Samanta salta al vacío

Samanta salta al vacío

Sofía Perrupato

29/12/2025

Samanta ya estaba cansada de vivir así, toda su vida se acostumbro a depender de otros. Así, termino en casa de Juan y ahora no tenía adonde ir. 

Tenía que tomar valor y pensarse sola. No se sentía capaz. Capaz de sostener un alquiler, capaz de sostener la soledad, capaz de poder sola.

Toda su vida había tenido una madre que no la dejaba crecer, que ante la mínima situación en que Samanta no podía llegar a fin de mes, comprar algo, ante la mínima necesidad, ella estaba. Eso era un respaldo importante, pero al mismo tiempo también se volvía una cadena, cadena que la hacía sentir que entonces nunca podría sola. 

No era que Samanta no pudiera sostenerse, tenía un buen trabajo, una buena profesión con la que se sentía feliz. Iba, de a poco, mejorando su sueldo. Pero no era falta de capacidad lo que la ataba a esta relación, donde hace tiempo debería haber soltado. Era Samanta, ella se sentía inútil, insuficiente, incapaz. Aunque en los hechos pudiera sola. 

Porque Juan apenas podía darle migajas. Lo que le sobraba de energía, lo que le sobraba de cariño, lo que le sobraba de tiempo. Juan apenas podía con su vida y ella sufría, teniéndose que adaptar a esas migajas, queriéndolo, pero a costa de desaparecer. 

Si había que decidir algo en la pareja, primero tenía que adaptarse a los miedos, incomodidades y situaciones de la realidad de Juan. Luego hacer entrar, como a la fuerza, las necesidades de Samanta. Algunas quedaban resignadas, al punto de que no las podía mencionar, sin que fueran motivo de pelea. No es que Juan no pusiera de su parte, el problema es que no podía dar más sin que eso lo desestabilizara, entonces en la elección entre estar bien o dar de más, siempre elegía lo más razonable. Así, él se sostenía y Samanta iba resignando y soportando. 

Samanta se sentía tan pequeña, tan recortada para encajar, tan atrapada a esa realidad asfixiante. Pero sin poder encontrar otro camino ¿Cómo verlo si siempre en su historia hubo algo escrito por los otros, seguro y firme pero ajeno? ¿Cómo hacerlo si en su historia la soledad solo era signo de dolor o peleas? Si no conocía la soledad como una aliada, sino como un salto al vacío, que podía traer dolor, tristeza y arrepentimiento.

¿Cómo podría soltar a Juan? No solo se sentía asfixiada, había momentos lindos, cuando ella se adaptaba lo suficiente para que pudieran compartir algunos momentos. Además, lo veía como alguien frágil, sentía que él la necesitaba, que mucho de lo que ella hacía sostenía su estabilidad. Que irse sería como jugar al Yenga y sacar una de las maderas de soporte de abajo, una parte del soporte de dos maderas, que todo iba a derrumbarse. Y en cierta forma, todo se derrumbaría. Quizás porque debía derrumbarse para armarse desde otro lugar, pero ella lo sentía como algo catastrófico. 

Amaba a Juan y quería lo mejor para él, pero un amor no puede sostenerlo todo, el amor no debería ser algo que agobia, no debería estar en una relación que necesita silencios para sostenerse, que necesita que una de las partes deje partes importantes de sí, que se vacíe de lo importante y se llene de cosas ajenas para sostener al otro. Ninguna relación debería hacerte sentir que no podés sin el otro, y al mismo tiempo que el otro no puede sin vos. Y que así ambos no puedan ser o que uno sea sobre el otro. 

Samanta era muy capaz de sostener este castillo de arena, de inventarse actividades para distraer su tiempo, vínculos que la mantuvieran entretenida, salidas que le permitieran sentir todo lo que no podía con Juan y que la terminaban haciendo sentir el dolor de no poder con su pareja ir a ciertos lugares que amaba o hacer ciertas cosas que deseaba. 

Es que Samanta haría todo por no ver la realidad de que el único camino para sentirse plena sería inventarse un camino, uno que no conoce, pero que implica saltar al vacío de lo desconocido, crear ahí donde nadie le mostró, donde nadie le dijo lo que tenía que hacer. Buscar allí donde el vacío la confronta a la soledad y el dolor, uno que ya siente, pero desde otro lugar, desde una posibilidad no escrita, una posibilidad propia, un camino para transitar sin el otro, pero con ella, en toda su compañía. 

