He aquí, todo un grupo de guerreros dispuestos a morir con tal de ver a nuestro enemigo bajo nuestros pies. Es una tarde soleada, en un frondoso bosque, con una tierra húmeda llena de vida. Qué curioso llegar a un lugar abundante en seres vivos pensando en que nuestra misión nos obliga a apagar la llama de otros. Me produce náuseas el pensar en mi familia. Por más que intente desviar mi atención al privilegio de estar en un lugar tan hermoso, mi mente no se permite bajar la guardia. Día tras día he estado viviendo una y otra vez una batalla en mi cabeza. En esta se han comenzado a gestar batallas diferentes; con los años siento que han comenzado a aparecer nuevos personajes que, de una u otra forma, ponen en riesgo amenazante a ideales que han sido mantenidos por años en el Olimpo, siendo adoptados por todos como nuestra forma de vida.
Mientras el grupo completo marcha a un destino incierto, no puedo dejar de pensar en qué será de todos nosotros. Mi nombre es Alfonso, soy un guerrero de nacimiento… o al menos eso es lo que nos enseñan desde pequeño. La verdad, con el paso de los años, es un tema que me acomoda bastante. Es más, creo que las etiquetas, de una u otra forma, simplifican la vida: soy un guerrero y debo abrazar mi destino. Vivir bajo el yugo de una vida itinerante nos permite abrazar el fin desde el principio. Al menos esta es la parte honorable; bajo ese manto nos podemos encontrar con todo tipo de sujetos, intentando, de una u otra forma, aplacar las voces que no logran silenciar.
Bueno, al parecer he sido seleccionado para comenzar con la historia… mmmmmmm… al menos tendré la posibilidad de realizar un aporte a la historia misma.
Nuestras historias remontan… siendo honestos, no tenemos la capacidad de aportar información relevante a la historia. No tenemos acceso a la educación. Al momento de nacer, nuestro destino ya viene etiquetado y las etiquetas son simples: granjero, herrero, milicia, guardia, agricultor, cazador, constructor… y bueno, siempre existen actividades esporádicas que deben ser ejecutadas incluso bajo el fragor de la batalla misma. A cambio de nuestros servicios, tenemos acceso a raciones de alimentos, lo que nos permite sobrevivir. Nuestras vidas no formarán parte de la historia, lo sabemos; se limitan a 50 raciones de alimentos en promedio por vida. Básicamente, nuestra existencia se reduce a raciones de comida y trabajo.
La misión era simple: derrotar al ejército Ming a las puertas de su ciudad, para luego establecer puestos de avanzada que nos permitan derrotar a los ejércitos de avanzada y, luego, tomar por asalto los 7 castillos en la fortaleza dentro de la fortaleza. Nuestros recursos son limitados y restringidos a la producción misma de la naturaleza, pero nosotros tenemos la misión de agotar los recursos necesarios para derrotar a nuestros enemigos.
Señores, no puedo continuar con la historia, debido a que hemos llegado al punto crítico del inicio de nuestra misión. Para ello, nuestro comandante nos organiza, a fin de recibir el primer asalto. De acuerdo a información preliminar, existen tropas leales que nos apoyarán una vez iniciado el conflicto. Para nosotros no son más que rumores desesperados, por intentar mantener la cordura del grupo, quienes demuestran claros efectos del cansancio físico y mental.
¿Qué podría pasar por la cabeza de un grupo de seres vivos, racionales y sintientes, que son empujados a los límites? La verdad, no comprendo el funcionamiento de un grupo, pero sí creo comenzar a comprender la naturaleza de algunos, a medida que el conflicto avanza. He visto a algunos asesinar a sangre fría a indefensos aldeanos. Sabemos que la misión es clara y es en función de nuestra propia seguridad. En la medida que mermemos la capacidad de producir del enemigo, nuestras posibilidades de victoria aumentan; lo que, en términos simples, quiere decir que la existencia de muchos solo se mide en términos numéricos y de importancia, de acuerdo con el servicio que ofrezcan.
