Camilo era uno de esos niños que de tan bellos se convierten en objeto de devoción, centro de atención, hipnótico abismo de las miradas. Un auténtico sumidero de los ojos. Algo fantasmal y siniestro en la risa angélica, en la carne de los labios y en los brinquitos infantiles, lo hacía bello e impúdico, bueno y trágico, cálido y fiero. Devolvía una palabra generosa cuando lo insultaban y sabía ser severo cuando quería. Peleaba con destreza a puño limpio y vencía a todos los de su edad en los juegos de combate y velocidad. En secreto, hasta los tenderos y los lustrosos pandilleros del barrio lo amaban, porque verlo era un placer sereno, apenas enturbiado por el deseo de encarnar en su cuerpo y sentirse mirado como a él lo miraban. Lo envidiaban porque Camilo era lindo hasta dolerle a uno: uno no se lo podía quedar para sí, guardárselo corazón adentro, llevárselo de souvenir, metérselo en las pupilas para verlo todo el tiempo. Y eso dolía. Tenía la belleza fulgurante de las imágenes sagradas y aureoladas que iluminan la escena del milagro o del crimen, o de ambos a la vez, como el Cristo vencido de Bojayá. ¡Sí! Camilo era la frágil y dolorosa belleza del Cristo mutilado de Bojayá. Y era un niño cuando descubrió fascinado dos partes sorprendentes en la geografía de su cuerpo: la lengua y las huellas digitales de las manos y los pies, las regiones más exóticas del cuerpo humano, esas que perteneciéndole le resultan ajenas. Como se sabe, exótico es lo que estando junto parece lejano, lo que estando adentro se desprende, lo que siendo cercano se ignora. Y cualquiera que preste suficiente atención a la lengua y a las huellas digitales notará que son cosa de otro mundo, cosa inhumana, extravío en nuestro cuerpo. Un misterio y un enigma.
Cuando Camilo le preguntó al abuelo grande de dónde venía la lengua, el viejo Marcelo primero se río breve, y luego alargó la risa antes de contarle un relato que debía haber reservado durante mucho tiempo para ese preciso momento. Porque además de su buena presencia, a Camilo lo perseguía la fortuna, y cada quien quería obsequiarlo con algo exquisito, delicado, singular. Y Marcelo se complacía regalándole historias que no importaba si falsas o ciertas. Antes de empezar el relato, el abuelo grande le entregó a Camilo un cuchillito de piedra gris como las que abundan en los ríos. Guárdalo, es muy antiguo, le dijo.
«Niño mío –empezó a contar el abuelo grande-, no me lo vas a creer pero hubo un tiempo en que las personas no hablaban, ni gritaban, ni podían pedir cosa alguna con las palabras. No existía la voz humana, ni los chillidos, ni la risa que conoces. Con golpecitos y movimientos del cuerpo se comunicaba la gente; se confiaban los sentimientos y las emociones como hacen los macacos, usando gestos, saltos, palmadas, y meneando las carnes. ¿Has visto cómo conversan los sordomudos? Pues bien, en esos lejanos días la cosa entre humanos era semejante, sólo que más complicada, porque las personas no se limitaban a gesticular: bailaban y bailaban de una manera armoniosa y compleja, y en el ritmo de los movimientos, en las cadencias, en los giros de pies y manos estaban encarnadas las palabras por decir, los relatos por contar, las sensaciones por expresar, las ideas por compartir. Imagínate a muchas personas bailando una continua y permanente danza hindú. ¿Alcanzas a entender todo lo que podía decirse esa gente bailando? El baile era el único lenguaje que tenían. De esos tiempos nos queda el oscuro y recóndito placer de bailar. Allí recuperamos por momentos la memoria de ese lenguaje antiguo ya extinto. Y cuando hacemos el amor también se entreabre una puerta de acceso a esas remotas circunstancias. Pero sólo por un instante. En esos días no era un instante, sino todo el día, toda la vida, todo el tiempo. Así transcurrían las cosas en esa sociedad sin habla. Era una sociedad gozosa y satisfecha. Una sociedad que bailaba todo el día. Imagínate lo que sentían esos cuerpos, la fiesta sin palabras dominaba sus almas. Por eso enmudecemos cuando los placeres del cuerpo se empinan hasta cumbres muy elevadas. Allí volvemos a ser, brevemente, lo que fuimos entonces: callados bailarines. El goce diario de esa gente silenciosa era superior al que acumulamos a lo largo de una de nuestras vocingleras vidas. ¿Ahora entiendes por qué los monasterios callan y los monjes parecen danzar mientras caminan; por qué todos los pueblos del mundo bailan; y por qué los carnavales remedan una danza orgiástica? Porque el baile en silencio fue el lenguaje primigenio, el primero, el de origen. A falta de lengua en la boca, estos mudos dichosos usaban todo el cuerpo para hablar.
