El problema empezó una tarde en que el Fin decidió presentarse sin avisar, como hacen los parientes lejanos que llegan cuando ya no queda café caliente. Nadie supo reconocerlo al principio. No llevaba guadaña ni reloj de arena; apenas un gesto cansado y una pregunta mal formulada en la boca.
—¿Cómo podemos definir el fin? —dijo, y al decirlo el aire se encogió un poco, como
si hubiera entendido demasiado.
El universo, que escuchaba desde siempre, no respondió. No por descortesía, sino porque infinito es una palabra que se le queda chica, como
una camisa heredada. En un universo así, el fin no es un punto, sino una costumbre: algo que se ensaya, se posterga, se olvida y vuelve a intentarse con otro nombre.
En el pueblo —un pueblo al que nadie recordaba haber visto nacer— los gobiernos pasaban como estaciones mal escritas. Algunos duraban lo que un aguacero; otros parecían eternos, no porque lo fueran, sino porque se repetían a sí mismos con una obstinación casi geológica. Eran administraciones que no terminaban nunca, o eso creían, y los habitantes aprendieron a vivir dentro de esa infinitud, como quien se acostumbra al zumbido constante de un motor que nunca arranca y no puede irse.
Los pueblos sufren esas infinitudes, claro está. Sufren como
sufren las piedras cuando el río insiste. No gritan, no protestan: se pulen. Y en ese pulirse pierden a veces la memoria de la forma original.
Un día —porque incluso lo eterno se cansa— la gobernabilidad llegó a su fin. No fue un estallido, ni un desfile, ni un acto solemne. Fue más bien un silencio raro, como cuando el ventilador se apaga y uno tarda en notar que el calor sigue ahí. Entonces empezó a pasar de todo.
Los relojes avanzaron dos minutos sin permiso. Las palabras “antes” y “después” intercambiaron sus significados durante una semana. Y ciertos personajes, esos que habían aprendido a obedecer con la destreza de un truco circense, comenzaron a comportarse de manera extraña.
Primero fue uno: amaneció rascándose detrás de la oreja, atento a cualquier silbido invisible. Luego otro, que no pudo dejar de olfatear el suelo del despacho donde antes firmaba decretos. No tardó en hacerse evidente: algunos se estaban convirtiendo en perros.
No era un castigo, ni una metáfora —aunque podría haber sido ambas cosas si alguien hubiera sabido explicarlas—. Era simplemente la continuación lógica de una vida amaestrada. Habían aprendido a sentarse, a dar la pata, a atacar cuando se les señalaba el enemigo. El fin les quitó el amo, pero no el entrenamiento.
Los nuevos perros no ladraban de rabia, sino de desconcierto. Caminaban por las plazas buscando órdenes, y al no encontrarlas, se echaban al sol con una fidelidad inútil. Nadie los expulsó. Nadie los adoptó. El pueblo, que había sobrevivido a la infinitud, los miró con una mezcla de pena y reconocimiento.
Porque entonces comprendieron algo que el Fin había intentado decir desde el principio: que el fin no es un corte limpio, sino un territorio confuso donde todo puede pasar. Que incluso lo que parece eterno termina, y que lo verdaderamente peligroso no es la infinitud del
poder, sino la costumbre de obedecerla.
Esa noche, el universo siguió siendo infinito, pero en el pueblo alguien escribió en una pared, con tiza temblorosa: el fin existe, aunque no siempre se note. Y un meteorito de luz —quizás una idea, quizás un recuerdo— cruzó el cielo como si iluminar las nubes pudiera dejar rastro de lo cierto.
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