¡Mierda! El enemigo se acerca, el sonido de los tambores no deja de aumentar. Siento que mi corazón va a escapar por la boca. Se nos pide que realicemos una oración a fin de consagrar nuestros corazones por la causa. ¿Cuál es la causa? Que alguien me explique: ¿por qué debo consagrar mi vida con una causa completamente ajena a mí?
Y es que no les había contado: esta es mi primera batalla desde que egresé del campo de entrenamiento. Claramente esto es muy distinto a las simulaciones de batalla. Mis enemigos ahora no son ficticios, ni compañeros en ejercicio. Mi mano no deja de temblar, mi alma no deja de gritar que necesito escapar de esta situación. No estoy preparado para apagar la vida de otro ser humano. Sé que en el entrenamiento nos dieron instrucciones claras, pero siento que existe algo más allá. Mi corazón me lo intenta decir, pero no puedo escuchar sus palabras.
El sonido de la oración me hace cuestionar todavía más la situación. ¿A quién le rezamos y por qué, si es un dios lleno de amor, nos permite estar aquí ahora? Que la divinidad se apiade de mi alma, porque no siento una conexión directa con la causa. Creo que por ahora todo se reduce a sobrevivir, para volver a ver a mi familia.
La oración finaliza con un estruendoso AMÉN. Los pasos del enemigo, acercándose, hacen temblar el suelo y mi cuerpo ha comenzado a fusionarse con el suelo, convirtiendo por segundos mi existencia en fertilizante para el campo, lo que me hace temblar con él.
El enemigo está encima nuestro. Nuestro escuadrón de piqueros lo intercepta e intenta frenar el avance, cubriendo a las unidades de tiro. La presión es asfixiante. No logro diferenciar a los enemigos. No lo digo en forma de eufemismo: sabemos que en este campo no existen los enemigos. Todos somos víctimas directas de la codicia y estamos aquí por coacción, llevando nuestras vidas al límite.
Intento asestar un golpe a un soldado de caballería, pero su caballo se alza en un claro intento de esquivar los ataques. Hasta el momento no lo había considerado: animales también son parte de la batalla. ¿Qué ganará un caballo por conquistar nuevos territorios? ¿Qué pensarán estos caballos antes de entrar a la batalla? Después de todo, frente a ellos se encuentran soldados montados en su misma especie, los que en este instante serán enemigos declarados.
¡Maldición! Este maldito caballo me ha logrado golpear el hombro izquierdo con sus asesinas garras. Mis piernas se han desconectado de mi cuerpo y, en este momento, al fragor de la batalla, me presto a caer a un suelo bañado en la sangre de muchos que no tenían obligación moral de estar en este lugar.
Mientras caemos, la mirada del caballo y la mía se cruzan por un instante, lo que me hace apreciar la belleza misma de la bondad expresada en una mirada.
“Entiendo, amigo caballo, que tus intenciones no van más allá del miedo y la supervivencia. Puedo ver, debajo de todo ese manto de bondad, el terror mismo de la situación”.
Al parecer mi participación en esta actividad infernal ha sido breve. Ya completamente en el suelo y sintiendo que el fin está a solo unos segundos de llegar, veo pasar situaciones relacionadas con mi familia. Y es que, en este justo momento, creo conveniente mencionar mi verdadero motivo de estar en este lugar, lo que podremos llamar la tumba de un nadie.
No… es que mi cuerpo se resiste a rendirse. No entiendo de dónde vienen estas fuerzas, las que, comprendiendo la falta de una extremidad, continúan entregando energía suficiente para lograr ponerme de pie.
Mientras me comienzo a poner de pie, logro ver una espada que se dirige hacia mí, y con una pericia desconocida la evito. Casi por instinto logro asestar un golpe que al parecer es fatal. En mi mano logro sentir el filo de mi cuchilla entrar dentro de la armadura protectora de un campeón.
