El camino rojo y el bosque que sabía escuchar

El camino rojo y el bosque que sabía escuchar

Tuve un sueño lúcido.
Después supe —o recordé— que la neurociencia llama sueño lúcido a ese estado extraño en que la conciencia no duerme del todo ni despierta por completo, y el cerebro, como un animal curioso, decide caminar con una pata en la vigilia y otra en el sueño REM. Pero en aquel momento no pensé en neuronas ni en electroencefalogramas. Pensé, simplemente, que estaba allí.

Me encontraba sentado al borde de un camino de tierra roja, tan roja que parecía recién salida del corazón de la tierra. A mis espaldas quedaba la ciudad, una mole de edificios altos, de ventanas cansadas y bocinas lejanas, cuyo ruido llegaba amortiguado, como si el aire se hubiera puesto de acuerdo para no traerlo completo. Delante de mí, el camino se estiraba hacia una arboleda que temblaba en la distancia, como si respirara.

Entonces lo vi.

Un hombre avanzaba hacia mí por el camino. Llevaba un sombrero alado, no grande ni pequeño, pero con alas suficientes para parecer absurdo y natural al mismo tiempo. Caminaba como quien no tiene prisa ni destino, y el viento parecía moverle los pies más que él mismo. El aire, a su paso, se teñía de rojo, como si el polvo obedeciera solo a su presencia.

Sentí primero una incomodidad vaga, una sospecha. Luego lo comprendí todo de golpe: estaba soñando. Fue una certeza física, como un choque de ganas que me recorrió el cuerpo. Me levanté de un salto y le grité:

—Señor, ¿a dónde conduce este camino?

El hombre no se detuvo. Respondió sin mirarme, como si la pregunta hubiera estado esperándolo desde hacía siglos:

—Este es el único camino que te llevará al bosque de frutales y árboles que hablan.

La frase me atravesó como un relámpago doméstico. Un bosque que habla no es cosa que uno ignore, ni siquiera en sueños. Así que eché a correr por el camino rojo, con la ansiedad infantil de quien va a escuchar un secreto que el mundo solo cuenta una vez.

El bosque era más vasto de lo que mis ojos podían sostener. Había árboles pequeños de peras, flamboyanes enormes con copas incendiadas, mangos altísimos que parecían vigilar el cielo, limoneros modestos, enredaderas de sandías arrastrándose como reptiles felices, mameyes solemnes, pinos que parecían haber llegado allí por error, naranjales interminables, plátanos de todas las formas imaginables y piñas doradas que devolvían al sol su propia luz.

Mirara donde mirara, la abundancia continuaba. La vista se cansaba antes que el bosque.

De pronto, detrás de mí, como si nunca se hubiera ido, apareció el hombre del sombrero alado.

—Pregúntales —me dijo—. Lo que quieras.

No supe por qué, pero grité:

—¿Qué árbol es más importante?

El bosque respondió con un silbido.

Fue suave al principio, casi un murmullo, pero pronto se volvió penetrante, luego insoportable. Un sonido exacto, afinado en los decibeles necesarios para derribar a un ser humano sin tocarlo. Sentí que me atravesaba la cabeza, el pecho, los huesos. Y de pronto, así como había comenzado, cesó.

El hombre ya no llevaba el sombrero alado. Ahora tenía una gorra a rayas, como si el sueño también jugara a cambiar de ideología sin avisar.

—Los incomodaste —dijo.

Entonces habló el limonero. Su voz era clara, con la acidez justa de quien no guarda rencor:

—Los humanos no entienden que todos somos importantes. Siempre quieren elegir uno y negar al resto.

El manzano habló después, con un lenguaje áspero, trabajado por el frío:

—Yo veo el mundo desde mi óptica de manzano. No comprendo del todo la del limonero, pero la acepto. El mundo no se acaba porque no lo entienda.

Los mangos asintieron con un murmullo dulce.
Las sandías hablaron desde el suelo, alborotadas:

—Somos melones. Para nosotros el mundo es rojo por dentro, pero aceptamos todos los colores.

El silencio se hizo espeso, hasta que el flamboyán, robusto y encendido, habló con una voz timbrada que parecía salir de la tierra misma:

—Nos protegemos unos a otros. Desde el hongo más pequeño hasta la ceiba más antigua. Somos distintos, sí, pero esa diferencia es la raíz de nuestra fuerza.

Comprendí entonces que sus miradas disímiles, sus pensamientos variados, tejían un tapiz invisible: el pequeño universo del bosque, que era también el universo entero. Mientras los hombres dividían el mundo según sus ideas, las imponían, mataban por ellas y se proclamaban reyes del pensamiento profundo, la naturaleza convivía sin necesidad de banderas ni consignas.

—Las ideologías —dijo el hombre de la gorra, como si leyera mis pensamientos— nacen de la mente y mueren en la mente. La naturaleza nace del todo y regresa al todo.

Sentí que el suelo rojo empezaba a disolverse bajo mis pies. El bosque se alejaba lentamente, como si no quisiera ser retenido.

Desperté.

La ciudad seguía allí, con sus ruidos completos. Pero algo había cambiado. Desde entonces, cada vez que escucho a los hombres gritar por sus ideas, recuerdo el silbido del bosque. Y cuando veo un árbol solitario entre el cemento, sé que no está solo: está hablando en un idioma que, si calláramos un poco, todavía podríamos entender.

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