Javier nació en el Delta del Paraná, donde el barro se te pega a los pies y el mate circula como la palabra justa.
Ahí aprendió que la vida no siempre corre, a veces se amarra, a veces espera. Pibe de sueños simples y mirada curiosa, gambeteó la infancia entre islas y silencios.
A los 51 años llegó por primera vez a la cancha de Argentinos Juniors.
El Semillero del Mundo.
El tablón crujió como madera vieja de muelle y la tribuna le habló sin gritar. No hizo falta, el corazón reconoció el terreno.
Se sentó, con manos temblorosas, miró la cancha como quien mira un destino.
El barro del Delta y el barro del potrero se dieron la mano. Ahí, en ese rectángulo verde, el hombre se quedó quieto y el pibe salió a jugar.
Lloró…
No por tristeza, sino por todo lo que había esperado. Porque hay pasiones que no se vencen con los años, solo se esconden para no hacer ruido.
El fútbol le enseñó lo mismo que el río, no todo sueño llega rápido, pero cuando llega, entra por el alma y se queda.
Y entonces la pregunta quedó flotando, como pelota sin dueño en mitad de cancha:
¿el sueño del pibe muere… o aprende a esperar su momento?
OPINIONES Y COMENTARIOS