Por segundos he logrado evitar la muerte de mi cuerpo a costa de condenar mi alma, mientras mis pies comienzan a alejarse del conflicto en el que ya han muerto muchos guerreros. Nuestros números son poco alentadores. De un momento a otro nos encontramos en una evidente desventaja, que me lleva a pensar solo en una muerte inminente.
De una u otra forma, los peores pronósticos se han cumplido y el enemigo ha logrado acorralarnos, forzándonos a llevar cuerpo y espíritu al límite, resistiéndonos a la visita de la muerte, que en este momento se encuentra de nuestro lado alentando que bajemos las armas, para dar por sellada su victoria.
¿Será que la muerte tiene un bando o simplemente el conflicto le viene bien?
La presión ejercida por nuestros enemigos comienza a dar frutos y la primera línea de resistencia empieza a ceder. Ahora puedo distinguir a algunos de mis compañeros de división: Andrés, que yace en el suelo con al menos parte de su cuerpo; Antonio, que se encuentra en la primera línea intentando asestar golpes de manera desesperada. Por mi parte, mis fuerzas comienzan a flaquear. Mis intentos de blandir una espada encontrada son cada vez más infructuosos. Sin darme cuenta, he pasado a ser una carga para mis compañeros, con quienes nos encontramos en una situación fatal.
No creo merecer el nombre de guerrero. Mi aporte a la causa pasó de ser un mero acompañamiento, a fin de engrosar las líneas, a un manco agónico y desesperado. Pero no me rendiré. Mi compromiso con el resto es pelear hasta el final, incluso si mi cuerpo se encuentra al límite.
Desde el centro se escucha un grito efusivo, entregando indicaciones claras: “Debemos aguantar y vencer, o simplemente morir”.
¿Qué hacer cuando las opciones son limitadas?
La voz, llena de esperanza y autoridad, ha embriagado el ambiente. Ahora se siente una energía distinta. Ya no solo somos personas al borde de la muerte: lo sabemos y, gracias al llamado, hemos logrado por unos instantes alinear nuestros corazones bajo el estandarte de la vida.
El sonido de espadas chocando se incrementa notablemente. Ya no estamos escondidos detrás de nuestros escudos. Ahora somos una fuerza letal que ha dejado de lado el miedo por unos instantes para centrarse en lo que es realmente importante: salir de ahí respirando.
Es normal comprender nuestros pensamientos simples respecto a situaciones complejas, pero la vida misma nos ha mostrado que de una batalla nadie sale vivo. Es propio de la situación sacrificar nuestra humanidad a cambio de tiempo en este mundo: simple para quienes lo merecen por sangre, y tremendamente complejo de aceptar para quienes nos encontramos en lo más bajo de la escala de prioridades de nuestros gobernantes.
Sobrevivir… para luego cargar con el yugo de la culpa. Con la infamia misma de no poder sentirme orgulloso de ser un sobreviviente en una situación a la cual he sido arrastrado. Entiendo que, para las familias y los miles de personas que se encuentran en la ciudad, nuestra existencia se limita a ser sanguinarios asesinos y que nuestra continuidad en esta vida solo significa el fin de uno de los suyos.
Pese a mi limitada educación, me puedo dar cuenta de que un número importante de hermanos se encuentra bajo nuestros pies. La acumulación de cuerpos ha creado una especie de trinchera sangrienta, que permite dar cobertura a pequeños flancos que, de una u otra forma, disminuyen las posibilidades de que el enemigo aseste un golpe fatal.
Es difícil comprender muchas de las razones que nos llevan a encontrarnos de esta forma con quienes jamás he cruzado una palabra u ofensa que nos fuerce a querer reclamar la vida de otro. Y es que, en estos tiempos convulsos, una simple ofensa a un superior nos puede costar la vida.