»En esos días, un niño como tú, curioso e inquieto él, se alegraba y conmovía de los sonidos del agua, del viento, de la tierra, de los pájaros y de los lobos; pero cuando comprendió que casi todos los animales hacían algún tipo de ruido con la boca, no consiguió resignarse a la mudez de los hombres. Entonces Mawiki –que así se llamaba el niño- decidió atrapar un cucarrón y ponérselo boca adentro cerrándola fuerte para que no se le escapara. Y ese día se la pasó corriendo de aquí para allá sorprendiendo a todos con ese zumbido sordo y persistente que le venía como del estómago. Unos días después atrapó un colibrí y repitió el procedimiento: se lo guardó en la boca para asombrar a todos, que no se explicaban cómo se las arreglaba para producir ese ruido, un susurro casi inaudible. El aleteo se apagó pronto porque a Mawiki se le ahogó el colibrí en la boca.
»La gente estaba entre divertida y horrorizada con el poder del niño, que se alzaba con un sonido distinto cada día. Ocultó en su boca un sapo, un tití, una mosca, una cigarra, una mariposa, varias ranas de colores diversos, un grillo, trece pájaros distintos y pequeños, un pichón de gallineta y un ratón. Y con el correr de los días la gente lo llamó el pequeño dios de los sonidos. Y Mawiki adquirió un poder extraordinario entre las personas, que le temían y le adoraban. Algunos se quedaban inmóviles cuando pasaba junto a ellos. Aquietar el cuerpo en una sociedad de bailarines era el equivalente al sobrecogimiento y el silencio que guardamos nosotros ante una presencia sagrada y venerable. Y Mawiki se hizo arrogante, terrible y perezoso: ya no ayudaba en las labores de la comunidad, ya no pescaba como hacía antes, no cortaba madera para mantener vivo el fuego en las noches, ya no buscaba nuevos manantiales de agua y –lo peor- había decidido ordenar la muerte de quien osara mirarle a los ojos. Por obra de sus designios y caprichos, murieron varios niños como él, algunos ancianos y su propia madre. Los guardianes del pequeño dios de los sonidos portaban porras y cuchillos de piedra con los que apaleaban, herían o degollaban a quien perturbara el sueño y la mirada de Mawiki. –Dicen que el cuchillo que te he obsequiado perteneció a uno de aquellos hombres sanguinarios-. El pequeño dios ya ni siquiera se molestaba en buscar animales y ocultarlos en la boca para producir nuevos sonidos misteriosos: le bastaba con aparecer una vez cada día en la puerta de la cabaña grande, observaba a la gente inclinarse en reverencia, examinaba a cada uno en busca de algún indicio de insubordinación, un pequeño asomo de protesta, alguna señal de resistencia, y cuando lo descubría castigaba al pobre mandándole un aporreador inclemente.
»Numgamta era una niña cuando Mawiki, viejo y cansado de gobernar, le heredó el poder a cuatro de sus hijos, que habían aprendido el secreto para producir sonidos ocultando animales en la boca. Uno gobernaba la región del norte, otro la del sur, la hija menor gobernaba el oriente y el mayor de los hijos gobernaba el occidente. Numgamta vivía en la región de occidente, en donde el hijo mayor de Mawiki había superado en crueldad y ambición al padre. Los tributos eran tan altos en occidente que durante los periodos de sequía la gente –desabastecida- debía migrar hacia el sur para subsistir.
