Hay una salida por la Puerta Grande.
Da miedo.
La llaman la de los cobardes.
Él siempre fue el más valente.
Lector. Sitúate ahí. Quédate un momento ahí.
Se cortó el cuello.
Párate. Piensa en ese instante.
Un cuchillo afilado. Su pulso en vilo.
Cómo lo hiciste, ¿contaste hasta tres?
Tu mano, con la última libertad que te quedaba.
Cogiste el cuchillo, apretaste fuerte, muy fuerte.
Como tú.
Tomaste aire por última vez.
Hiciste un movimiento rápido, preciso.
La sangre brotaría a borbotones.
Tratarías de respirar y ya no sabías.
¿Cuánto duró?
Cómo te sentiste en aquel momento definitivo?
Solo.
No había otra opción.
El destino de los suicidas;
hacía tiempo que Dios se había marchado para siempre.
Con tu vida extinguió la suya.
Ningún lugar. Sin tiempo. Nada.
Reza, si puedes, por que no te toque a ti, lector.
Reza para que el suicidio no elija tu destino.
O sé indiferente ante él.
Acabarás en el mismo sitio.
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