Friedrich Nietzsche sostenía que «quien posee una visión profunda termina por no encajar en ninguna parte». Pero, ¿cuál es el trasfondo de esta idea?
Cuando tu percepción se agudiza, la realidad pierde su aparente simplicidad. Empezás a detectar las dinámicas invisibles: las inseguridades disfrazadas de soberbia, los patrones de comportamiento automáticos y las falsedades que sostienen la estructura social. Te das cuenta de que casi todos actúan bajo un disfraz, y una vez que esa verdad se revela ante tus ojos, es imposible ignorarla.
Al intentar compartir estas reflexiones, lo común es recibir rechazo. Te dirán que te complicás demasiado, que tu visión es sombría o que estás perdiendo el juicio. Ante la falta de eco en los demás, solés optar por el silencio. Te convertís en un observador externo y, casi sin querer, te distanciás de la masa y de sus reglas preestablecidas.
No se trata de un sentimiento de superioridad, sino de una incapacidad de participar en una farsa que ya comprendiste. Expandir la conciencia conlleva un retiro inevitable; es el costo de ver las cosas como realmente son. Puede que el camino se vuelva más solitario, pero en ese aislamiento es donde finalmente lográs conectar con tu verdadera esencia
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