»Numgamta amaba los animalitos, cuidaba de ellos, incluso de los peligrosos y mortales. Sus ojos negros parecían aplacar la fiereza de los más salvajes, sobre todo los tigres y osos; y sus manos hacían más dóciles a los quisquillosos ratones y conejos. Un día Numgamta descubrió un animal que nunca le había enseñado su madre: la lombriz. Oculta siempre en la tierra, la lombriz no merecía el más mínimo interés y aprecio entre la gente. Era muda como los hombres, no era comestible, tenía una apariencia viscosa y repugnante. Era un animal vulgar que abundaba en los días lluviosos y en la tierra húmeda de los sembradíos. Además la lombriz se comía la semilla y malograba las cosechas, según creía la gente. Entonces la lombriz era quizás el animal más insignificante sobre la tierra.
»Pero a Numgamta le gustó. Solía ponerse una en la palma de la mano y se pasaba el tiempo observándola deslizarse en busca de humedad, sombrío y humus. Y un día de mucho sol y calor en que el barro se había resecado de tan largo el verano, Numgamta encontró a una lombriz flaquita que agonizaba bajo la resolana. El agua escaseaba y la gente de la región occidental tenía que desplazarse hacia el sur para encontrar manantiales y hacer las siembras. Como el viaje sería largo, Numgamta se puso la lombriz en la boca, el único lugar húmedo y oscuro en que podía protegerla, y emprendió la marcha con toda su comunidad. Tras un día de camino se acostaron a descansar en una zona de árboles enormes. Numgamta, que estaba cansadísima, se durmió apenas puso la cabeza entre la cómoda hojarasca. A la mañana siguiente, cuando los despertó el sol de verano, Numgamta se dio cuenta que había perdido la lombriz. Ya no estaba en su boca y no la encontraba alrededor. Seguramente se le había escapado mientras dormía. Triste, Numgamta escarbó en busca de otra, pero las que no se habían muerto estaban en lo más profundo de la tierra debido a la canícula. Entonces no quedaba más que emprender una nueva jornada de camino arrastrando consigo su pequeño desconsuelo. Pasaron doce días con sus noches hasta alcanzar la región de los tigres. Allí ocurrió la matanza que dejó huérfana a Numgamta y a trece niños más. Se sabía que cruzar esa zona implicaba riesgo de muerte para algunos viajeros, pero en esta ocasión a la fiereza de los felinos se añadió la ponzoña de las víboras que envenenó a varios. Numgamta se salvó porque el tigre que descuartizó a su madre se hizo dócil en cuanto vio a la niña. Los que no fallecieron allí, murieron mientras avanzaba la marcha. Cuando llegaron a destino habían perdido al menos un tercio de los que habían iniciado el viaje. Cayeron los más viejos debido a la extenuación y el hambre; murieron muchos bebés de brazos y varias mujeres en embarazo. Los tigres se devoraron a seis hombres jóvenes y cinco mujeres. Al final, los que sobrevivieron fueron recibidos con amistosos rituales y obsequios por la gente del sur, que les ayudó con las siembras. Y allí estuvieron los siete meses siguientes hasta que debieron emprender el viaje de retorno en los días de invierno, seguros de que los tigres se habían desplazado hacia el oriente.
»Al regresar a casa, Numgamta se sintió enferma. Tenía la barriga inflada y vomitaba con frecuencia. Como había quedado huérfana, no recibía todo el cuidado que hubiera requerido. La gente de la comunidad se limitaba a proporcionarle un poco de alimento y a cubrirle el cuerpo con yerbas que no le ayudaban a bajar la fiebre, pero le calmaban el malestar.
»Y un día de mucha lluvia en que Numgamta apenas si había conseguido conciliar el sueño, se despertó con un dolor enorme en el bajo vientre. Algo allí adentro iba a estallar y sabía que moriría sin falta esa tarde. Dos mujeres vinieron a atenderla cuando supieron que se retorcía en cama. Se sorprendieron al notar que la niña, menos que herida de muerte, estaba a punto de parir. El desconcierto fue general, pues nunca había estado con un hombre. El trabajo de parto se prolongó esa tarde y la noche entera, y siendo madrugada nació una niña pequeñita. Numgamta sonrió calmada y bailó la alegría porque lo comprendió todo: su hija había sido concebida por la lombriz que creyó haber perdido de camino hacia el sur. No se le había escapado: se la había tragado.
