Llegamos a la ciudad un sábado, después de las vacaciones, después de la calma.

Volvíamos del hogar, del calor, de esa tregua breve en la que el mundo parecía menos hostil. Llegamos por la música, o eso dijimos. Tal vez fue la ciudad misma la que nos llamó con su promesa de caos. Quizás lo necesitábamos. Quizás queríamos probar si aún éramos capaces de resistirlo.

Yo te acompañé. Te ayudé. Te sostuve como quien cree que amar es una forma de vigilia.
Y entonces llegó él.
El que trae la sombra.

Llegó con su ruido, con sus groserías, con ese narcisismo fatigante que ocupa el aire y lo vuelve irrespirable. Se hizo insoportable sin proponérselo —o tal vez sí— aun sabiendo que te importa, aun sabiendo lo que yo te importo. Él lo sabía. Y eso lo hacía peor.

Lo ignoré. Te juro que lo intenté.
He aprendido a callar, a evitar conflictos, a retirarme antes de que el exceso me trague. A desconfiar de esas noches que no purifican, que no liberan, sino que hunden. Me quedé al margen, como quien se entrena para desaparecer sin hacer ruido.

Llegó el día esperado y con él, el cansancio.
El estrés crecía y, como un mal presagio, un susurro me atravesó: la incomodidad se acercaba.
Y allí estaba, inevitable, la sombra.
Ese ser que, quizá sin saberlo, me había herido. Una presencia capaz de desestabilizarme con solo existir cerca. No demasiado cerca, pero nunca lo suficiente lejos.

Tu amigo estaba allí.
Y él sabía.
Sabía que esa persona iría. Sabía cuánto me incomodaba. Y aun así la invitó.

Callé.
Solo quería dormir.
Pero la ansiedad no me dejó. El cuerpo no olvida lo que la conciencia intenta perdonar.
Cuando por fin concilié el sueño, de madrugada, llegaste a abrazarme. Y entonces fue peor.

No soporté que subestimaras mi inteligencia.
Que negarás conocer a esa persona cuando fuiste tú quien le abrió la puerta.
No soporté que no fueras capaz de enterrarla en el pasado, de dejarla donde debía estar.

Y yo, mientras tanto, quedándome.
Como terapia de choque.
Como desgaste.
Como si el amor consistiera en resistir hasta no tener nada más para dar.

Así terminaron esas vacaciones.
Con menos confianza.
Con una calma aparente, cuidadosamente construida para no perturbar.
Como si el amor, ya herido, necesitara silencio para empezar a acabarse despacio.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS