Chico Aguirre nació el 25 de diciembre del año 1946 en San Vicente de las Casas.

Su nacimiento fue complicado porque el muchacho vino al mundo con el cordón umbilical apretándole el cuello, lo que impedía sacarlo del vientre de la madre de forma natural.

El padre lanzó un grito al cielo cuando recibió la noticia. Es un caso extremo, dijo el doctor que atendió el parto. —No hay mucho por hacer —dijo en tono cuidadoso, en espera de una respuesta para el caso grave.

—Sálvelos a los dos —suplicó, cayendo de rodillas y ofreciendo hasta lo que no tenía en un acto de desesperación. 

El doctor, con congoja en el rostro, retiró el tapabocas y, con pausa en la voz, quiso ser breve en su explicación. Carraspeando, repitió la misma frase que tenía siempre para aquella situación.

—Señor Aguirre, hay cosas que ni el dinero ni el poder pueden comprar, y es momento de tomar una seria decisión. —Es su esposa o su hijo, pero nos es imposible salvarlos a los dos.

El pobre hombre, futuro padre y posible viudo, sintió un escalofrío en todo el cuerpo. Se le cerró el pecho y, como un eco agrio, las palabras del médico martillaron su cabeza. Mareado buscó apoyo en el espaldar de la silla.

El doctor le acercó una copa de whisky y, buscando las palabras adecuadas, rompió aquel silencio que se volvía eterno.

—Entiendo su angustia; sé que suena duro y frío lo que le acabo de comunicar, pero es necesario saber su decisión. Ignacio se zampó el licor de un solo trago, se limpió el rostro y pidió ver a su mujer.

En la habitación tomó la mano de su amada esposa, la besó en la frente y trató de darle buena cara a la tragedia.

—Sé que lo criarás bien —dijo con una voz cansada que rompía el silencio.

Mintiendo, él contestó que lo harían juntos.

—Nunca aprendiste a mentir —dijo ella, dándole una débil sonrisa.

—Tampoco tú —contestó él, acariciando su cabello. Rieron y lloraron juntos. Ella pidiendo que cuide bien del pequeño y él prometiendo hacerlo.

—Dile que lo quiero. —Que mi amor empezó desde el momento en que lo concebimos.

—Que siempre estaré con él.

–Ámalo mucho, y esfuérzate para que sea un hombre de bien.

Sollozando, Ignacio camina por el pasillo con el corazón lleno de culpa. Está claro que la muerte ese día no se irá con las manos vacías.

Una hora veinticinco minutos le toma al doctor salir de la sala de parto. En su oficina se sirve un trago de tequila que baja por su garganta, golpeando su estómago de una forma cruda. –Maldito dice el doctor. –Maldita ciencia dice, mientras golpea su escritorio. 

Usted, mijo, regresó de la muerte; le repetía el viejo al muchacho cada vez que este sentía un dolorcito en el lado izquierdo del pecho. Usted es un niño milagro decía el viejo una y otra vez para alegrarle la vida, o para encontrar una excusa a sus dolores internos. 

Ese trato adulador que el viejo le dio al muchacho para calmar sus culpas fue quizás lo que llevó a Jesús Aguirre a encontrar la muerte a una edad temprana.

—Se llamará Ignacio Aguirre, como todo primogénito en la familia, decía orgulloso don Ignacio cada vez que alguien le preguntaba cómo se llamaría el muchacho al nacer.

—Jesús Aguirre creció entre lujos, caprichos y vanidades. Tenía un auto de lujo, tenía techo y tenía comida, tenía mujeres, también tenía drogas.

Su padre jamás supo controlarlo. El niño milagro, como él lo llamaba, no detuvo su lujuria.

Don Ignacio lo amenazaba con quitarle todo, pero el chico se defendía aludiendo a que eso no habría hecho su madre. El viejo se desbarataba por la respuesta y a la mente le venía lo que le dijo al chico la única vez que preguntó por ella. —Una vida por otra, ese era el trato.

A Jesús Aguirre lo han comenzado a llamar Chucho. Le molesta ese mote, pero lo disimula con un poco de coca y alcohol. Jesús Aguirre, adolescente que está por cumplir veinte años y de la vida ya cree saber mucho.

Oye, Chuchito, hermano, le dijo una vez alguien y estalló en cólera, rompiéndole la nariz de un putazo. Mira, Jesús, no te encabrones por eso le dijo un viejo que fumaba un porro en la esquina.

¿Ese muchacho no es acaso el hijo de don Aguirre? Preguntó un vecino que de casualidad pasaba por ahí y vio la pelea. Chico Aguirre, Chico Aguirre, gritó él tratando de detener la ira del muchacho. Con el tiempo, su nombre se conocería en todos lados porque ya no solo consumía, sino que la distribuía y, sin darse cuenta, la invitación a la muerte estaba lanzada.

Jesús Aguirre, nacido el 25 de diciembre del año 1946, murió el mismo día a la misma hora en que nació, 25 años después…

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