El cielo de Seraphis era de un violeta profundo, un océano estelar donde flotaban tres lunas pálidas como lámparas viejas. Desde la cubierta de observación de la ICS Altair, la capitana Olivia Turner
observaba el horizonte del planeta recién conquistado por la curiosidad humana. Habían viajado años-luz en busca de la fuente de una señal que había mantenido a los astrofísicos sin dormir durante décadas.
—“Temperatura atmosférica estable. Niveles de radiación dentro del rango” —informó el teniente Raj Patel, con sus dedos bailando sobre el panel de control—. “Seraphis nos da la bienvenida, capitana”.
Olivia sonrió, aunque su instinto le decía que ningún planeta remoto ofrecía una bienvenida sin motivo.
—“Desciendan los módulos. Vamos a conocer a nuestros anfitriones”.
El primer contacto con los Seraphis
fue casi poético. Los seres que los recibieron en la explanada de cristal parecían hechos de luz sólida: cuerpos translúcidos, rostros vagamente humanos, voces como ecos musicales. El embajador Alara habló primero, en un idioma que los traductores automáticos apenas pudieron interpretar.
—“Sabíamos que vendrían” —dijo, inclinándose con una elegancia inquietante—. “Los ecos de su especie resuenan desde antes de que cruzaran las estrellas”.
Olivia intercambió una mirada con Patel. La hospitalidad sonaba demasiado a profecía.
Durante los primeros días, la relación fue cordial. Los Seraphis mostraron sus ciudades suspendidas sobre los mares y su tecnología basada en la manipulación de campos gravitatorios. Los humanos registraban cada detalle, fascinados por un pueblo que parecía haber trascendido a las limitaciones materiales.
Pero el sexto día, algo cayó del cielo.
Era una esfera luminosa, aunque su forma cambiaba con cada parpadeo. La encontraron en el borde de una llanura, aún humeante. Los Seraphis parecían temerosos, y Alara prohibió acercarse.
—“No es un objeto común” —advirtió—. “Es memoria”.
Olivia no obedeció. Dirigió a su equipo al lugar del impacto y ordenó abrir la esfera en un laboratorio de contención. Cuando lo hicieron, una voz resonó sin sonido, una vibración directa en sus mentes.
—“Soy Testigo del ciclo”.
El holograma que emergió tenía la forma de un niño hecho de luz. Les habló con un tono sereno, demasiado humano. Contó historias de milenios, de civilizaciones que se extinguieron al descubrir el poder de alterar el tiempo. Los Seraphis habían creado como un guardián, un Testigo inmortal del equilibrio cósmico.
Y fue él quien pronunció las palabras que cambiaron la misión para siempre:
—“La humanidad está destinada a romper ese equilibrio”.
Las reuniones posteriores con los Seraphis se tornaron tensas. Alara evitaba mirar a los ojos humanos.
—“Lo que el Testigo dice no es una amenaza” —explicó—, “es una predicción. Hemos visto su historia: guerras, hambre, ambición. Ustedes repiten el ciclo”.
Olivia apretó los puños.
—“También repetimos la esperanza, embajador. No somos lo que fuimos hace miles de años”.
Raj, mientras tanto, trabajaba en descifrar fragmentos adicionales de los archivos dentro de la esfera. Lo que encontró era aún más inquietante: los Seraphis habían estado observando a la Tierra desde hacía milenios, enviando sondas para estudiar la mente humana. Lo que temían no era la violencia, sino la creatividad, la capacidad de desafiar la estructura misma del universo.
El Testigo los convocó en sueños aquella noche. En la quietud de la estación, sus voces se mezclaron con el zumbido del generador cuántico.
—“No todos los Seraphis desean la paz” —advirtió—. “Algunos quieren borrar la amenaza antes de que nazca”.
El amanecer trajo caos. Una facción seraphis atacó a los humanos. Los cielos se tiñeron de relámpagos blancos, y las ondas gravitacionales derrumbaron los módulos de comunicación. Olivia condujo a su tripulación hacia las ruinas del norte, donde el Testigo. Aseguraba que encontrarían la verdad sobre el origen del conflicto. Entre estructuras medio enterradas descubrieron cámaras llenas de símbolos y cuerpos petrificados. Allí comprendieron que los Seraphis no eran los creadores de la esfera, sino sus prisioneros. En tiempos antiguos, una inteligencia aún mayor —el Cónclave de la Luz— había sellado su conocimiento, temiendo su obsesión por moldear otras especies. El Testigo les mostró las imágenes del pasado: los Seraphis habían “guiado” a innumerables mundos hacia la perfección… hasta dejarlos estériles.
Raj miró las proyecciones con horror.
—“¿Eso quieren hacer con nosotros?. ¿Convertirnos en una especie sin futuro?”.
Olivia asintió.
—La perfección siempre exige sacrificios.
Mientras afuera rugía la guerra civil entre facciones seraphis, Olivia tomó la decisión que ningún protocolo contemplaba. Conectó los sistemas de la ICS Altair al núcleo de la esfera. Si podía acceder a la memoria completa del Testigo., quizá descubriría cómo romper el destino predicho. El proceso fue doloroso. Las imágenes se incrustaron en su mente: el nacimiento de soles, la extinción de mundos, las manos humanas que, siglos atrás, habían tocado los límites del poder sin comprenderlo. El Testigo hablaba entre los fragmentos de su conciencia.
—“No temas lo que eres, Olivia. Teme lo que negarás ser”.
Cuando abrió los ojos, todo ardía. La nave estaba al borde de la disolución cuántica. Los Seraphis se mataban entre sí. Raj estaba herido, pero aún sostenía el transmisor.
—“Podemos enviar una señal a la Tierra” —dijo con la voz temblorosa—. “Advertirles”.
Olivia lo miró con tristeza.
—“No, Raj. Si lo hacemos, solo aceleraremos el ciclo. La humanidad debe encontrar su propio camino, sin profecías”.
El último recuerdo de Seraphis fue de silencio. La Altair se elevó sobre el planeta en ruinas, impulsada por los últimos fragmentos de energía del núcleo. En la superficie, el Testigo se desvanecía, dejando un eco que resonaría en sus mentes por años:
—“La historia no se escribe con certezas, sino con dudas”.
En los informes oficiales, el Proyecto Altair sería clasificado como un “fracaso diplomático”. Ningún registro mencionaría las ruinas, la esfera y las advertencias de los Seraphis. Pero Olivia guardó un diario personal, un archivo oculto en la memoria de la nave, donde escribió lo que nunca dijo a nadie:
“Nos miraron como a hijos que se extravían en la noche.
Nos temieron porque no entendieron que, en nuestro caos, habita el milagro.
No sé si la humanidad salvará la galaxia o la condenará.
Pero al menos, ahora, sabemos que alguien nos observó… y tembló.”
Décadas después, cuando la Iniciativa Contacto
envió otra expedición, los satélites no hallaron rastro alguno del planeta Seraphis. Solo un susurro de energía, flotando en el espacio vacío, como si el mundo entero hubiera decidido desaparecer.
En el eco residual de esa señal, un código se repetía una y otra vez:
ALT-AIR // HUMANIDAD = VARIABLE // NO PREDECIBLE.
Era la firma del Testigo.
Y con ella, el recordatorio de que incluso en los confines del cosmos, el misterio más profundo no era la vida… sino la conciencia que la soñaba.
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