Un día fue por una calle cercana a su trabajo, vio un cartel de alquiler. El lugar en cuestión, parecía una casita en medio de un hormiguero de edificios, como resistiendo al paso del tiempo. Le generó algo de nostalgia, pensó en el hogar de su infancia, tanto espacio, tanto verde; hogar que, adaptándose a los cambios ahora estaba lleno de cemento. Se lamentó pensando que se perdieran tantos árboles, plantas y esas grandes ventanas por donde entraba el sol, que ahora no sirven de nada porque el techo se robó la luz. Se sentía tan artificial la casa de su madre ahora. Muy lejos quedaron esos tiempos de correr por el patio, trepar árboles y jugar a la escondida. 

Paso varias veces por esa calle y cada vez que pasaba imaginaba cómo sería esa casita. Un día se animo a escribir al teléfono que salía en el cartel. Pero cuando empezó a buscarlo, se dió cuenta de que, en el correr de la rutina, lo perdió. Así que pasaron meses. De vez en cuando se sorprendía recordando la casita y se molestaba por haber perdido el teléfono. No hubiera sido nada malo llamar y preguntar, solo por curiosidad, obviamente no estaba en sus planes mudarse (o eso creía en ese momento)

Samanta tenía pocas amigas, generalmente las que aguantaban su desahogo emocional y de vez en cuando se enojaban con su pareja, pero trataban de no decirle. Si alguna otra persona se acercó, se terminó alejando porque, o no soportaba la queja constante que la sostenía en su soportar, o no se aguantaba de decirle que lo deje y después se terminaba frustrando porque eso nunca iba a pasar, sumado a que encima Samanta terminaba enojada porque «no le prestaban atención» o «porque no la dejaban ser libre». Y ni hablar si a alguna se le ocurría tratar mal a su pareja, eso sí que terminaba la relación definitivamente porque, como mencionamos anteriormente, Samanta amaba a Juan. Entonces las amigas que tenía eran bastante especiales, tenían muchísima paciencia y no eran de meterse en la vida del otro, aunque en el fondo podían querer algo distinto para su querida amiga. 

Irene, una de estas amigas casi caídas del cielo, fue a visitarla un día y, aprovechando un momento a solas, Samanta le comentó sobre la casita en alquiler y la nostalgia que le provocaba. Rememoró algunos recuerdos de su infancia y le dijo que quería saber cómo era por dentro. 

Irene se ofreció a acompañarla a ver la casa, no tenía ninguna intención escondida, lo decía con la inocencia de quien quiere ayudar a una amiga. Así que Samanta se entusiasmo. Le daba un poco de culpa ir a ver un alquiler solamente para satisfacer su curiosidad, pero yendo con Irene no tendría vergüenza y, en todo caso, para disimular la culpa, se decía a sí misma que si el alquiler valía la pena podría recomendárselo a sus conocidos. 

Llegó el día pactado para visitar la casita pero Irene (no podía ser perfecta) no pudo asistir. Samanta se debatía entre el pánico de ir sola y por capricho, y el miedo a no poder conocer la casita que tanto se pasó imaginando en esos meses. Al final le pudo la curiosidad y, convenciéndose de nuevo con que lo hacía para recomendar la casa, fue a la visita pactada. La casita, era algo anticuada, tenía unos sillones de cuerina algo rotos. La cocina tenía algunas partes del bajo mesada salidos por la humedad y había manchas de humedad en alguna paredes. Le pareció algo tierna, porque tenía unas ventanas muy amplias como las de su infancia, pero estaban algo rotas por el uso y el paso del tiempo. 

Hasta ahí podría haber sido un simple momento para sacarse la curiosidad y se hubiera ido diciendo «valió la pena sacarse la duda». Pero luego abrió una puerta y se quedó maravillada con un hermoso ciruelo lleno de flores rosadas en un pequeño patio, pero lleno de plantas y flores. Que, a diferencia de todo los demás, sí parecía haber recibido cuidados. El cuidador, ahora encargado de mostrarle la casa, le explicó que en esa casa vivió mucho tiempo una ancianita que si bien no podía hacer grandes arreglos, nunca descuidó su jardín. Pero que a sus 5 hijos, al no ponerse de acuerdo con que hacer con esa casita, se les ocurrió que lo mejor por el momento sería alquilarlo. La sinceridad del encargado había sido un problema que, los múltiples dueños que nunca visitaban la propiedad, jamás sospecharon, ya que nadie querría alquilar en un lugar en donde no había seguridad de que el alquiler fuera duradero, pero al mismo tiempo había echo que el precio fuera bastante accesible. 

