La Estafa de la Celebración

La Estafa de la Celebración

yesica Vergara

09/01/2026

Se suponía que era mi día de descanso. La empresa me lo debía por mi cumpleaños, pero preferí el refugio del trabajo al silencio de mi casa. Sabía que había pendientes, pero en el fondo, el verdadero pendiente era yo.

Sin embargo, terminé ahí: sentada a la mesa en una reunión que yo misma había provocado. Me preguntaba cuál era el afán de salir de casa para terminar sumergida en conversaciones vacías y silencios que pesaban más que las palabras. Sentí esa punzada de pena ajena al ver cómo todos evitábamos mirarnos a los ojos, esperando con ansias que llegara la comida para tener, por fin, una excusa para callar y masticar en paz. El alivio de los platos duró poco. Con la cuenta llegó la realidad: mis compañeras transfirieron su parte, mi hermana se escabulló al baño con mi sobrina, y el mesero quedó ahí, de pie, como un juez esperando una sentencia. En un impulso que no supe frenar, le pasé la tarjeta a mi cuñado para liquidar la deuda de todos. Al final, cada quien tomó su rumbo; pero mientras los demás se iban satisfechos, yo descubrí que mi vacío no se llena con comida.

No sé en qué momento el tiempo se volvió de plomo. Escuchaba las conversaciones como un ruido de fondo, mientras mi rostro dibujaba una sonrisa y fingía un interés que no era real; me hundía en una apatía increíble. El trayecto hacia el parqueadero fue un calvario; cada paso me dolía en el ánimo. Al subirme a la moto, no sabía qué dirección tomar. Mientras aceleraba, el viento me traía pensamientos amargos: esa cantidad de dinero me habría servido para un viaje yo solita, y hasta me hubiera sobrado. La tristeza me golpeó con claridad: no estaba donde quería estar, ni con quien quería estar. Quizás lo mejor era estar sola en algún lugar de Medellín.

Al entrar al apartamento, me encerré en mi habitación como quien busca refugio. Me despojé de cada prenda y me tumbé en la cama; apagué las luces y me entregué al silencio. ¿Qué más podía pasar en este día tan largo y corto a la vez? Es mi cumpleaños, pero no siento emoción. La pantalla del móvil iluminó la oscuridad con ironía; vi las notificaciones de felicitaciones sin abrirlas, sintiendo el peso de la hipocresía digital.

Ahora trato de sumergirme en lo que siento mientras mi estómago rechina como si tuviera hambre, pero no siento el deseo de comer. Es un quejido seco de un cuerpo que no reconozco. Faltan quince para las doce y el sueño empieza a ganarme. Es increíble cómo trato de organizarme para madrugar mañana, a pesar de que me siento estafada por este día.

Como último acto, abro mi cuenta bancaria. Veo que me estoy rompiendo cada día más. Repaso mentalmente quién me debe dinero y empiezo a anotar. Necesito recuperar mis pedazos. Cierro los ojos con una presión en el pecho, esperando que el olvido del sueño sea más generoso que la realidad de mi cumpleaños.

EL SALDO DELSILENCIO

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