El error persistente de J.

En algún pliegue olvidado del mapa —donde los olores dejaron de exhalar aromas conocidos, y los pájaros aprendieron a callar antes de cantar— murió J.

Murió, al menos, según los demás. Según él, no.

J siempre había sido un hombre práctico. Creía en el peso de las cosas, en la dureza de las mesas, en la lógica como un clavo bien hincado. De todo lo que hablara de almas, silencios interiores, viajes sin cuerpo y sensaciones imposibles, se burlaba con una sonrisa ladeada, como quien escucha a un borracho citar a Platón.

Por eso, cuando abrió los ojos después del último latido y no encontró su cuerpo, lo primero que pensó fue:

—Esto es una droga.

No había dolor. Tampoco luz celestial ni túneles. Solo un espacio blando, como si el aire hubiera aprendido a flotar por sí mismo. J intentó parpadear y entendió, con cierta incomodidad, que ya no tenía párpados. Intentó respirar. No hizo falta.

—Alucinación —se dijo—. Una química tardía del cerebro.

Pensó en hospitales, en errores médicos, en sustancias que el cuerpo fabrica cuando se rinde. Pensó en explicaciones. Pensar era lo único que aún parecía obedecerle.

Entonces llegó ella.

No caminaba. No flotaba. Simplemente, estaba, como una coma bien puesta en una frase demasiado larga. No tenía rostro fijo: a ratos era una mujer anciana, a ratos una muchacha, a ratos un recuerdo que J no lograba ubicar. No habló. No hizo falta.

J sintió algo parecido a una invitación.

—No —respondió—. No pienso seguirle el juego.

Ella no insistió. Se limitó a esperar. Las verdaderas certezas, —sabía—, no se imponen.

Pasaron años. Décadas. Siglos. J seguía pensando que estaba vivo, en coma tal vez, sostenido por máquinas imposibles. Observaba cómo el mundo de los vivos se iba volviendo translúcido, cómo las ciudades parecían maquetas mal recordadas, cómo los cuerpos pesaban cada vez más… solo para quienes aún los tenían. Creía que lo que pensaba era lo único existente.

—Persistencia del sueño —anotó mentalmente—. Nada más.

Murieron imperios. Se extinguieron lenguas. Nacieron otras. Y él seguía allí, sin hambre, sin sueño, sin tiempo.

Mil años terrestres después —cuando la Tierra ya no se llamaba Tierra y los humanos y las máquinas creadas por ellos eran realidades;— J se detuvo.

No porque quisiera. Porque ya no había nada que negar.

Fue entonces cuando comprendió que el silencio que lo rodeaba no era ausencia, sino llegada. Que aquella inmovilidad no era castigo, sino puerta. Que la Señora no había venido a llevárselo, sino a esperarlo hasta que él soltara la última idea, el último “si hubiera”, la última defensa.

—Entonces… —pensó— no estaba drogado.

Ella sonrió por primera vez.

Y J, sin cuerpo y sin excusas, cruzó.

No hacia la muerte, sino hacia ese lugar que siempre había negado por miedo a admitir que lo real no termina donde empiezan las certezas.

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