»Lo que sí estremeció a Numgamta y a las mujeres que la cuidaban fue ese sonido agudo que salió de boca de la bebita. Del susto, Numgamta estuvo a punto de dejarla caer mientras las dos mujeres salían corriendo despavoridas. Su niña, pensó Numgamta, era más poderosa que Mawiki, porque recién nacida ya hacía un sonido tan intenso como el aullido de los monos en las noches y el de los pichones cuando tenían hambre. Le abrió la boca para saber qué secretos guardaba y descubrió dentro una lombriz húmeda, rosada y ancha que se agitaba. Y al fondo de la garganta entrevió la cola de la lombriz, que vibraba con los gritos de la niña. Numgamta estaba en esas, examinando las maravillas de su hija, cuando una multitud se abrió paso hasta su cabaña: venían a ver al nuevo dios. Y todos se arrodillaron al escuchar el llanto de la niña.
»La noticia se esparció en cuestión de meses por las cuatro regiones, y una tarde de resolanas, justo antes de emprender un nuevo viaje hacia el sur, un séquito enorme de garroteadores, comandado por Mawiki y sus cuatro hijos, llegó hasta las puertas de la cabaña de Numgamta. Venían con malas intenciones. Numgamta salió a ver qué pasaba. Afuera descubrió, asombrada, al envejecido Mawiki, sentado en un enorme trono de caoba. Numgamta lo miró a los ojos, un gesto que irritó hasta al más benévolo de los hijos, el gobernante del sur. Mawiki enfureció. De su boca salió el sonido de cientos de grillos. Varios se sintieron mareados con la algarabía, pero Numgamta no. Detrás estaba su niña que ya caminaba. La pequeña miró los ojos de ese viejo de rostro agrio, dio algunas vueltas alrededor de Mawiki y emitió un gorjeo que puso a temblar a los hijos del Dios de los Sonidos. Pero Mawiki no se inmutó. Ocultó el rostro debajo de su oscura capa, guardó en la boca un sapo ruidoso y enfrentó a la pequeña: el croar de Mawiki asustó a la niña, que se echó a berrear con tanta fuerza que los garroteadores se arrodillaron, y el propio Mawiki se tambaleó en el trono. Todos dieron varios pasos hacia atrás, excepto el Dios de los Sonidos, que se esforzaba por no temblar. Entonces, con movimientos inseguros, volvió a ocultar el rostro en la capa y se guardó en la boca una cigarra que chilló cuando la apretó con los dientes. Y a la niña le pareció divertido el canto de la cigarra y comenzó a reírse y a balbucear un montón de palabras que terminaron por derrumbar a Mawiki: el viejo se tiró de bruces sobre la tierra. La niña se le acercó y comenzó a jalarle juguetonamente las barbas, se le trepó a las espaldas y saltó sobre el dios vencido, que sólo aguardaba un rayo fulminante. Pero no hubo rayos, ni tormentas, ni truenos, ni volcanes que se tragaran al aterrorizado Mawiki. No pasó nada. La niña de Numgamta se limitó a entrar en la cabaña y se acostó a dormir porque estaba cansada. Entonces el Dios de los Sonidos se retiró aturdido y desolado, con su cortejo. Su poder había terminado.
»La niña creció y tuvo tantos hijos con tantos hombres que los dioses con lombriz, como les llamaron, se multiplicaron hasta hacerse comunes. Y fue uno de ellos, entre los muchos, el encargado de contar por primera vez esta historia que, con el correr de los días, se llenó de detalles y de nombres específicos, pues antes no había palabras para designarlos; y los incontables narradores que le sucedieron, se encargaron de avivar el relato, hacerlo más largo y legárselo a la humanidad para que recordara cómo llegó hasta nuestra boca esta lombriz rosada que llamamos lengua.
»Pero la gente olvidó para siempre el antiguo lenguaje del cuerpo. Y los vencidos dioses del sonido se apagaron».
Así eran las historias de Marcelo, el abuelo grande. Camilo guardó con cuidado el cuchillo de piedra en uno de los bolsillos y agradeció el relato. Desde entonces la lengua se volvió para el hermoso niño un objeto de culto y adoración. La llamaba la hija de Numgamta y tenía fotografías de su lengua, unas enormes y otras minúsculas, adornando las paredes de su cuarto.
