Las ideologías son perversas, todas.
No porque nazcan torcidas, sino porque los hombres de poder las retuercen hasta que aprenden a morder.
Las usan como máscaras de oxígeno: respiran mentiras, exhalan consignas y se embriagan satisfechos, convencidos de que el humo es pensamiento.
En una sala sin relojes —porque el tiempo allí no avanza, se justifica— se levanta el Museo de las Ideologías Disecadas. Los guías no hablan: repiten. Y lo que repiten no es historia, sino relato; no verdad, sino coreografía.
En una vitrina central hay un cartel que dice:
“Ucrania: Gobierno Fascista”
Las letras son grandes, rojas, solemnes. Si uno se acerca, descubre que están hechas de papel periódico reciclado, de titulares recortados, de exageraciones infladas como globos de feria. Al tocarlas, se deshacen.
El cuento nace así:
no de los datos,
no de las urnas,
no de la sociología,
si no de la ingeniería del relato.
Porque no es análisis político decir que un país entero se volvió fascista por decreto invisible.
Eso es arquitectura narrativa, un truco de ilusionismo donde el mago señala con una mano mientras la otra empuja los tanques.
En otra sala, un grupo de hombres y mujeres que se llaman a sí mismos comunistas aplaude una sombra proyectada en la pared. La sombra tiene forma de oso, de iglesia, de misil, de bandera. Ellos aplauden con fervor, convencidos de que están defendiendo la justicia histórica.
No miran el objeto real.
El objeto real se llama capitalismo oligárquico: una mesa larga donde comen pocos, una riqueza concentrada como pan viejo endurecido.
Eso está mucho más cerca de una derecha autoritaria que de cualquier izquierda imaginable.
Pero el nombre confunde, y el disfraz ayuda.
El régimen ruso se presenta como si fuera una idea, cuando en realidad es un método:
Autoritarismo nacionalista, conservadurismo moral, capitalismo de amigos, una figura central que concentra decisiones como si fueran órganos vitales, una iglesia bendiciendo misiles, una prensa domesticada, una oposición convertida en ruido de fondo.
Nada de eso es izquierda.
Nada.
Entonces ocurre lo insólito:
Las izquierdas extremas —no todas, pero sí las más ruidosas— defienden lo que siempre dijeron combatir.
Abrazan al poder vertical, justifican la invasión, llaman antifascismo a la expansión imperial, y confunden enemigo de Estados Unidos con aliado de la humanidad.
Aquí el museo se vuelve circo.
Las banderas soviéticas reaparecen como fantasmas obedientes.
La nostalgia de la URSS se pasea como un abuelo maquillado que nadie se atreve a contradecir.
Se invoca la Gran Guerra Patriótica como si fuera un talismán que convierte cualquier agresión en acto moral.
Pero los símbolos no piensan.
Los símbolos obedecen.
Putin lo dijo sin poesía:
La caída de la URSS fue una tragedia geopolítica, no socialista.
No dolió la igualdad perdida, dolió el territorio, el peso, la estatura imperial.
La nostalgia no es igualitaria: es expansiva.
Y entonces la pregunta cae como un vaso roto en medio del salón:
¿Qué defendemos cuando defendemos esta guerra?
¿La justicia social… o el autoritarismo nacionalista?
¿El comunismo… o su caricatura armada?
¿La memoria histórica… o su uso como excusa?
Quizás —solo quizás— lo que algunos llaman solidaridad internacional no sea más que un intento torpe de resucitar a la URSS, no como proyecto humano, sino como cadáver simbólico, sostenido por consignas que ya no recuerdan por qué nacieron.
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