El pesimismo de la inmortalidad.

​He olvidado, como tantos otros, los pormenores de mi nombre, pero no la espera. Mi abuelo decía que el hombre solo vive en el presente, ese punto infinitesimal entre dos eternidades; yo he descubierto que el hombre vive, sobre todo, en la víspera.

​Mañana es la palabra que justifica los naufragios de hoy. He pasado cuarenta años en esta celda —o tal vez en esta biblioteca, que para el caso es la misma forma del encierro— aguardando un evento cuya naturaleza desconozco, pero cuya necesidad acepto. Alguien me preguntó una vez cómo soportaba la humedad de los muros, la dieta de sombras, la humillación de la vejez. Le respondí que esos son los «cómos», los accidentes de la materia.

​Mi «porqué» es la mañana. No la mañana cronológica que marcan los relojes de arena, sino la Mañana platónica: ese instante en que se revelará el propósito de mi larga vigilia. Quien aguarda una revelación absoluta no puede sentirse herido por las espinas del camino. Si el destino me ha prometido un encuentro con la luz al final del corredor, poco importa si el corredor es de piedra o de espejos, o si el aire que respiro es el último.

​Sospecho que Dios, o ese azar con pretensiones de autor, nos concede el «porqué» como un talismán. Con él en el bolsillo del alma, el hombre puede atravesar el infierno con la indiferencia de quien va al teatro, sabiendo que el acto final redimirá cada una de las desdichas del prólogo. Mañana, tal vez, yo sea otro. Mañana, tal vez, yo sea el que siempre debí ser.

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