Por sus actos los conoceréis: Adolf Hitler

Por sus actos los conoceréis: Adolf Hitler

Aurelio

19/01/2026

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La administración de la muerte y la industria del exterminio.

Adolf Hitler llevó el crimen al terreno de la normalidad burocrática. Bajo su mando, el Estado dejó de proteger la vida para dedicarse, con método y constancia, a decidir quién merecía seguir existiendo. Ascendió al poder explotando el resentimiento colectivo y prometiendo restaurar una grandeza perdida. Una vez instalado, convirtió la ideología en instrumento de selección humana. El enemigo ya no era un ejército extranjero, sino el vecino, el enfermo, el diferente. Señalar fue el primer paso; excluir, el segundo; exterminar, el final lógico de un proceso cuidadosamente diseñado. El régimen nazi no improvisó la muerte: la organizó. Deportaciones masivas en trenes de carga, ghettos cerrados por hambre y enfermedad, campos de concentración convertidos en antesala del exterminio. Cámaras de gas camufladas como duchas, hornos crematorios funcionando sin pausa, registros contables que anotaban cuerpos como mercancía. La violencia fue sistemática, no impulsiva.  El resultado fue el asesinato de unos seis millones de judíos, eliminados por el solo hecho de existir. A ellos se suman millones de víctimas más: prisioneros de guerra soviéticos dejados morir por hambre y frío, gitanos exterminados, personas con discapacidad asesinadas en programas de “eutanasia”, opositores políticos, homosexuales y civiles considerados inútiles para el Reich. No murieron en combate: fueron matados por decisión administrativa. El método central fue la deshumanización total. Reducir a las personas a números, razas o amenazas abstractas permitió que médicos eligieran quién vivía, que burócratas firmaran órdenes de transporte y que ejecutores obedecieran sin preguntarse por la culpa. El sistema funcionó porque millones aceptaron mirar hacia otro lado. Hitler no necesitó ensuciarse las manos para ser responsable. Bastó con ordenar, legitimar y perseverar. Gobernó desde el odio, pero sobrevivió gracias a la obediencia y al silencio.  Cuando el régimen cayó, el mundo no descubrió un exceso: descubrió un plan. Fosas comunes, campos liberados demasiado tarde y una evidencia imposible de relativizar. No fue locura ni descontrol: fue voluntad política sostenida en el tiempo.  Hay crímenes que no admiten contexto ni excusas históricas. Y hay líderes a los que la historia no recuerda por lo que dijeron, sino por haber convertido la muerte en política de Estado.

La historia ya dejó constancia de sus actos y de sus consecuencias; por eso resulta incomprensible que, aún hoy, se invoquen o blanqueen doctrinas que hicieron del miedo, la exclusión y la muerte una forma de gobierno. Quien las rescata no ignora el pasado: lo desprecia.

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