La infamia no requiere grandeza. Le basta la repetición. No es un relámpago sino una costumbre. Se ejerce sin énfasis, como quien barre una vereda ajena o firma un papel que otro leerá.
El infame rara vez se sabe tal. Se piensa necesario. Cree encarnar un orden, una higiene, una corrección del mundo. Su crimen no es el exceso sino la prolijidad. Prefiere el trámite al puñal, la estadística al grito. Cuando mata, lo hace en plural.
Hay infamias célebres, con nombre propio, fechas, monumentos involuntarios. Son las menos interesantes. Las verdaderas se consuman en voz baja: un ascenso aceptado, una omisión prudente, una frase repetida para no quedar afuera. Así se funda la eternidad del daño.
El tiempo —ese gran cómplice— lima las aristas morales. La infamia, pasada a limpio por los años, suele llamarse contexto. Los verdugos envejecen en hombres respetables; las víctimas, en notas al pie. La justicia, cuando llega, ya no reconoce a nadie.
Tal vez toda infamia aspire a un olvido perfecto. No a la absolución, que exige memoria, sino a la indiferencia. En eso se parece a Dios: no necesita testigos.
O acaso —y esto es peor— la infamia no sea una excepción del mundo, sino uno de sus métodos más eficaces. Un arte discreto, transmisible, que cada generación aprende sin saberlo y ejecuta con una fidelidad admirable.
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