
La luz de la mañana no es un susurro suave, sino una presencia física, densa, casi tangible. Presiona las persianas, se abre paso entre las rendijas, cortando la habitación en franjas de realidad dura y sombra suave. Yo estoy tendida en el límite entre esos mundos —desnuda, con una taza de café negro en las manos, como si fuera una copa ritual. A mi lado, un hombre cuyo nombre ya empiezo a olvidar. Está inmóvil, pero sus ojos viven su propia vida. Se deslizan sobre mí con la precisión de un cartógrafo y la avidez de un explorador. No me mira como a una mujer, sino como a un territorio que piensa conquistar. Para él soy un continente nuevo, y ya traza mentalmente sus fronteras.
Y entonces empieza el juego.
De forma inconsciente, como respuesta a la pregunta muda e insistente de su mirada. Llevo la taza a los labios, pero no bebo. Dejo que el borde quede suspendido a un milímetro de la boca: una promesa de calor y amargor que no me apresuro a cumplir. Sus ojos siguen el movimiento, el lento ascenso de mis manos. Casi oigo su súplica muda: «Bebe. Déjala. Vuélvete hacia mí». Pero no lo hago. Yo no soy el objeto del deseo. Soy la arquitecta de este instante. Lo construyo paso a paso, gesto a gesto, sin prisa.
Doy un pequeño sorbo. El amargor se expande, devolviéndome a la realidad. No es un sueño. Es poder: la pausa entre sorbos. Cambio apenas de postura. Doblo las rodillas, las separo lo justo para que entre ellas aparezca un espacio —una invitación que no me apresuro a ofrecer. Él lo ve. Su respiración se altera, apenas perceptible. Yo soy la directora de orquesta; él, la música. Y lo conduzco por una sinfonía de espera, estirando las notas hasta que el aire entre nosotros vibra.
Atrapo su mirada. El juego continúa: él me mira, yo observo cómo me mira, cómo cambia su respiración, cómo sus labios se entreabren, cómo nace en su cuerpo una tensión que no intenta ocultar. Me gusta estar ahí. No como objeto, sino como causa.
Su mirada baja de la taza a mi rostro, recorre el cuello, los hombros, el pecho, el vientre, las caderas, y vuelve a subir. Como si me memorizara. Como si me dibujara en un mapa. Se lo permito. Siempre he creído que ser vista es una elección: dejar entrar a alguien dentro de tus límites, aunque sea con la mirada. Mi cuerpo no es una disculpa. Es una afirmación.
Giro un poco la cabeza y me encuentro con sus ojos. Azules, comunes, de esos que se olvidan cuando la persona desaparece del campo de visión.
—Me miras —digo con calma.
—¿Y tú no mirarías? —responde.
Doy otro sorbo de café, dejando que el amargor me ancle a este instante.
—Probablemente no.
El café está justo a la temperatura que me gusta: lo bastante caliente como para quemar si una se descuida, pero no tanto como para impedir disfrutar de sorbos lentos y conscientes. Él no me toca, pero su presencia llena el espacio entre nosotros, pesado de palabras no dichas y de deseo.
Bebo otro sorbo y siento cómo el calor prende en el bajo vientre, un fuego lento, constante, que arde desde la mañana. Me muevo apenas; las sábanas crujen. Él observa cómo se mueve mi cuerpo, cómo se balancea mi pecho.
No me apresuro. Me gusta este juego, esta tortura lenta y dulce. Veo el deseo en sus ojos, oigo el cambio en su respiración, siento la tensión en sus hombros. Y por eso saboreo cada instante, cada sorbo, cada mirada. Esto es nuestro. Ahora. Y quiero que dure.
El café me calienta por dentro, en contraste con el aire fresco de la mañana sobre la piel. Bajo las manos, apoyo la taza sobre el vientre y siento su mirada recorrer mi pecho. No es perfecto —según los cánones del brillo—, pero es mío y me basta. Arqueo ligeramente la espalda, como ofreciéndome en silencio. Él no se mueve, pero el aire cambia, vibra de tensión no dicha.
Bebo otro sorbo sin apartar la mirada. En sus ojos hay una pregunta, una sorpresa, como si nunca hubiera visto a alguien como yo. Tal vez nunca vio a una mujer segura en un mundo lleno de dudas.
Quedan apenas un par de sorbos. La tensión crece, el espacio entre nosotros se tensa, a punto de romperse. Pero no me apresuro. Quiero alargarlo. Lo siento, lo sé, pero lo ignoro, concentrándome en el amargor del café y en su mirada. La tensión se vuelve casi tangible, una tercera presencia en la habitación.
El último sorbo es el más consciente. Lo mantengo un instante en la boca antes de tragar. La taza queda vacía. La dejo en la mesilla; la porcelana tintinea suavemente, rompiendo el silencio a propósito.
Ese sonido es un punto. El final de algo y el inicio de otra cosa. Me vuelvo hacia él —lenta, fluida— con un movimiento que promete todo y nada. Su mano por fin me encuentra, un gesto a la vez reverente y posesivo. Le permito creer, por un instante, que es él quien manda aquí. Respondo a su beso, entro en la ilusión conocida, y mi cuerpo responde con una gracia aprendida. Pero en lo más hondo, donde solo yo entro, se forma una certeza clara: esta mañana es un regalo, no una promesa. Y eso basta. Yo basto.
Más tarde, cuando el sol sube y la habitación se llena de luz dorada, dibujo letras con la yema del dedo sobre su pecho mientras recupera el aliento. Me mira con esa expresión suave y vulnerable con la que los hombres miran cuando creen haber encontrado algo que quieren retener.
—Me quedaré —susurra.
Pero yo sé, con esa certeza que se deposita como polvo, que es hora de que se vaya. Todo fue perfecto porque solo hubo dos mañanas: la primera y la última. Él pertenece al ayer. Yo, al mañana no escrito. Lo beso lo justo para que crea que lo dudo —y luego me aparto, me incorporo, desnuda a plena luz del día.
—No —digo en voz baja.
Y en sus ojos no hay discusión, solo la calma comprensión de que algunos momentos deben ser breves. Como un saludo y una despedida al mismo tiempo. Con sabor a café y a inevitabilidad.
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