Hugo estaba a punto de cumplir cuatro años. Su conversación era cada vez más fluida, teniendo en cuenta su corta edad.
Yo había conocido a su abuela años atrás y ambos formábamos pareja no matrimonial. Con motivo de mi jubilación, pronto me hice cargo de llevar al pequeño al colegio y de recogerlo, de sacarlo a pasear, al parque, etc. A todas horas estábamos juntos.
El niño sabía que Juan era su padre, que Ana era su madre, que Amparo era su abuela… Pero Miguel, o sea, yo… ¿quién era?
Todos los familiares, además de un nombre, tenían un parentesco con el niño, pero ¿cuál era el mío? Visto desde el aspecto legal, yo no era nadie. Simplemente era Miguel… ¡y ya está!
A resultas de ello, cierto día, Hugo me formuló la pregunta a la cual, sabía yo que, más bien pronto que tarde, me tendría que enfrentar.
―Oye, Miguel. ¿Tú que eres? ¿Mi tío, o mi yayo?
―Sí, eso. Soy… tu yayo ―quedé unos instantes pensando y añadí―. Soy tu yayo putativo, para ser más exacto.
― ¿Qué? ―dijo el pequeñín, con evidente cara de enfado―. ¡No se dicen palabrotas! ¡Y esto se lo diré a mi mamá!
Y vaya si se lo dijo… Y su mamá se lo dijo a su papá, y el papá a las abuelas y las abuelas a los tíos…
¡Madre mía la que se armó! Con lo sencillo que hubiese sido realizar una simple consulta, en el diccionario, acerca de la palabra “putativo”.
Bueno. Estoy tranquilo. Pienso que no había motivo justificado para tanto revuelo. Y, respecto a la dichosa palabrita, ya podrían sustituirla por otra que no fuese tan malsonante.
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