luna de miel ensaya la costumbre. Entre las tres cosas se arma el matrimonio: no como un acontecimiento extraordinario, sino como una persistencia discreta, casi invisible, que sólo se nota cuando falta.
Y acaso allí resida su secreto.
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