La noche cayó sin ceremonia, como si el cielo hubiese decidido apagarse de golpe, y el mar —que durante el día había sido una planicie engañosa— empezó a respirar con un ritmo más profundo, casi humano. La noche… Tus ojos… Un poco de Schumann… Y mis manos llenas de tu corazón.
Esa frase, que nunca supe de dónde venía, comenzó a repetirse en mi cabeza cuando comprendí que estábamos solos en medio de las Islas Marshall, con una balsa improvisada, dos cuerpos exhaustos y un horizonte que no ofrecía promesas.
Habíamos naufragado al atardecer. El barco, un carguero viejo que nadie hubiera querido asegurar, había cedido como ceden las cosas cansadas: sin épica, sin estruendo, con un crujido largo y definitivo. El agua entró primero tímida, luego con una determinación que no admitía negociación. Recuerdo haber pensado, en ese instante absurdo, que el mar no tenía rencor; simplemente hacía lo suyo.
Cuando el barco desapareció, quedamos flotando entre restos de madera, bidones vacíos y el silencio posterior al desastre. Te encontré casi por azar, aferrada a una tabla, el cabello pegado al rostro, los labios blancos de sal. Te llamé por tu nombre, aunque nadie más hubiera podido oírme, y tus ojos se abrieron como si regresaras de un lugar muy lejano.
—Estoy acá —dijiste, y esa frase mínima fue suficiente para que el mundo no se terminara del todo.
La balsa la armamos sin hablar demasiado. Las palabras, en situaciones así, sobran o estorban. El cuerpo sabe antes que la lengua. Atamos, ajustamos, empujamos, y finalmente nos dejamos caer sobre esa geometría precaria que nos separaba del fondo del océano. El sol se hundía lento, tiñendo el agua de un naranja casi amable, como si quisiera pedir disculpas por lo que vendría después.
Las Islas Marshall no se veían aún, pero sabíamos que estaban ahí, diseminadas como migas de pan sobre una inmensidad azul. Ese saber no era exacto ni científico; era más bien una intuición desesperada, una fe sin liturgia.
La primera noche fue la más larga. El cielo se llenó de estrellas con una abundancia insultante, y el mar comenzó a moverse con una cadencia que hacía difícil distinguir entre balanceo y amenaza. Te sentaste cerca de mí, las rodillas recogidas, los brazos rodeándote como si pudieras protegerte de todo con ese gesto.
—¿Tenés frío? —pregunté.
Negaste con la cabeza, pero igual me acerqué más. El contacto fue torpe al principio, como si nuestros cuerpos no supieran si tenían permiso para buscarse en medio del desastre. Después fue natural. Tu espalda contra mi pecho, mi brazo rodeándote, el latido de tu corazón marcando un tiempo que no se parecía al del mar.
Fue entonces cuando pensé en Schumann. No sé por qué. Tal vez porque su música siempre me había parecido un diálogo entre fragilidad y resistencia, entre la tormenta interna y la forma. En mi mente empezó a sonar algo indefinido, no una pieza concreta sino una sensación: un piano que avanza con cuidado, que se detiene, que vuelve a intentarlo.
La noche… Tus ojos… Un poco de Schumann… Y mis manos llenas de tu corazón.
No lo dije en voz alta. Lo guardé como se guardan las cosas importantes cuando no hay lugar seguro donde ponerlas.
Los días siguientes se volvieron una sucesión de rutinas mínimas. Contar los sorbos de agua, observar el cielo, ajustar la balsa, revisar heridas. El sol caía sin piedad durante horas, y la noche traía un alivio engañoso, cargado de sonidos que no sabíamos interpretar: chapoteos lejanos, golpes suaves contra la madera, el viento susurrando idiomas antiguos.
Hablábamos poco, pero cuando lo hacíamos, las palabras tenían un peso distinto. No hablábamos del pasado con nostalgia ni del futuro con planes. Hablábamos de cosas pequeñas: de cómo olía el café por la mañana, de una calle que te gustaba caminar sin motivo, de una melodía que yo no lograba recordar completa.
—¿Te acordás de cómo empezaba? —me preguntaste una noche, refiriéndote a esa música imaginaria.
Negué, y sonreí. La sonrisa fue un gesto raro, casi olvidado, pero nos hizo bien.
—No importa —dijiste—. A veces alcanza con saber que existe.
El tercer día vimos tierra. No fue una visión clara ni inmediata. Primero fue una alteración en el horizonte, una línea que no coincidía del todo con el resto. Después, un verde apagado, como una idea mal definida. Nos miramos sin decir nada. Teníamos miedo de nombrarlo y que desapareciera.
Cuando finalmente tocamos la orilla, el cuerpo reaccionó antes que la mente. Caímos sobre la arena húmeda, riendo y llorando sin orden. El mar, que hasta entonces había sido enemigo y sostén, quedó atrás, respirando con indiferencia.
La isla era pequeña, apenas una franja de vegetación y arena rodeada de arrecifes. No había señales inmediatas de presencia humana, pero tampoco una soledad absoluta. Los pájaros nos observaban con una curiosidad distante, como si evaluaran si éramos parte del paisaje o un error pasajero.
Pasamos los primeros días explorando, buscando agua dulce, improvisando refugios con hojas de palma y restos que el mar había devuelto. El tiempo empezó a comportarse de otra manera. Ya no era una línea que avanzaba; era un círculo, una respiración.
Por las noches, el cielo se volvía a llenar de estrellas, y el mar, a pocos metros, seguía con su monólogo interminable. Nos sentábamos juntos, apoyados contra el tronco de una palmera, y dejábamos que el cansancio nos atravesara.
Una de esas noches, te tomé las manos. Estaban ásperas, marcadas por la sal y el esfuerzo. Las llevé despacio hacia mi pecho, como si quisiera enseñarte algo invisible.
—Escuchá —dije.
Cerraste los ojos. Tu respiración se acomodó al ritmo de mi corazón, y por un instante todo pareció tener sentido, incluso el naufragio.
—Suena a música —murmuraste.
—Tal vez —respondí—. O tal vez la música siempre estuvo ahí.
La noche… Tus ojos… Un poco de Schumann… Y mis manos llenas de tu corazón.
Esta vez sí lo dije en voz alta. No como una frase poética, sino como una constatación. Era eso. No había metáfora ni exageración. La noche nos rodeaba, tus ojos reflejaban las estrellas, la música existía aunque no sonara, y mis manos sostenían algo más frágil y más fuerte que cualquier objeto rescatado del mar.
No sabíamos cuánto tiempo pasaría antes de que alguien nos encontrara. Tal vez días, tal vez semanas.
Pero en esa isla mínima, en medio del Pacífico, comprendimos algo que nunca habíamos sabido formular: que incluso en el naufragio, incluso en la pérdida, hay formas de plenitud que no piden explicaciones.
El mar seguía ahí, inmenso y ajeno. Nosotros también.
Aunque entre ambos, en ese espacio improbable, había nacido una certeza silenciosa: mientras pudiéramos reconocernos en la oscuridad, mientras una melodía imaginaria siguiera marcando el pulso, no estaríamos del todo perdidos.
OPINIONES Y COMENTARIOS