9 de enero
Cuando el hombre creyó adelantar al sol
1969 — Vuelo inaugural del Concorde
El 9 de enero de 1969, el Concorde despegó por primera vez.
No fue solo un avión: fue una declaración.
El hombre afirmando que podía llegar antes que el día, que podía vencer al reloj, que la velocidad era una forma de eternidad.
El Concorde cruzaba océanos más rápido que el sol.
Despegaba de Europa y aterrizaba en América antes de que el amanecer terminara de ocurrir.
Durante un tiempo breve —muy breve— pareció que el tiempo había sido derrotado.
Pero el tiempo nunca compite.
Solo observa.
Yo estuve ahí —dice el Tiempo—
cuando celebraron el rugido de los motores
y confundieron avance con permanencia.
Creyeron que llegar antes era vivir más.
Que acortar distancias era lo mismo que comprenderlas.
Que correr bastaba.
El Concorde fue exclusivo.
No era para todos.
No era para siempre.
Mientras unos pocos cruzaban el cielo,
la mayoría seguía esperando trenes lentos,
filas largas,
horas que no despegaban.
El progreso fue real,
pero no fue justo.
Y el tiempo tomó nota.
Décadas después, el Concorde fue retirado.
Demasiado caro.
Demasiado ruidoso.
Demasiado rápido para un mundo que no supo qué hacer con esa velocidad.
El avión quedó en museos.
Quieto.
Silencioso.
Convertido en recuerdo.
Yo no lo destruí —dice el Tiempo—
solo esperé.
Porque todo lo que se construye para vencerme
termina dependiendo de mí para ser recordado.
El Concorde no murió en el aire.
Murió en el calendario.
Y así aprendieron —o debieron aprender—
que no se trata de llegar antes,
sino de saber a qué se llega
y a quién se deja atrás.
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Reflexión final
El tiempo no castiga la ambición.
Castiga la soberbia de creer que es eterna.
No todo lo que avanza permanece.
No todo lo rápido perdura.
Algunos logros existen solo para recordarnos
que incluso la velocidad
tiene fecha de caducidad.
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