En el pueblo de San Jacinto del Viento, nadie recordaba cuándo comenzó la manía de Don Ezequiel por querer vivir solo. No solo de compañía, sino vacío del mundo. Decía que el hombre verdaderamente digno era aquel que no necesitaba a nadie: ni al vecino, ni al clima, ni a los muertos.
Construyó su casa en el límite exacto donde terminaba el pueblo y empezaba la ciénaga, como si quisiera negociar con la soledad sin comprometerse del todo. La levantó con sus propias manos, aunque nadie supo cómo consiguió la madera, porque jamás se le vio cortar un árbol. “Me la dio el monte”, respondía, y no admitía más preguntas.
Don Ezequiel respiraba hondo cada mañana, convencido de que el aire era suyo por derecho propio. Sin embargo, los viejos del lugar juraban que, cuando él inhalaba, las hojas del almendro frente a su casa temblaban como si reconocieran un viejo pacto. Ese almendro, por cierto, florecía solo de noche y soltaba un polen que hacía soñar a los niños con ciudades que no existían todavía.
Con el tiempo, el hombre empezó a notar rarezas. El agua de su pozo cambiaba de sabor según el humor de sus vecinos lejanos. Si Doña Remedios lloraba por su hijo ausente, el agua amanecía salobre. Si el cartero llegaba con buenas noticias, brotaba dulce como la caña recién molida. Don Ezequiel maldecía esas coincidencias y tapaba el pozo durante días, pero entonces la sed se le metía en los huesos como un castigo antiguo.
Una madrugada, mientras intentaba dormir sin sueños —porque también los sueños, decía, eran una dependencia innecesaria—, oyó voces bajo la tierra. No eran palabras, sino advertencias suaves, como las que se dicen las raíces cuando un hacha se acerca. Comprendió, con un escalofrío que no era del todo miedo, que los árboles del monte se hablaban entre sí, y que sabían de él más de lo que él sabía de sí mismo.
Esa noche soñó —a su pesar— que su cuerpo se desarmaba en millones de células diminutas, cada una reclamando la presencia de las otras para no morir de inmediato. Vio estrellas apagarse para que otras nacieran, vio libros escribirse solos con pensamientos prestados, vio manos invisibles sosteniendo su espalda cuando él creía caminar erguido por voluntad propia.
Al despertar, Don Ezequiel entendió lo impensable: su soledad era un lujo sostenido por una multitud silenciosa. El aire que respiraba venía de árboles que jamás había agradecido. El pan que comía llevaba el sudor de hombres cuyos nombres nunca aprendería. Incluso sus ideas —esas que defendía como propias— tenían el acento de maestros muertos y conversaciones olvidadas.
Al amanecer, lo vieron salir por primera vez hacia el centro del pueblo. No pidió perdón ni explicó nada, porque San Jacinto del Viento era un lugar donde las revelaciones no necesitaban traducción. Se sentó bajo el almendro nocturno y apoyó la espalda en su tronco, como quien reconoce un antiguo error.
Desde entonces, dicen que el pueblo está mejor. No por un milagro evidente, sino por algo más sutil: la gente se mira un segundo más a los ojos, el agua sabe más clara, y cuando alguien se empeña en creerse autosuficiente, el almendro deja caer una hoja sobre su cabeza, recordándole —sin palabras— que nadie vive solo, ni siquiera los que lo intentan con más fervor.
Porque en San Jacinto del Viento quedó claro, como una verdad que no necesita demostración, que somos apenas nudos de una red infinita, y que la vida no se sostiene en la independencia, sino en ese acto humilde y poderoso de reconocernos necesarios unos a otros.
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