El insomnio no es la ausencia de sueño sino otra forma del tiempo. Un tiempo que no avanza: se repite. La noche, despojada de su función piadosa, se vuelve un territorio circular donde los pensamientos no caminan: dan vueltas.

En esos días —que no se distinguen de las noches— el mundo pierde espesor. Los objetos permanecen, pero ya no prometen nada. El vaso es un vaso, el reloj insiste, el cuerpo ocupa un lugar que parece prestado. Uno sospecha que dormir era un pacto secreto con la realidad, y que al romperlo todo se vuelve más literal, más pobre.

El insomne cree pensar más, pero en rigor piensa menos: repite. Las mismas frases, los mismos errores, los mismos recuerdos mal fechados. El pasado se presenta con una nitidez innecesaria; el futuro, con una vaguedad ofensiva. El presente, ese intervalo breve que algunos llaman vida, se disuelve.

He leído que el insomnio agudiza la lucidez. Es falso. Lo que agudiza es la conciencia del fracaso: no dormir, no olvidar, no salir de uno mismo. El insomne no es un vigía sino un rehén.

Hacia el amanecer —esa hora indecisa— el cuerpo capitula, pero la mente no. Entonces ocurre la humillación final: el día llega, puntual y ajeno, como si nada hubiera pasado. El mundo continúa. Uno no.

Tal vez el sueño sea una forma modesta de la misericordia. Tal vez insomniar sea una manera torpe de recordar que no la merecemos.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS