Matrero: diez poemas de la literatura argentina, por Belisario Sangiorgio

Matrero: diez poemas de la literatura argentina, por Belisario Sangiorgio

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I

esperar en la mañana 

mirar los cerros

sobre las chapas;

atardecer en el camino 

entre Huinganco y Las Ovejas;

negociar con los paisanos

en el cuadro de sus caballos 

mientras amansan 

la tropilla; 

caminar tres kilómetros 

para llegar a la pequeña despensa

de los vecinos;

buscar esperanza 

en los arroyos que cruzan la ruta; 

descansar en la hostería 

y volver de madrugada  

desde El Huecú. 

II

tu amor puro

de arriera de chivas

de cauce de arroyo seco

y de corrales ladeados;

lagrimita de sauce llorón

mi amor

una huella del contrabando; 

entre las bardas 

de la Cordillera

duermo 

en alojos de paisanos;

sobre las piedras

sobre el valle 

con luna clara,

el remolino del río.

III

en una casita 

de adobe 

pedimos a Dios

tomados de la mano; 

salgo 

de madrugada

sin ladero; 

espero

el amanecer

en los cruces

de los caminos.

IV

la vida que yo escribo 

no fue novelada para la ficción

ni para la venta de ejemplares;

yo siembro estas poesías 

en surcos profundos 

en la tierra negra

siembro estas poesías 

para que dormidas 

junto a la acequia 

queden cerca 

bien cerquita 

de la tumba adonde voy 

y donde todos vamos 

algún día.  

V

paisanita de los valles 

morena de la quebrada 

tus sueños de esperanza 

se revuelcan 

en sábanas sucias  

y en las esquinas del mercado;

de volver al pueblo me gusta 

que siempre estamos solos 

nosotros los pobres 

olvidados en los parajes

entre los cerros verdes; 

de volver al pueblo disfruto 

besar el olvido 

y asumir que el tiempo no existe 

y soñar 

que algo bueno puede

sorprenderme

y cambiar mi vida 

en cualquiera 

de estas callecitas angostas. 

VI

fueron mis propios hermanos 

los que nos robaron el campo

que dejó nuestro abuelo;

lo vendieron por monedas,

se gastaron el dinero;

así quedé sin tierra

y me volví matrero

vagando en las montañas 

ganando mí pan 

trabajando de peón,

de arriero,

de obrero; 

más el tiempo 

siempre da la razón 

al humilde 

que se aflige  

en su desvelo. 

VII

el fuego solitario 

y una manta prestada;

dormir entre los pinos talados 

viendo los relámpagos 

llegar desde el horizonte; 

mascar plantas 

beber agua del río 

esperar un milagro 

lejano; 

me gusta soñar con la poesía 

porque es mía; 

los traidores y enemigos 

pueden contrariar lo que digo 

y lo que hice; 

pero lo que escribo 

permanece.

VIII

con la primera nevada 

del otoño 

salimos hacia la Cordillera;

en el cielo 

la barda blanca

un auto viejo 

nos llevó

hasta la iglesia;

sobre la huella

de Colipilli 

en la arena

sembraste

lágrimas de miseria.

IX

yo anduve donde todavía anidan 

los indios salvajes 

solos en las pampas de vertientes

tienen sus propios rituales 

su magia 

sus historias 

bajan al pueblo si pueden

una vez cada mes 

no comulgan con el huinca

no tienen 

intendencias ni gobernantes

en la noche de enero

los forajidos

y prófugos 

vuelven 

de los refugios de las verandas

se emborrachan

y galopan asustando 

a las abuelitas y los niños. 

X

está oculto en la noche oscura 

el demonio esperando 

el sol de mí espíritu 

y yo reescribo la historia 

danzando sobre el espejo dorado 

de la literatura;

fuego en la noche 

hay tormenta 

hace tres días no cesan

ni el viento ni la lluvia 

y yo duermo junto al lago 

en un puesto de paso por Epuyén; 

me son reparo 

unos pinos caídos 

y algunas piedras 

de la bahía.

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