A Samanta le divertía pensar en qué con su sueldo podría acceder a ese alquiler. Y, en mucho momento, se sorprendió imaginándolo. Iría a hablar con él encargado y le pediría que sacara el cartel y que le recomendará personal para hacer algunos arreglos. Eso sí, después de un tiempo de ahorrar para el depósito y de los trámites para la garantía (pero pensar en eso no era tan divertido)

Era casi fin de año y Samanta estaba entusiasmada con las fiestas, pensando en qué cocinar, qué regalos hacer, con quién pasar una fiesta, con quién otra. Le planteo a Juan que quería que pasaran una fiesta con su madre y que la otra podía elegir él. Pero Juan fue tajante, no quería salir en navidad, dejar la casa sola «con los robos y además el peligro de conducir de noche». No tenía sentido insistir, Samanta se vio empujada a tener que decidir que fiesta no pasar con Juan y cuál deberían «encerrarse en la casa para que no pase nada». Esa situación le generó bastante tristeza ¿Quién querría pasar unos días tan importantes lejos de su pareja o lejos de todos los demás? Para Samanta los días de fiesta eran muy importantes, siempre los había vivido con alegría y disfrutaba mucho el juntarse en familia. Tanto la familia de origen de su padre, como la de su madre eran numerosas, así que solo la excusa de las fiestas hacía que pudieran juntarse todos. Con tantos primos en la familia, las fiestas siempre habían sido muy divertidas, organizando comidas, dando shows para sorprender a los grandes o simplemente jugando. Quizás ahora las fiestas ya no fueran tan numerosas, pero tener que pasarla sin Juan o sin compartir, hacia que en Samanta se despertara algo, como una vocecita que no la dejaba callarse del todo, que, aunque fuera en la intimidad de su habitación, le decía que las cosas podían ser diferentes solo si ella fuera más valiente. Al mismo tiempo, se le venía el recuerdo de la casita con jardín del cerezo y sentía un empuje interno como si quisiera salir a correr. El corazón se le aceleraba y, por más que quisiera calmarse y decirse que nada estaba pasando, está secuencia se repetía cada vez que sentía de nuevo una decepción por algo que Juan hacía, decía o dejaba de hacer. 

Empezó a divertirse con la idea de ponerle un nombre a su casita soñada. Pensó en la frase «Paraíso escondido» y se imaginó tomando mates en el jardín, invitando amigos, celebrando allí la navidad o el año nuevo. 

Algo había despertado en ella, algo que no entendía bien, pero que no la dejaba en paz, no podía volver a la quietud de la ignorancia,ni a la pasividad de la queja constante. Ya nada alcanzaba para no sentir el impulso. La ensoñación se volvía anhelo y un día se sorprendió decidiendo que poner en el bolso. 

No lo pensó demasiado, empezó a ahorrar y le preguntó a su mamá si ella le saldría de garante si algún día decidía alquilar. La madre, fiel a su estilo, le dijo que «para qué si ella tenía a dónde volver» pero, ante su insistencia con la pregunta, le dijo que sí. Las cosas parecían encauzarse solas: en el trabajo le daban el aumento, su mamá había aceptado ser garante, había conseguido algunos trabajos extra y ya tenía planeado cómo llevarse lo más importante. No habrían comodidades, no habría compañía. Pero extrañamente esto no la volvía tan loca como en otros momentos, sino que prendía una chispa en su interior y generaba un empuje que no entendía muy bien de dónde salía. Parecía que, de tantas decepciones, no había peor cosa que quedarse donde estaba. Parecía que, incluso, ya no le importaba tanto qué le pasará a Juan. No había dejado de amarlo, pero era un amor que dejaba soltar y, no solo eso, que necesitaba soltar para no volverse otra cosa. De alguna manera dejar a Juan se volvió la forma más sana de seguir amando. Era todo tan extraño. 

Cuando al fin se lo dijo a Juan, él no reaccionó como ella esperaba, había algo que blindaba sus sentimientos, que lo volvía fuerte pero algo insensible. Le dijo que no se lo esperaba y que no era lo que él quería, pero que no la iba a retener. Tampoco la iba a ayudar, pero eso Samanta ya se lo esperaba . Al final el terror que pensaba que iba a sentir al dejarlo solo, tanto por él como por ella, no se sintió como un terror, ni siquiera hubo miedo. Sentía un profundo amor por Juan y la seguridad, que se encargó de explicarle, de qué no iba a abandonarlo a su suerte y que incluso podría ayudarlo mejor sin pinchar sus propios sueños. Con la energía de quien sigue el camino marcado por su deseo. 

Las semanas siguientes pasaron como en un sueño. Samanta se encargó de la mayoría de los trámites, recibiendo algo de ayuda familiar y de sus amigas, que acompañaban su radiante sonrisa mientras la ayudaban a desempacar y hacían planes para visitarla y salir. Samanta les mostró con orgullo su nuevo hogar y las aturdió con sus múltiples planes para cada rincón de su pequeña nueva casita. 

Algo muy especial había nacido en ella, al seguir su deseo había crecido su confianza y ya no sentía miedo a la soledad. No estaría sola, se tendría a sí misma. 

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