A mis tres hijos: no a los que el tiempo enumera, sino a los que persisten en esta página.
No los dejo como herencia un nombre ni una casa ni una certeza, sino esta sospecha: que el mundo es un texto que se corrige mientras se lee, y que cada uno de ustedes es, a su modo, una versión necesaria.
Si alguna vez creen perderse, recuerden que todo laberinto presupone un centro, aunque nadie lo encuentre.
Esta dedicatoria no los fija: los libera. Los entrega al azar, al coraje y a la relectura.
—Su padre, que los escribe para no olvidarlos y para que ustedes no lo recuerden del todo.
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