Y si el abuelo grande lo condujo hasta la lengua, las conversaciones con el abuelito pequeño le descubrieron el camino hacia un hallazgo mayor. El abuelito Tulio solía responder a las preguntas con nuevas preguntas y problemas que Camilo debía resolver en pocos días si quería obtener un premio suculento: frutas raras, un calidoscopio, monedas antiguas, un insecto disecado, helados enormes, un reloj desarmable, rompecabezas. Si el abuelo grande le avivaba la imaginación con sus historias, el abuelito pequeño le estimulaba las ganas de aventuras.
¿Y por qué existen las huellas digitales?, le preguntó con entusiasmo Camilo a Tulio. Y el abuelito se limitó a observarlo a los ojos y contrapreguntarle: ¿y qué quieres hacer con ellas? Y tres días después Camilo le contestó de esta manera: ¡quiero escucharlas!
Esa respuesta desencadenó la experiencia creativa en que se funda una de las más poderosas y prometedoras industrias culturales del momento: la de la «música de superficies».
Camilo tenía diecisiete años cuando descubrió que digitalizando las huellas de la mano, mediante un escáner, podía transformarlas en sonido. Cada huella digital era una sinfonía posible, un sonido peculiar, una tonada potente, si se encontraba la combinación adecuada de instrumentos y ritmos. Con un par de socios del colegio desarrollaron un software de conversión que transforma los surcos de la mano en música a través de un complejo programa que examina y prueba randómicamente y a altísima velocidad cientos de miles de instrumentos, ritmos y mezclas hasta encontrar la combinación que mejor se adecua a la imagen escaneada. De esta manera cada mano calza con una melodía única y singular después de descartar cientos de millones de combinaciones posibles.
Luego de probar con las huellas digitales de las manos, extendieron la técnica a otras partes del cuerpo: la piel, el iris de los ojos, el cabello, la lengua y el vello pubiano. «Tu superficie es música: deja que suene», reza el lema de Música de Superficies y Huellas (MUSH). La empresa recibe a través de la red las solicitudes de conversión a MUSH de cualquiera superficie del cuerpo y por un costo relativamente pequeño se envía al solicitante el archivo musical con la mejor melodía sintetizada por el programa. En algunos casos se trata de auténticas sinfonías, piezas maestras de envidiable factura; en otros casos, no pasan de ser tonadillas simplonas. El MUSH de un gato apestoso que atraparon en la calle, les permitió a Camilo y sus socios disfrutar durante meses de una pieza musical exquisita. En cambio se decepcionaron con el que generó el elefante viejo, casi bíblico, del circo mexicano.
La empresa inició actividades en el garaje de la casa de Camilo y hoy tiene sedes en las principales ciudades de Estados Unidos, Europa y América Latina, con facturaciones que alcanzan cerca de 250 millones de dólares anuales por servicios de producción de MUSH y por ventas del software que desarrollaron. Los servicios incluyen MUSH de la superficie deseada y parte del GARBAGE, es decir algunos de los MUSH descartados o desechados por el programa. La empresa se compromete a no conservar, copiar o reproducir los MUSH que genera, de esta manera garantiza que cada persona sea dueña exclusiva y propietario intelectual de su propio MUSH.
Las personas suelen obsequiar MUSH en eventos especiales de carácter familiar (cumpleaños, matrimonios, grados). Y lo más interesante, dice Camilo, es que como las superficies del cuerpo cambian con los años, cambia también la música que producen. No es lo mismo el MUSH de cuando eras bebe al MUSH de la edad adulta.
Algunas empresas están examinando la posibilidad de usar MUSH como mecanismo de control, seguridad y registro de los empleados. Y dos investigadores del MIT están convencidos de que, mediante el MUSH, es posible detectar o diagnosticar ciertos tipos de patologías y leer indicios de eventos catastróficos por venir (cuadros de infarto cardiaco y cerebral, algunos tipos de parálisis facial y ataques de epilepsia).
