Por sus actos los conoceréis: Iósif Stalin

Por sus actos los conoceréis: Iósif Stalin

Aurelio

19/01/2026

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El Estado del miedo

Iósif Stalin hizo del terror una forma de gobierno. Bajo su mando, la revolución dejó de ser esperanza y se convirtió en una estructura diseñada para vigilar, castigar y eliminar. El poder no se ejerció como autoridad, sino como amenaza permanente. Entre finales de la década de 1920 y comienzos de la de 1950, millones de personas fueron víctimas directas de la represión estatal. Durante la Gran Purga (1936–1938), alrededor de 700 000 personas fueron ejecutadas tras juicios sumarios, confesiones obtenidas bajo tortura y acusaciones inventadas. No eran enemigos externos: eran ciudadanos soviéticos, muchos de ellos miembros del propio partido, del ejército o de la intelligentsia revolucionaria. La colectivización forzada del campo provocó hambrunas masivas, especialmente en Ucrania, donde millones murieron de inanición mientras el Estado requisaba cosechas y castigaba cualquier intento de resistencia. El hambre no fue un accidente: fue utilizada como instrumento de sometimiento. El sistema de campos de trabajo forzado, el Gulag, absorbió a más de 15 millones de personas a lo largo de los años. Allí, el trabajo extenuante, el frío extremo, la desnutrición y las enfermedades cumplían la función que antes tenía el verdugo. Muchos no regresaron; otros volvieron rotos, convertidos en advertencia viviente. El método era simple y eficaz: miedo, denuncia, desaparición. Bastaba una acusación anónima, una palabra mal interpretada, un pasado sospechoso. La lealtad no protegía; el silencio no salvaba. Familias enteras fueron marcadas, desterradas o borradas de los registros oficiales. Stalin no gobernó solo con órdenes, sino con la interiorización del terror. Logró que el pueblo se vigilara a sí mismo, que la sospecha sustituyera a la confianza y que la obediencia naciera del instinto de supervivencia. 

Murió en el poder, sin rendir cuentas. Dejó un Estado fortalecido en lo militar y devastado en lo humano. Su legado no se mide únicamente en fábricas o victorias, sino en fosas comunes, generaciones mutiladas y una nación entrenada para callar.

Porque cuando el poder convierte al pueblo en enemigo, ya no gobierna: aniquila. Conviene no olvidarlo nunca.

El poder puede cambiar de nombre y de bandera, pero cuando se ejerce contra el
pueblo, siempre deja la misma huella.

La historia los separa en ideologías y geografías; sus actos los reúnen en una misma condena.
Distintos discursos, mismos métodos; distintos rostros, idéntico daño.
Cambian los himnos y las consignas, no el dolor que deja el poder cuando se impone por la fuerza.

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