Instrucciones para no dejar caer un balón…

Hijos:

esto no es un recuerdo. Es otra cosa. Algo que se quedó mal ubicado en el tiempo.

El balón subía. No importa quién lo lanzó. Nunca importa. Importa ese momento en que todavía cree que va a volver. El aire lo recibe, lo prueba, lo sostiene un poco más de la cuenta. Ahí sucede. Ahí siempre sucede.

Yo dije detente.

O no lo dije.

Tal vez lo pensé con la desesperación de quien aprende tarde que todo cae.

El balón se quedó. Suspendido. No como milagro, sino como error. Un error hermoso del mundo.

Desde entonces camino con eso. No con el balón – sería absurdo – sino con la interrupción. Con el gesto mínimo que no salvó nada y sin embargo salvó todo. A veces duele llevarlo. A veces es lo único que abriga.

En invierno vuelvo. A las tres ya es de noche y uno entiende ciertas cosas. El balón sigue ahí. No envejece. Yo sí. Yo me lleno de nombres, de cansancio, de ustedes.

Quiero decirles algo pero no sé cómo decirlo sin que se rompa:

hay cosas que no deben caer.

No porque sean eternas, sino porque alguien las espera.

Si algún día lo ven – no lo señalen -. Caminen debajo. Jueguen a no mirarlo. No intenten bajarlo. Caminen debajo. Dejen que haga sombra. Esa es la forma correcta de convivir con lo que duele sin caerse.

Yo hice lo que pude. Le grité al tiempo. Sostuve lo invisible.

El mundo insiste en corregirse. Yo ya no puedo sostenerlo.

Si alguna vez cae, que no sea por ustedes.

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