De otro lado, algunos creadores de música están basando en sus MUSH personales algunas de sus composiciones, y hay emisoras musicales y un canal global de tv que transmite 24 horas diarias de MUSH. Y los bares y discotecas MUSH prosperan en las grandes ciudades. El MUSH mezclado de una pareja de niños que murió de hambre en Cali, se convirtió por meses en el disco más escuchado a nivel mundial durante el último año. Los ingresos por ese concepto fueron recogidos por Unicef y reinvertidos en la ciudad en programas de seguridad alimentaria, que apenas comienzan a replicarse en otros países.
Contrario a lo que pudiera imaginarse, los del planeta Tierra visto desde el espacio y los de la selva amazónica fueron MUSH aburridores y decepcionantes. También fueron sosos los del mar y la arena de las playas. Pero conmovió a muchos el de la cara visible de la Luna.
Mediante fotografía satelital o aérea se han hecho MUSH de ciudades completas. El de la ciudad de Manizales es uno de los más hermosos de Colombia y son horribles los de Miami, Nueva York y Londres. Entre las ciudades de Europa siguen siendo favoritos el de Berlín y Praga. Pero sin duda alguna, el MUSH de Zagreb se lleva todos los laureles entre las ciudades del mundo: es inevitable llorar de emoción mientras se lo escucha. Algunas ciudades ya usan sus MUSH para musicalizar las imágenes que las identifican, y cientos de urbanistas están probando un procedimiento inverso: usando música específica generan, mediante el programa, la imagen de la ciudad imaginaria que le corresponde. Las más bellas ciudades han venido de algunas piezas musicales de Mendelssohn y de algunas tonadas de música salsa. Es uno de los usos más interesantes del MUSH regresivo. También varios movimientos de artistas plásticos han experimentado con MUSH regresivos para generar piezas pictóricas e instalaciones digitales a partir de obras y fragmentos musicales. Otros han probado con la creación de rostros y cuerpos digitales a partir de MUSH sintéticos.
Hay personas empeñadas en hacer el MUSH, no autorizado, de cuanta figura pública recién muere. En algunos países, el MUSH del presidente en el poder precede al himno nacional durante las ceremonias públicas. Y hay quienes aprovechan su propio MUSH para promoverse a cargos de elección popular, como el candidato a la presidencia de Chile que descubrió similitudes asombrosas entre su MUSH y el himno nacional. Luego se supo que había sido un MUSH hábilmente manipulado para efectos de la campaña.
Pero Camilo es optimista y entusiasta. Piensa que el MUSH es el equivalente exacto a la aparición de la lengua en la hija de Numgamta. Es cómo si hubiéramos encontrado otra manera de hablar, oculta durante millones de años en los pliegues del cuerpo y en las superficies del mundo. Los abuelos lo pusieron en la senda de un descubrimiento cuyas consecuencias son todavía impredecibles. Es la síntesis del espacio y la música en un único lenguaje. Yo me imagino el día en que las personas, sin necesidad del MUSH, puedan escuchar las piedras y la piel, porque el MUSH no es más que un traductor, y un día podremos prescindir de él. Entonces, literalmente, escucharemos las estrellas. Eso cree Camilo.
Esta tarde, cuando Camilo está cumpliendo 22 años ha decidido obsequiarse a sí mismo un regalo especial. Está sentado en el andén de alguna calle de Cali. Al lado tiene un pequeño equipo de sonido. En la mano, un disco compacto con su propio MUSH Total, cada milímetro de sus superficies corporales convertido en música. En casa de herrero, cuchillo de palo: nunca había hecho el suyo. Será hermoso, sin duda, porque hermoso es su cuerpo y su piel y el color de sus labios y de sus ojos oscuros; y rosado intenso, casi rojo, es el color de su lengua, la hija de Numgamta. Y tiene el cabello rizado y brillante como el de Marcelo, su abuelo grande; y las huellas de sus pies y manos son limpias y profundas como las del pequeño abuelo Tulio. Confía en que su MUSH-T será delicado y suave como sus dedos. Se lo imagina divertido como una ópera rock, con descargas de guitarra eléctrica y largos solos de piano y violín. Ama el violín.