Los gritos de aliento del enemigo por intentar expulsar a los invasores son ensordecedores, al punto que nuestros tambores se han apagado… o simplemente desde mi ubicación ya no es posible escucharlos. Tengo la impresión de que la piedad aparecerá empujando a nuestro comandante a dar el toque de retirada.
Por una extraña razón, me da la impresión de que existe un atisbo de compasión en su corazón. Debe existir alguien que lo espere, alguien que lo piense, o simplemente algún plan que desee cumplir en esta vida. Después de todo, la vida de un comandante fuera de la batalla es un lujo grotesco y constante. ¿Quién no querría vivir de esa forma? Para un campesino es un sueño constante, que le da esperanzas incluso en los momentos difíciles.
Sabemos que eso jamás pasará. Nuestra sangre, al parecer, no es pura… o eso es lo que se repite constantemente. He sabido de personas que han puesto en duda esta teoría y han ardido en la pira, bajo acusación de herejía.
¿Será que el simple hecho de dudar nos empuja a la muerte? ¿Por qué un aldeano tiene la capacidad de sentir, pensar o cuestionar, pero nunca de hablar?
Exponer nuestros pensamientos o dudas nos puede llevar al peor de los sufrimientos terrenales, sufrimientos otorgados y justificados bajo la gloria del Señor.
¡Oh Dios! ¿Eres tú quien necesita apagar la llama de la duda que con tanto esfuerzo he logrado ocultar? Y, si fueses tú quien necesita apagar la sagrada vida de quien ha osado utilizar las herramientas que la divinidad nos ha otorgado… ¿por qué se ha de considerar el dolor desproporcionado como medio de purificación?
¿Acaso tu amor se encuentra condicionado a una vida de sufrimiento constante, para luego recibirnos en las puertas de tu reino, dejando en manos de la decisión de un tercero quien nos juzgará bajo reglas terrenales y nos asignará un lugar para pasar el resto de nuestra eternidad, bajo el castigo de un infierno abrasador?
Considerando que nuestro paso por la tierra es finito, ¿sería una desproporción ser merecedor de una eternidad de castigo?
Al parecer la retirada no es una opción. Será mejor utilizar todas las fuerzas que me queden para blandir mi espada y asestar un par de buenos golpes… o limitar este instante a aceptar mi muerte.
No. Mi compromiso es mayor.
De pronto siento un impulso incontrolable de gritar. Las voces en mi cabeza se comienzan a silenciar. Mi visión se comienza a nublar, pero mi cuerpo siente unas ganas irrefrenables de luchar. Mis extremidades comienzan a adoptar movimientos automáticos y la espada ha dejado de pesar. La parte superior de mi cuerpo empuja y, en cosa de segundos, he logrado meter el primer golpe.
El grito se contagia en todos mis compañeros de armas. Estamos logrando recuperar algo de control sobre la situación, o eso es lo que se siente por unos instantes.
De pronto, desde las alturas de los montes comienzan a descender elefantes con nuestra bandera.
¡Nuestros aliados han llegado!
Nuestro espíritu se enciende y el deseo de pelear se vuelve nuestro estandarte. Los elefantes aplastan sin problemas a sus arqueros, que hasta el momento se encontraban en una posición segura. En cosa de minutos pasamos a tomar una notable ventaja, que se traduce en una victoria decisiva.
Desde el fondo se comienza a escuchar la temida frase, esa que nubla por completo la razón y nos vuelve bestias incontrolables: “SIN PIEDAD”.
El grito constante se vuelve ensordecedor y es visible, en el rostro de esos seres humanos que hoy llamaremos enemigos, el desconsuelo creciente que apaga su espíritu, al punto de luchar frente a autómatas condenados a morir bajo la creencia de libertad.
Salimos de esta… pero no salimos completos. Y desde este punto, para los sobrevivientes, nada fue igual.
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