En el sueño mi madre está y eso alcanza, no hay ninguna alarma que se encienda ni una voz interior que venga a decirme que algo no encaja, porque todo encaja de antemano, con una precisión que no necesita ser revisada. Ella ocupa su lugar como lo hacen las cosas verdaderas, sin justificarse. Yo no pienso que haya vuelto ni que esté de visita, no pienso nada en realidad, porque pensar sería una forma de sospecha y en el sueño no se sospecha, se acepta. Mi madre está ahí del mismo modo en que están la mesa, la luz entrando por la ventana o el leve ruido de la casa acomodándose a sí misma, y no recuerdo – no sé – que murió hace cinco años, ese dato no aparece, no falta, simplemente no forma parte del sistema. La muerte, en ese territorio, no cumple ninguna función, ha sido descartada como se descartan los objetos inútiles, y todo sucede bajo una normalidad indulgente donde lo imposible no pide permiso para existir. Hablamos o no hablamos, da igual, porque el vínculo no depende de las palabras sino de una continuidad más profunda, una forma de estar que no necesita explicación ni memoria, y lo verdaderamente inquietante es que nada resulte inquietante, que no haya fisuras ni sobresaltos, que la presencia no sea un acontecimiento sino una condición. Yo me muevo dentro de ese mundo con la tranquilidad de quien no sabe que debería dudar, con una confianza que no se apoya en certezas sino en la ausencia total de preguntas. Recién al despertar aparece el desajuste, no como dolor ni como revelación, sino como una incomodidad leve, casi administrativa, porque entonces recuerdo que mi madre está muerta y que no debería haber estado ahí, pero el recuerdo del sueño no se deja corregir, persiste con la misma validez que cualquier recuerdo verdadero, y es en esa persistencia donde algo empieza a moverse, una sospecha mínima pero obstinada, la idea de que tal vez el error no esté en el sueño sino en la vigilia, que la muerte no haya sido más que una versión aceptada de los hechos, una manera práctica de ordenar la ausencia, porque hay algo en esa naturalidad que no se deja desmentir, algo que no pide permiso para seguir siendo, y desde ese día despierto con la incómoda sensación de haber regresado de un lugar más verdadero que este.
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