A su lado hay una copa de cristal y una botella de vino de maracuyá. Está helada. Se la ha bebido toda. Enciende el equipo, introduce el disco y echa a andar el reproductor. Escucha su MUSH…
Estaba tendido y desnudo sobre el pavimento cuando lo encontraron. Tenía un corte profundo en la garganta y apretaba en la mano el afilado cuchillo de piedra con que se había cercenado el cuello. En el equipo de sonido, el susurro eléctrico del aparato encendido. Nada más. No había nada más allí. Ni un acorde. Ni una nota. El MUSH de Camilo era un largo y gélido silencio como la callada presencia de los hombres antes de Mawiki y Numgamta. Y si el pobre no tenía MUSH, no tenía belleza. Y si no tenía belleza, no tenía armonía. Y si no tenía armonía, no tenía música. Y si no tenía música, no tenía alma. Y si no tenía alma, no tenía vida. Y si no tenía vida, ¿para qué esperar?
De alguna manera, Mawiki estaba contento. Uno de esos dioses con lombriz había caído abatido como suelen derrumbarse los dioses: por mano propia. Y era el más bello e ingenioso de todos, sin duda. Destronado Mawiki por los dioses con lombriz, era claro que alguna vez vendrían unos nuevos, pero nunca imaginó que fuera tan pronto.
Los ruidosos herederos de Numgamta, esos usurpadores del sonido, habían destruido el baile silencioso de los antiguos al descubrir la lengua, habían ensuciado las palabras vaciándolas de todo sentido y todo premio; con sus voces y cantos habían arruinado la música de las aves y los ríos, la tranquilidad de las noches, el reposado fluir del tiempo y el centelleo sin ruido de las estrellas. Y ahora querían saquear y arruinar los sonidos que se ocultan en las imágenes, en el espacio, en las cosas, en las superficies, en los pliegues.
Pero el pobre Mawiki sabe la triste verdad: un día los dioses del mush lo tomarán todo, destilarán hasta la última gota de música y melodía, absorberán desde el sonido de los colores hasta el de las transparencias y el fuego, desde el sonido de las briznas de polvo hasta el del polen y los astros, desde el sonido de la tierra roja hasta el de las flores secas y marchitas. ¡Todo! Nada quedará oculto. No habrá más enigmas. El mundo de los hombres se llenará de música, y olvidarán por completo la antigua lengua del cuerpo. Bailarán cada vez menos, eso es seguro. Ahora mismo casi no lo hacen. Bailan solos, cada quien sumido en su propio desconsuelo. Ya ni siquiera importa conservar el ritmo. ¿Qué fue de los frágiles recuerdos del primer lenguaje? ¿Qué fue de aquellas danzas colectivas, de esos pasos que enlazaban el cuerpo de cada uno con el de los otros?
Cada nuevo dios hecha una capa de olvido sobre la danza primigenia y original. Aunque no quiera reconocerlo, el propio Mawiki contribuyó a ello al liberar los sonidos de la servidumbre animal y mimetizarlos engañosamente en la boca. También él había malherido en parte el lenguaje primordial. Y la hija de Numgamta no había hecho otra cosa que agravar el daño al apropiarse los sonidos existentes y entregárselos a la húmeda lengua, que sabía imitarlos. Pero la primera idea vino de Mawiki, y de la lombriz, que de esa manera cobró venganza por el histórico desprecio de los hombres. Entonces, los dioses del mush sólo estaban allí para terminar el trabajo que había empezado el pequeño Dios de los sonidos. Todo finalmente se concentraría en los oídos y muy pocos saberes le serían confiados al resto del cuerpo, incluida la lengua. Un día, con el correr del tiempo, los hombres terminarían quietos, inmóviles, arrobados y extasiados por el MUSH. Y Camilo hará su postrera y más importante contribución a ese sino fatal: el MUSH de sus cenizas funerarias.
Será una espléndida pieza musical, serena fusión de salsa y rock, conmovedora melodía, hipnótica inmersión, abismo de los escuchas, voluntaria caída al vacío. Será tan deliciosa que nadie bailará, nadie necesitará mover el cuerpo, nadie tarareará las notas, nadie deseará nada más que escucharla. Será el mismísimo Nirvana colándose por los oídos. Los que la oigan se sentirán livianos y sutiles, incorpóreos, angélicos y santos. Y entonces querrán más y más y más de ese arrullo que anestesia y cura el dolor de vivir, de ese bálsamo que aquieta, de esa piel que mientras libera enclava, de ese cirio encendido que les apaga el cuerpo y les congela el alma.
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