El olvido no es una falla de la memoria sino una potestad secreta. Gobierna sin archivos y sin fechas; no necesita decretos porque su ley es anterior al nombre. Recordar —lo sabemos— es una forma menor de la fidelidad; olvidar, en cambio, es una justicia más vasta.
Nada permanece por mérito propio. Las ciudades, los amores, los libros que creímos necesarios subsisten apenas mientras el olvido los tolera. Luego los devuelve a su materia original: polvo, rumor, una frase mal citada. No hay tragedia en ese acto. Hay orden.
El hombre imagina que recuerda su vida; en rigor, la vida es lo que el olvido le concede. Todo lo demás es exceso, ruido, una superstición del yo. Quizá por eso el olvido es soberano: no corrige, no castiga, no explica. Simplemente deja de nombrar.
He pensado —no sin alivio— que al final no seremos juzgados por lo que hicimos ni por lo que fuimos, sino por aquello que el olvido decida no salvar. Esa absolución es perfecta porque es impersonal.
Mañana, cuando alguien intente recordarnos, no encontrará más que una vaga cortesía del tiempo. Y será suficiente.
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